El drama del tío Guillermo, el jubilado que lucha para que no le maten a sus ovejas

Guillermo Cana heredó de su padre su pasión por el pastoreo / Fernando Ruso

A Guillermo Cana lo crió una cabra. Tenía pocos meses cuando su padre, pastor de oficio, lo encontró echado en el suelo mamando de la ubre de una de sus rumiantes. A nadie le importó, y el chiquillo siguió yendo a buscar leche de la misma cabra, llamada Colita, hasta que cumplió al menos los dos años. “Quizá más”, apunta. Esa costumbre le granjeó para los suyos el apodo de ‘el buchito’. Y todavía a día de hoy se ríe Guillermo al recordar esos ratitos que pasaba aferrado a las mamas de su cabra Colita.

El semblante le cambia cuando abandona el pasado y habla de su presente. Sobre Guillermo pende una sanción de hasta 6.000 euros por tener nueve ovejas sin papeles viviendo en su casa. Se llaman Cariñosa, Guapa, Niña, Vieja, Topacio, Carnero y los tres Solitarios y, si nadie lo remedia, serán sacrificadas en cualquier momento. “Solo pido que no me las maten”, clama Guillermo entre sollozos.

La plácida vida de jubilado de Guillermo se quebró a mitad de mayo. Ese día, mientras que descansaba en su casa, llamaron a su puerta varios veterinarios de la Junta de Andalucía. Venían a ver a su pequeño rebaño alertados por un vecino que se había quejado por la presencia de los animales tan cerca de las viviendas.

Diligentemente, Guillermo atendió las demandas de los veterinarios, que según cuenta el afectado, le dijeron que sus cinco ovejas, una cabra y tres chivitos estaban “bien gordas, muy lustrosas”. Luego le pidieron los papeles en los que figurase que los animales estaban al tanto de las vacunas y su obligada inscripción en el registro correspondiente, documentos que, como los veterinarios sospechaban, no existían. Ante tal estampa, le comunicaron que en un plazo máximo de 48 horas debían volver para sacrificarlas. Y Guillermo se vino abajo.

No era la primera vez que esto le pasaba. Aunque pensó que esta vez sería distinto.

Para justificar sus acciones habría que remontarse a cuando Guillermo tenía nueve años, fecha en la que el joven, natural de Algeciras (Cádiz), dejó de acompañar a su padre en sus travesías con el ganado por los cerros, se embarcó en el Carmelita Rivero y cambió el campo por la mar.

Del campo a la mar

Guillermo creció siendo pastor, pero se jubiló como marino de pesca. A lo largo de su vida laboral ha faenado en aguas de la Bahía de Cádiz y en barcos factoría en el Congo y otros países de África. Aunque el mar nunca le gustó: “demasiada agua alrededor” y siempre tuvo clavada la espina de ver morir a su padre sin que ninguno de sus diez hijos heredase su oficio.

El jubilado, en la puerta de su casa, junto a una de sus ovejas, criadas como animales de compañí­a / Fernando Ruso

Recién jubilado, Guillermo se propuso hacerle justicia a su estirpe y yendo un día por el campo aceptó el ofrecimiento de un pastor amiguete suyo que le regaló una oveja. “Esto lo llevo yo en la sangre, yo me moriré siendo pastor”, advierte el algecireño. Poco a poco fueron llegando más hasta llegar a las cinco cabezas. No había actividad económica posible, solo lo movía el disfrute de salir al campo con su rebañito.

Así estuvo apenas un año, pero una inspección de la Junta de Andalucía le chafó su afición y Guillermo le devolvió las cinco ovejas al pastor del que las obtuvo. “Quisimos ponerle las vacunas, el crotal —la etiqueta que los identifica en la oreja— y registrarlas, pero nos dijeron que como no teníamos un rebaño inscrito como explotación ganadera no podíamos cumplir con los trámites”, recuerda María Luisa, su hija, que apoya a su padre con la burocracia.

Guillermo tiene cinco hijas, nueve nietos y nueve ovejas. “A las que quiero como a mis hijas”, confirma. Y toda la familia coincide en algo: cuando las ovejas se fueron, se llevaron con ellas la salud de Guillermo. “Estuvo más para allá que para acá”, recuerda María Luisa. Encamado, salía de vez en cuando con paso lento por los cerros que hay detrás de su casa, situada en el paso de nivel del tren de La Perlita.

“Yo me moría de estar encerrado —sostiene Guillermo, de 71 años—, y aunque no podía andar mucho, el campo me daba la vida”.

En uno de esos escarceos por el campo que bordea su casa, el septuagenario de Algeciras se topó con otro pastor amigo suyo. El ovejero, al verlo embelesado con el ganado, le preguntó si quería quedarse con una borreguita. Y él aceptó sin pensárselo. “Hombre, claro”, resuelve.

Un rebaño criado a biberón

Hace apenas un año entró en su casa ‘la Guapa’, la primera de su nuevo rebaño. La crió a biberón, “y si no tenía el dinero para pagarle la leche, lo sacaba de donde fuera”, narra Guillermo. “Antes comía ella que yo”, confirma el jubilado, que recibe una pensión de unos 600 euros al mes.

Pensó que esta vez sería diferente y que tendría a ‘la Guapa’ como quien tiene a un gato. “Las tendremos como perritos, Mari”, le dijo a su hija. “Domésticas, porque si se han criado en la casa…”, conjeturaba. Y así fue.

