Para los jóvenes senegaleses, el peligroso viaje a Europa vale la pena

Laurent LOZANO
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Djiby Dieng llevaba sólo una mochila cuando subió al barco de madera de colores vivos en el puerto senegalés de Mbour en busca de fortuna en Europa. Se fue sin decírselo a su madre, con la esperanza de llegar a las islas Canarias. Fracasó, pero tanto él como otros jóvenes pescadores lo volverán a intentar cuando se les presente una oportunidad.

Como Djiby Dieng, Khalifa Samb o Saliou Diouf muchos zarpan desde Mbour, un puerto pesquero en el Atlántico, y en general de las costas senegalesas y africanas hacia el archipiélago español de Canarias, puerta de entrada a Europa.

Desde septiembre, cientos, probablemente miles de senegaleses movidos por la pobreza o la esperanza de una vida mejor se han embarcado en esquifes de madera para un peligroso viaje de unos 1.500 km que durará entre una semana y diez días, según las circunstancias. Ignoran lo que les espera, pero saben lo que dejan atrás.

Senegal sigue con consternación las noticias de decenas de muertos, muchos de los cuales no tendrán sepultura, y de embarcaciones interceptadas en alta mar. Otros muchos alcanzan la meta.

El fenómeno se remonta a años atrás y no se limita a Senegal pero recientemente ha aumentado por la crisis económica. En Mbour se ha incrementado por la caída de la pesca artesanal y, según muchos, por la pandemia de covid-19.

"Aquí no queda nada", dice Djiby Dieng, de 21 años. Una frase que se repite. Los cientos de barcos dan fe de lo importante que es la pesca en la zona y en los 700 km de costa senegalesa: un modo de vida que se ha transmitido de generación en generación y que representa el 1,8% del Producto Interno Bruto, según Naciones Unidas.

Pero "aquí no quedan peces", lamenta Djiby Dieng.

Con los amigos hablan mucho de los que se han ido y envían fotos a los que se han quedado en las modestas viviendas de bloques de hormigón, apiñadas frente al mar.

Djiby Dieng quería irse para ganar dinero en Europa y alimentar a su familia. Puso su destino en manos de Dios, como hacen los demás.

No es complicado encontrar a un traficante de inmigrantes clandestinos. Es alguien de la comunidad, posiblemente un vecino. Organiza el viaje y proporciona el bote, a menudo una embarcación de unos veinte metros que puede transportar a decenas de pasajeros hacinados. Con suerte, se informa de ello a un tío o una tía en algún lugar de Europa que ayudará como pueda, a distancia.

Diby Dieng metió ropa en una pequeña mochila desgastada por el uso. Su madre se enteró por otros de que se había ido. El 18 de octubre a las 10 de la mañana "el traficante estaba allí con su equipo. Verificaron que todos hubieran pagado". Entre 150 y 300.000 francos CFA (de 228 a 457 euros, entre 275 y 551 dólares), cuenta. Los ingresos de un joven pescador oscilan entre 75 y 130.000 CFA al mes según la temporada, según un especialista.

- "Pánico a bordo" -

Él no pagó. Conoce el mar y aceptó ser uno de los pocos tripulantes que se turnan para relevar al piloto. El traslado al barco que esperaba mar adentro se hizo en pequeñas embarcaciones que pasan inadvertidas.

"Éramos 131. Había gente de todas las edades, jóvenes y viejos. Pero nos quedamos escasos de agua y comida. Teníamos unas 15 personas deshidratadas. Por eso, frente a las costas de Marruecos, decidimos parar".

Para Djiby Dieng y sus colegas, emprender esta travesía no dista mucho de los viajes de pesca de varios días en las costas de Guinea, por ejemplo. Pero sus compañeros de viaje, incluidos niños, mujeres y estudiantes, no están acostumbrados. El destino de cada uno depende de la meteorología y de los escrúpulos de los traficantes.

El de Khalifa Samb, de 22 años, también pescador, "era de mala fe. Lo único que le importaba era el dinero".

Su madre sí sabía que iba a probar suerte. Incluso alimentó la tontina (fondo comunitario) que financió su expedición. No había marineros en la tripulación, el motor estaba averiado, y había poca gasolina y comida. "Decidimos atracar en Mauritania, si no habríamos muerto". Él y su familia perdieron 400.000 FCFA, una fortuna. Había 120 en el barco.

