La obsesión de Jim Carrey por hacer reír a los demás aunque su vida personal se desmoronara

Paula Olvera
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Un 17 de enero de hace 59 años vino al mundo Jim Carrey en Newmarket (Canadá). La carrera de este actor siempre se ha sustentado en la comedia más disparatada y es que desde niño trabajó duro en su humor para hacer reír a los demás. Incluso cuando su vida estaba sumida en el abismo como se destila en Recuerdos y desinformación, una novela inspirada en su propia existencia publicada el pasado mes de agosto.

Qué paradójico que yo misma cada vez que he necesitado una buena dosis de carcajadas siempre haya recurrido a sus clásicos como Dos tontos muy tontos, Ace Ventura, La máscara o Como Dios.

©Gtres (agencia PA England, fotógrafo Matt Crossick)
©Gtres (agencia PA England, fotógrafo Matt Crossick)

En 1998 El show de Truman validó a Jim Carrey como actor dramático, sin embargo, cada vez que escuchamos su nombre seguimos recordando con nostalgia aquellos años noventa en los que se convirtió en un genio de la gesticulación y la expresividad y, por supuesto, en la estrella favorita de toda la familia por su vis cómica. Pero tras su 59 cumpleaños no podemos dejar de lado la oscuridad que continuamente ha acompañado a su talento ya que, en mayor o menor medida, detrás de la máscara siempre hubo un hombre sufriendo.

Que Jim Carrey se especializara en personajes histriónicos y de energía apabullante no es casual. Ya en los primeros años de vida el protagonista de Mentiroso compulsivo mantuvo la necesidad de hacer reír a sus padres (Kathleen Oram, una ama de casa, y Percy Carrey, contable de una empresa y músico aficionado) hasta el punto de que dormía con unos zapatos de claqué debajo de la cama para bailar cada vez que discutían. Además, a los 9 años, ejecutaba excelentes imitaciones de famosos así que si se portaba bien los profesores le concedían los últimos minutos de clase para actuar ante sus compañeros. Una obsesión por buscar la carcajada fácil en los demás que marcaría su carrera como actor pero también su propia vida.

“Me di cuenta que cuando estaba sentado en mi silla alta y comenzaba a sacudirme y a hacer caras, la familia completa comenzaba a reír y entonces mi cena se enfriaba y no tenía que comer mis vegetales, relató en una entrevista a Teleshow en febrero de 2020 sobre el instante en que descubrió que quería ser actor.

A pesar de que Jim Carrey se convirtió en el primer actor en embolsarse 20 millones de dólares por una película (Un loco a domicilio en 1996) su infancia fue especialmente humilde. De hecho, el padre del también humorista soñaba con ser músico de jazz pero tuvo que renunciar a su ilusión para sacar adelante a sus cuatro hijos y a su mujer. Precisamente el intérprete canadiense nacionalizado estadounidense pasó sus primeros años de vida explorando el humor empujado también por las depresiones de su madre quien desarrolló una adicción a los ansiolíticos.

“Quería que se sintiera mejor. Básicamente, creo que se acostaba y tomaba muchos analgésicos. Y yo quería que se sintiera mejor. Y solía ir allí y hacer impresiones de mantis religiosas, y cosas raras, y lo que sea. Rebotaba en las paredes y me arrojaba por las escaleras para hacerla sentir mejor", reconoció en una entrevista a 60 Minutes en 2004. Es decir, que el talento para la comedia del protagonista de El Grinch curiosamente viene en parte de la rabia y de su deseo constante de llevar algo de alegría a las personas que le rodeaban.

En 1977, a los 15 años, Jim Carrey dejó los estudios para dedicarse a la comedia. Primeramente imitando a Elvis Presley, James Stewart y Jerry Lewis en un cabaret de Toronto hasta que en 1979 realizó sus primeros shows en directo en el club Yuk Yuk´s de la capital de Ontario cautivando a plumillas de los diarios locales que le consideraban una verdadera estrella naciente. Y es que ya por entonces su puesta en escena resultaba espontánea y valiente proponiendo algo diferente al resto de monologuistas que trataban de hacerse un nombre en bares y teatros.

