Jared Kushner e Ivanka Trump preguntan qué puede hacer el país por ellos

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Jared Kushner e Ivanka Trump llegan en el Air Force One para acompañar al presidente Trump a una visita a las instalaciones de Boeing en Carolina del Sur, el 17 de febrero (Foto: Kevin Lamarque/Reuters).

El pasado mes de septiembre, después de que la diseñadora de bolsos Ivanka Trump declarase que su prioridad número uno en términos políticos sería el cuidado de los niños de las clases trabajadoras si su padre llegaba a presidente, escribí una columna sobre lo que pensaba que pasaría si Donald Trump ganaba.

Mi miedo era que Trump dirigiera la Casa Blanca como lo hizo con su imperio en el mundo de los negocios, es decir, regido por la máxima del derecho de herencia. La convención de Cleveland le dejaba claro a cualquiera que prestara un poco de atención que Trump no se estaba presentando como republicano, sino más bien como el patriarca de un clan de famosos. Titulé la columna “Ivanka Trump, la zarina de la Casa Blanca”.

Estaba equivocado. En una administración en la que las mujeres juegan únicamente un papel de apoyo, Ivanka ocupa el lugar de asistente del zar de la Casa Blanca. El trabajo más arduo es el de su marido de 36 años, Jared Kushner, entre cuyas tareas se incluyen la intermediación para la paz en Oriente Medio, la negociación de acuerdos comerciales, la reconfiguración del Gobierno federal, el establecimiento de lazos con China y México, y ‒desde esta semana‒ evaluar nuestra estrategia en Irak.

Supongo que lo único que falta es ponerlo a cargo de la regulación financiera y de los enjuiciamientos criminales, y así todos los miembros más viejos del gabinete pueden pasarse los próximos tres años nadando y bailando swing en Mar-a-Lago, igual que los personajes de Cocoon.

Después de que Jared e Ivanka hayan dicho recientemente que no saben nada de política (ciertamente) y que tienen muchos dilemas éticos (como diciendo que eso importa), han recibido un montón de críticas. Aunque el problema es que la nueva pareja de poderosos en Washington es más grande y ubicua que cualquier otra, e ilumina la oscuridad que envuelve a esta administración.

Antes de llegar a eso, no obstante, entremos en contexto. No es raro que los presidentes le confíen el liderazgo a sus esposas u otros parientes. Todos lo hacemos, pero para encontrar algo siquiera comparable al núcleo de poder en la Casa Blanca de Trump, habría que remontarse a principios de los años 60.

Acabo de leer un fantástico libro titulado The Revolution of Robert Kennedy, escrito por el historiador John R. Bohrer, que me ha recordado el descaro con el que los Kennedy convirtieron la Casa Blanca en un asunto familiar. Fue Joseph Kennedy, el padre del presidente, quien decretó que uno de sus hijos, Robert, fuese fiscal general. Nadie hablaba tanto con John Kennedy, ni tenía tanta influencia sobre todo el espectro político, como su hermano.

Fue algo tan flagrante que, de hecho, en 1967 el Congreso aprobó una ley que impedía que cualquier presidente pudiera nombrar a un familiar para el gabinete o para la dirección de cualquier agencia federal (esto también se aplica a los cargos del gobierno del distrito de Columbia, en caso de que Trump esté pensando en anexionar la ciudad y convertir a Tiffany en su gobernadora provincial). Esa es la única razón por la que Jared no puede tener todos los trabajos de los secretarios a los que está desplazando.

Jared Kushner, a la derecha, durante un traslado en helicóptero sobre Bagdad el pasado lunes (Foto: suboficial de marina de segunda clase Dominique A. Pineiro/DoD/Handout a través de Reuters).

Pero seamos realistas: establecer un paralelismo entre RFK y Jared Kushner es como intentar comparar a B.B. King con Drake. En la época en la que se convirtió en fiscal general a los 35 años de edad ‒lo dicho, con algo de ayuda por parte de su padre‒, Kennedy ya había adquirido cierta notoriedad como abogado principal de una comisión del senado contra las mafias. Fue fiscal público durante una década.

Kushner no había pasado ni un día en un comité escolar antes de que Trump lo pusiera a cargo, ya saben, de Estados Unidos. Por lo que sé, el único logro en su joven vida ‒al igual que la de su esposa‒ es haber gastado el dinero de sus padres en cosas sensacionales, como grandes edificios y periódicos que nadie lee. Kushner tiene una cosa en común con Bobby Kennedy: su padre le dio un montón de dinero a Harvard antes de que el hijo asistiera a clases.