A Saliou Diouf --otro pescador de 22 años-- y sus 200 o 250 compañeros, uno de los motores les falló en la mañana del segundo día de travesía y se incendió cuando intentaban repararlo.

"Hubo pánico. El fuego se propagó a los bidones de carburante". Los pasajeros saltaron al agua uno tras otro. "Algunos no sabían nadar y se agarraron a mí. Pensé que no me iba a morir si Dios no lo había decidido".

¿Cuántos murieron? Saliou Diouf dice que unos cincuenta pasajeros se salvaron al ser rescatados por otros barcos. La cifra es coherente con el saldo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Más de 500 personas han muerto este año, la mayoría en octubre y noviembre, en lo que se ha convertido en una ruta marítima, dice la OIM. Es una estimación baja, pero ya es el doble que en 2019.

Más de 18.000 migrantes, la gran mayoría del oeste de África, movidos por la pobreza, la violencia o la persecución, llegaron a Canarias en 2020, dos tercios de ellos en los últimos dos meses, informa la OIM.

Las autoridades senegalesas no dan cifras.

El éxodo actual contrasta con las promesas presidenciales de crear cientos de miles de puestos de trabajo en este país de 16 millones de habitantes.

Alrededor del 20% de los jóvenes de 15 a 24 años están desempleados, según la Agencia de Estadística, pero hay que tener en cuenta que el trabajo irregular hace que el mercado laboral sea opaco. La mitad de una población que casi se ha triplicado en medio siglo tiene menos de 18 años y muchos no estudian ni trabajan.

Acusado de presionar a los jóvenes para que se vayan, el gobierno se ha movilizado.

- Un paraíso falso-

La policía y la gendarmería han aumentado las patrullas, las interceptaciones de canoas y las detenciones de los traficantes clandestinos.

Tres ministros acudieron a Mbour, donde los habitantes les expresaron su sensación de abandono.

Para las autoridades, el drama migratorio de las últimas semanas ha coincidido con una votación en el Parlamento Europeo que aprobó la renovación de un acuerdo que permite a los barcos españoles, franceses y portugueses pescar atún y merluza en aguas senegalesas.

El voto resucitó una vieja acusación en el país: los recursos pesqueros se venden a los europeos y los chinos, mientras que la sobrepesca, legal y clandestina, agota las reservas del Atlántico.

Las cuatro quintas partes de la pesca senegalesa es artesanal.

La pesca genera más de 53.000 empleos directos y 540.000 indirectos en Senegal, según la ONU.

La crisis actual no tiene precedentes, dice Mustafa Fall, de la Asociación Nacional de Socios Migrantes que trabaja para retener a los senegaleses.

"No lo veíamos desde 2006. Y en 2006 los pescadores no se iban, era gente del interior", dijo, refiriéndose al pico de afluencia en la ruta migratoria de África del Oeste hacia Europa de mediados de la década de 2000.

Los peces ya escaseaban. Pero con la pandemia y el estado de emergencia sanitaria, los muelles sólo trabajaron unos días a la semana y durante tiempo los mercados cerraron antes.

"La gente se empobreció de repente. Hay salidas todos los días, miles de personas en total", cuenta.

El gobierno responde que sólo 31 barcos europeos pescan en aguas senegalesas y capturan especies por las que los pescadores senegaleses no se interesan demasiado. Cita los cientos de miles de millones de francos CFA gastados en los últimos años en varios programas para el empleo y la formación de los jóvenes y la creación de empresas. Y alega que la epidemia ha golpeado duramente a una economía con un crecimiento basado en el trabajo en negro.

La ministra de Juventud, Néné Fatoumata Tall, critica "el paraíso que se ha vendido a la juventud africana" y la "enorme presión" que ejercen el medio social y las familias sobre los jóvenes que escuchan "todos los días comentarios como: 'tal persona construyó un edificio para sus padres'".

En la modesta casa con ventanas ciegas del barrio del Golfo en Mbour, la madre de Khalifa Samb, el mayor de sus cinco hijos, está considerando de nuevo su partida. Lleva siete años sin noticias del padre de sus hijos.

"Aquí en Senegal no hay nada, una persona tiene que sustentar a otras 10. Hay para comer al mediodía, pero por la noche no. El mar, lo vendieron. Prefiero que los niños se vayan, allá", dice Bemy Samb, de 45 años.

"Si se presenta la oportunidad, no lo dudaré", afirma su hijo.

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