Jean-Claude Juncker entrega el testigo y salda sus cuentas

Por Christian SPILLMANN
El luxemburgués Jean-Claude Juncker en su última rueda de prensa en la sede de la Comisión Europea, en Bruselas, el 29 de noviembre de 2019

Jean-Claude Juncker entrega este domingo el testigo de la presidencia de la Comisión Europea a la alemana Ursula von der Leyen y salda las cuentas con los Estados miembros, que no siempre estuvieron a la altura de los desafíos.

El luxemburgués es conocido y temido por su franqueza. Siempre ha hablado, en numerosas entrevistas, de su decepción por las presiones de algunos jefes de Estado y de gobierno para "expulsar" a Grecia de la zona euro y por la falta de solidaridad con el drama de los refugiados sirios y los migrantes.

No quiere decir más. "Esto me obligaría a hablar mal de muchas personas". Pero todo está escrito en un diario, al que ha llamado "mi pequeño Mauricio", y ha prometido escribir sus memorias.

Estas cubrirán 30 años de historia europea. Ministro de Finanzas del Gran Ducado de 1989 a 2009, primer ministro de Luxemburgo durante 18 años, del 20 de enero de 1995 al 4 de diciembre de 2013 (acumuló los dos cargos hasta 2009), Jean-Claude Juncker, de 64 años, era el último de los arquitectos del tratado de Maastricht (1992) todavía en vigor.

"A menudo digo que el euro y yo somos los únicos supervivientes del tratado de Maastricht. El euro queda el único", ironizó el viernes en su última conferencia de prensa.

Jean-Claude Juncker ha enterrado a muchos de sus amigos y la muerte impregna cada vez más sus reflexiones. La rozó en 1989 cuando estuvo en coma durante tres semanas después de un grave accidente de coche, lo que le dejó unos atroces dolores de espalda.

Es el más encantador y el más sorprendente de los presidentes de la Comisión. Su personalidad excéntrica y compleja contribuye mucho a ello. Fue una persona difícil de lidiar. Cercano a la canciller alemana Angela Merkel, ha criticado sin tapujos muchas decisiones de Emmanuel Macron y sus relaciones con el presidente francés se tensaron rápidamente.

También se enfrentó al populista húngaro Viktor Orban, cuya expulsión del Partido Popular Europeo (su propia formación) reclamó. Tampoco ha ahorrado críticas contra David Cameron al que considera responsable del divorcio con el Reino Unido.

Ha terminado su mandato cansado. Volvió a despedirse a Bruselas pese a que fue operado el 12 de noviembre de un aneurisma de la aorta. "Estoy feliz de irme. La presidencia de la Comisión no es una labor fácil", confesó.

- Sucesión de crisis -

Su mandato se vio jalonado por una sucesión de crisis. El escándalo de 'Luxleaks', sobre los sistemas de optimización fiscal, le recibió al poco de asumir sus funciones en Bruselas. Le siguieron siete meses de tensión con Grecia, después tuvo que gestionar el drama de los refugiados sirios y de los migrantes, el Brexit y al final el pulso con Donald Trump, el presidente estadounidense.

"Su Comisión fue 'política' cuando jugó cuidadosamente ante Donald Trump para no envenenar la guerra comercial. También lo fue con Michel Barnier en su gestión del Brexit y para mantener la cohesión de los 27", dice Sébastien Maillard, director del instituto Jacques Delors.

"En cambio, no fue suficientemente 'política' en la crisis migratoria. Su propuesta de repartir automáticamente a los solicitantes de asilo se enfrentó a la hostilidad de los países del este y perdió su autoridad frente a ellos", estima Maillard.

Jean-Claude Juncker ha cometido errores y los ha reconocido públicamente. No evaluó el alcance del malestar creado por 'Luxleaks'; tampoco osó enfrentarse a los partidarios del Brexit en el Reino Unido, y subestimó la oposición de los países del este en sus propuestas para repartirse a los migrantes.

Otro reproche que le hacen es su desinterés en la gestión del día a día de la Comisión, que dejó en manos de su jefe de gabinete, el alemán Martin Selmayr. También deja a Ursula von der Leyen un institución traumatizada internamente por la ingente carga de trabajo que impuso a los servicios y que esperan no volver a vivir una experiencia parecida nunca más.