La familia Trump no exhibe una actitud defensiva en relación a Jared. “El nepotismo es un tipo de factor de vida”, dijo el sabio filósofo Eric Trump para un artículo de Forbes esta semana. Y tal cosa es cierta si la vida de uno comienza con el nombre “Eric Trump”, pero seguramente sea menos verdad para aquellos votantes que quieran unos Estados Unidos grandes de nuevo porque sus hijos no heredarán un imperio de campos de golf.

En una entrevista con la CBS esta semana, Ivanka señaló que muchos de estos mismos críticos dijeron que su padre no estaba calificado para postularse a la presidencia, y aquí lo tenemos, por lo que se supone que la gente ha pensado que será algo bueno. “Jared es increíblemente inteligente, tiene mucho talento y una enorme capacidad”, apuntó.

Bueno, de acuerdo, pero antes de nada, sin importar lo que uno piense de Trump ‒y eso que yo soy un escéptico‒, hay que reconocer que demostró valor al postularse para el cargo, y ganar. Él tiene que rendir cuentas ante los estadounidenses que lo pusieron ahí, y también ante los que no lo votaron.

Jared e Ivanka no tienen que rendirle cuentas a nadie. A diferencia de Robert Kennedy, ninguno de ellos ha sido ratificado por el Senado antes de ejercer un poder sin precedentes en el ala oeste de la Casa Blanca. Nadie votó sus exiguos currículums.

En cuanto al nivel de inteligencia de Kushner, lo cierto es que no lo he conocido en persona, y no tengo ninguna razón para dudar de que es una persona que aprende rápido y un agudo conversador pero, ya sabes, es difícil caminar por Upper East Side sin encontrarse a tres jóvenes inteligentes que poseen fortunas amasadas con el negocio inmobiliario. No cabe duda que no representa ningún ejemplo extraordinario en la vida pública.

Y luego están los dilemas éticos relacionados al dinero, una situación que realmente no tiene precedentes en el poder ejecutivo estadounidense. Primero Ivanka trató de evitar ser objeto de cualquier conflicto de intereses sirviendo como asesora informal. Cuando esta táctica demostró ser demasiado ingeniosa para el equipo legal de la Casa Blanca, aceptó un nombramiento como asistente presidencial y aparentemente se apartó de la gestión de sus empresas, pero no de los beneficios.

Continúa ganando dinero con el hotel Trump de Washington, donde apostaría que empezarán a alojarse funcionarios extranjeros durante los próximos meses.

Kushner aún está bajo investigación a causa del acuerdo por el cual una influyente empresa china ofrecía invertir 400.000 millones de dólares en un edificio propiedad de su familia. Los Kushner se echaron atrás, pero ha quedado claro que lo único que hace que Jared no mezcle nuestros negocios con los suyos es la amenaza de una investigación pública.

Y con esto llego al corazón de mi problema con Kushner e Ivanka, y con la adquisición por parte de la familia Trump de la Casa Blanca en general. Básicamente, han decidido que les encantaría dirigir el país por un tiempo, pero no están dispuestos a sacrificar absolutamente nada por ese privilegio.

Es probable que Robert Kennedy pudiese haber duplicado su fortuna si se hubiera quedado fuera del Gobierno aprovechando el nombre de su hermano. Esa no era la idea.

Tanto si amabas a los Kennedy, y su sed de poder, como si los odiabas, tanto si estabas de acuerdo con su visión de país como si no, nadie podría sostener de forma razonable que eligieron anteponer sus intereses por encima de los nuestros. Por cierto, eso también vale para los Bush.

No ocurre así con los Trump, de Donald hacia abajo. Servir públicamente es un entretenimiento para ellos, un hobby accidental. Aunque parece que no es un pasatiempo tan importante como el esquí, que es lo que estaban haciendo Jared e Ivanka mientras se enterraba la ley de salud.

La idea de perder algo en pos de gobernar, de que hacer las cosas con integridad les cueste algo de su gran riqueza o una oportunidad inmobiliaria, les parece tan ajena y errónea como un corte de pelo en Corea del Norte.

Estaría abierto a concederles a Jared e Ivanka el beneficio de la duda ‒incluso si no tienen la humildad o las aptitudes necesarias para sus trabajos‒ si ellos estuvieran dispuestos a desprenderse de sus intereses en conflicto, tal y como hacen los secretarios del gabinete. No lo harán, porque no es su estilo sacrificarse por ningún bien mayor, y porque experimentan un desdén evidente por aquellos que dedican sus vidas a mejorar el país.

Para la familia Trump-Kushner, esas personas son unos simples que no tienen lo que se necesita para enriquecerse, ni tampoco para nacer bajo esa condición.

Los privilegios que heredaron siguen siendo suyos hasta que se meten en cuestiones políticas que nos afectan a todos. El honor, supongo, es nuestro.

Matt Bai
Yahoo News

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