En esta búsqueda constante de oportunidades, el actor se mudó a Los Ángeles (California) para probar suerte como cómico. Así, en 1981 comenzó a trabajar en The Comedy Store en West Hollywood siendo su primera actuación en suelo americano en el programa de humor In Living Color. Si bien el verdadero éxito tardó en llegar algo más de una década, el secreto de Jim Carrey fue proyectar su sueño y no perder nunca el humor. Pero además literalmente ya que se extendió a sí mismo un cheque falso por 10 millones de dólares, en concepto de servicios interpretativos prestados, que llevó en el bolsillo cada día hasta que finalmente recibió un talón auténtico por su trabajo en Dos tontos muy tontos.

A decir verdad a Jim Carrey el auténtico estrellato le llegó tras protagonizar la comedia de 1994 Ace Ventura. Aquel año fue clave en su carrera profesional ya que arrasó con otras dos comedias, La máscara y la citada Dos tontos muy tontos. Pero la vida después de la fama no es fácil y tras una infancia como la suya repleta de carencias y una existencia marcada por relaciones amorosas desastrosas, el actor parece haberse quedado atrapado en su propio personaje.

En la mencionada entrevista a 60 Minutes en 2004 Jim Carrey compartió su experiencia con la depresión: "Estuve tomando Prozac durante mucho tiempo. Puede que me haya ayudado a salir de un aprieto por un tiempo, pero la gente se queda para siempre. Tuve que dejarlo en un momento determinado porque me di cuenta de que, ya sabes, todo está bien".

Y es que, para qué vamos a engañarnos, la vida de Jim Carrey nunca ha sido de color de rosas. El 28 de noviembre de 2015 la novia del actor, Cathriona White, se suicidó ingiriendo unas pastillas y dejando una nota en la que indicaba su ruptura cuatro días antes con la estrella de Hollywood. El intérprete se sumió en una profunda depresión porque además la familia de su pareja le demandó por haber conseguido aquellos fármacos con un nombre falso.

Aun así las risas de fondo de los fans siempre han sido la mejor banda sonora en la vida del protagonista de Man on the Moon que, todo sea dicho, enviaba cartas humorísticas a Tupac Shakur durante el encarcelamiento del rapero en 1995. Yo personalmente todavía recuerdo el furor que causó su entrada a plató para ser entrevistado por Jimmy Kimmel en 2017. El actor se quedó plantado mirando a la audiencia durante más de un minuto hasta que levantó la mano para pedir la palabra y calmar el entusiasmo de la grada: "Sólo quería ver qué pasaría si me quedaba así hasta que se cansaran". Las carcajadas de los presentes resultaron instantáneas.

El pasado año Jim Carrey regresó a la actualidad como el villano de Sonic, Dr. Robotnik, en una película que ha sido un auténtico reclamo por parte de la generación que crecimos pegada a las aventuras de la mascota más famosa de las consolas de los noventa. No obstante, el mejor trabajo del actor en la década que acabamos de despedir es una serie estrenada en 2018 que ha pasado un tanto desapercibida, pero es magnífica. En Kidding (disponible en el catálogo de Movistar+) casualmente interpreta a un cómico obsesionado con hacer reír mientras su vida íntima se hunde en el infierno.

Y es que Jeff Piccirillo, conocido como el Sr. Pickles, es el presentador de un programa de televisión infantil que disfruta del éxito profesional y es adorado por los más pequeños mientras que se enfrenta a una tragedia personal. En definitiva, una tragicomedia muy recomendable porque habla de la lucha por la felicidad de alguien que vive en un mundo lleno de dolor.

Después de todo, los trabajos en los que se embarca Jim Carrey en la actualidad ya no son películas cómicas destinadas a vender millones de entradas aunque con este artículo quiero aplaudir su humor inquietante e incontrolable que tanto le ha salvado desde que apenas levantaba un palmo del suelo. Con tanto drama y escándalos perjudicando su imagen pública, considero que ahora es él quien necesita que le hagan reír. “Estamos aquí para hacernos compañía los unos a los otros y hacernos la vida más interesante”, comentaba hace casi cuatro años en una entrevista al diario El Mundo. Ahí queda esa.

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