Guillermo y su mujer Encarna en el salón de su casa con su oveja 'Guapa' / Fernando Ruso

Luego llegaron otras borregas más. Las criaba en su casa y las llevaba a un pequeño establo de maderas que la familia tiene justo al salir de su casa desde hace décadas. “Estos terrenos eran de mi abuelo”, apunta Encarna, la mujer de Guillermo. “Él repartió las tierras para que cada uno de sus diez hijos pudieran hacerse una casita —sigue—, y mi padre se hizo una y puso enfrente un corralito, que puede tener más de cien años”.

A Encarna nunca le molestaron las ovejas, que todavía a día de hoy entran sin disimulo en el salón de su casa. En la casa hay gatos, perros, gallinas… “No entiendo a la gente que compra animales y después los abandonan —argumenta Encarna—; nosotros, al contrario, los vamos recogiendo”.

Durante un año, Guillermo ha seguido la misma rutina: se levanta a las cinco de la mañana, se toma una infusión de manzanilla y se va al establo a ver a sus ovejas. Amarra con un cordel largo a dos de ellas, para que no se esparzan por el campo, y las saca por los cerrillos que hay entre la vía del tren y la estación de Bomberos de Algeciras para que pasten. A eso de las nueve, el jubilado se vuelve a casa, encierra al ganado y juega una partida con los amigos en la asociación de vecinos del barrio. Almuerza y vuelta al campo con las ovejas. Y así, día tras día.

Pero uno de sus vecinos ha vuelto a dar la voz de alarma. Y por mucho que se empeñe Guillermo, sus ovejas —a ojos de la Administración— son un peligro porque pueden tener enfermedades contagiosas como la lengua azul. “Y me las quieren matar”, lamenta el jubilado.

Más de 11.000 firmas recabadas en Change.org

Actualmente, después de los movimientos de la familia con varias asociaciones de animales y un arduo trabajo con el partido animalista Pacma, han conseguido ganarle tiempo al tiempo. El plazo de 48 horas primigenio se salvó y siguen registrando alegaciones que les permitan salvarle las vidas a las nueve ovejas.

La petición de ayuda de Guillermo y su familia ha llegado hasta a la plataforma Change.org donde se han recabado de 11.761 firmas para pedir a la Junta que “paralice esta absurda petición y ofrezca otras soluciones”. A estas rúbricas hay que sumar otras 26 declaraciones juradas de los vecinos, que dan fe de que las ovejas están bien cuidadas por su pastor e insisten en que no las sacrifiquen. “Hay que evitar el asesinato de nueve animales inocentes, y el destrozo psicológico que le están creando a Guillermo”, sigue el escrito.

Porque Guillermo lo está pasando mal. Pasa los días llorando, con taquicardias y su estado de salud ha empeorado de un día para otro.

—¿Se sorprende por el apoyo?

—¡Hombre! [Se emociona] Me ha llamado mucha gente.

—¿Usted sabe que las ovejas se acabarán yendo, no?

—Sí, pero que no me las maten. Que sepa que están bien atendidas, y vivas. Ojalá las llevaran a un sitio que esté cerca para poder ir a verlas todos los días. [Se emociona]. Aunque sea por detrás de la cerca.

Guillermo tiene en un terreno anexo a su casa a cuatro ovejas, tres chivos, una cabra y un carnero, criados por él mismo desde que nacieron / Fernando Ruso

Pero Guillermo no puede mover el ganado sin la autorización de la Junta. A diferencia de otras normas autonómicas como la de Madrid, en Andalucía no es posible que un refugio de animales se pueda hacer cargo de las ovejas del jubilado si estas no están vacunadas y pasan el preceptivo análisis de salud. De superarlo, la familia ya tiene una lista de ofrecimientos para quedarse con ellas y puedan así burlar la muerte. Desde el Cortijillo de La Lola, situado a escasa media hora de Algeciras; al Santuario La Voz Animal, de Madrid.

Solo les falta superar un escollo aparentemente fácil, pero insalvable después de gestiones que se eternizan: necesitan que un veterinario certifique que las cabezas están en buenas condiciones de salud. “Pero nadie quiere hacerlo”, apunta la hija. “Vamos, que yo sé que las ovejas están bien —defiende Guillermo—; pero la Junta dice que están malas porque ellos lo que quieren es matarlas, llevárselas y matarlas”.

Ni a Guillermo ni a su familia les preocupa la sanción económica, de 3.001 a 6.000 euros según estipula como falta grave el reglamento. “Lo podemos fraccionar y ya lo iremos pagando poco a poco”, explica su hija. “Lo que no queremos es que las maten, porque se van a llevar con ellas la salud de mi padre”, zanja María Luisa.

De momento, las ovejas siguen viviendo con Guillermo. Cariñosa, Guapa, Niña, Vieja, Topacio, Carnero y los tres Solitarios siguen vivos gracias una fuerza de voluntad que el jubilado aprendió de su padre, Diego, el pastor del que aprendió un oficio que jamás pudo ejercer.

—¿Su padre se sentiría orgulloso al saber lo que usted está haciendo con estas ovejas?

[Se emociona]. Claro que sí. Esto lo llevo en la sangre.