La verdad incómoda sobre las polémicas quimeras hombre-mono

Miguel Artime
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Juan Carlos Izpisúa Belmonte. (Imagen Creative Commons / crédito: Fundación Gadea Ciencia).
Juan Carlos Izpisúa Belmonte. (Imagen Creative Commons / crédito: Fundación Gadea Ciencia).

El hombre ha alcanzado grandes logros a pesar de ser, ciertamente, imperfecto. Esto último de hecho no siempre es contraproducente, ya que hay veces que la ruta ideal para alcanzar el punto B partiendo desde A, no es una simple línea recta sino una circunvalación planetaria.

Vemos ejemplos de esto todos los días, en cualquier ámbito. Al menos en mi caso (soy agente de aduanas) así ha sido hasta el punto de sonrojo. Me explico.

España es uno de los principales productores de naranjas del mundo. Con tanto y tan buen producto patrio, lo lógico es que las aduanas españolas solo vean un tráfico de salida de nuestras naranjas, con destino al extranjero. Por tanto, intentar importar naranjas, pongamos por el puerto de Valencia, sería una actividad sumamente impopular, puesto que el gobierno está obligado a proteger los intereses de los productores de levante. ¡Y así es! Si alguien intenta importar naranjas sudafricanas por el puerto de Valencia, se encontrará un muro infranqueable de controles administrativos, de calidad, fitosanitarios, sanidad vegetal, etc., que sin duda le harán desistir en el empeño.

Pero ahora viene lo bueno, las naranjas son una fruta de temporada, lo cual quiere decir que en verano no hay fruta fresca de origen español. Sin embargo, las distribuidoras patrias tienen demanda todo el año, y por tanto se ven obligadas a importar fruta sudafricana. ¿Cómo evitan todo ese muro administrativo del que antes hablábamos? Fácil, los contenedores salen de Sudáfrica y llegan directamente a Holanda, donde puertos como Rotterdam dan las mayores facilidades a los importadores, ya que viven del volumen bestial del tráfico entrante y saliente, lo cual solo puede conseguirse relajando los controles.

En Holanda no ven tan preocupante que las naranjas sudafricanas destinadas a España se hayan criado entre pesticidas prohibidos en la UE. Lo importante es seguir siendo el hub logístico marítimo más importante del continente. ¿Resultado? Los distribuidores españoles de naranjas suministran a nuestros supermercados fruta todo el año (autóctona en invierno y sudafricana en verano) al tiempo que evitan la ira de los agricultores valencianos - que no las ven entrar por su puerto - y el celo de las aduanas españolas.

El fin justifica los medios. ¿Recordáis cuando Kissinger, secretario de estado de un país tan demócrata como los Estados Unidos defendía al dictador nicaragüense Somoza, diciendo aquello de “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”? Pues estamos en las mismas. Con tal de frenar el paso al comunismo en su “patio trasero” los norteamericanos promovían dictaduras “manejables”.

Perdonad la franqueza. No es que apruebe estos trucos, basados en mirar para otro lado ante el mal menor, con las vistas puestas en lograr un bien mayor, pero están ahí desde que el mundo es mundo.

Algunos os estaréis preguntando a dónde quiero llegar. Este es un blog de ciencia y sin embargo hasta ahora me he dedicado a hablar de naranjas holandesas y de dictadores centroamericanos. Bien, hablemos ahora de las quimeras mono-hombre y del trabajo de Juan Carlos Izpisúa Belmonte.

Este ilustre científico español, en nómina del prestigioso Instituto Salk californiano (referencia mundial en asuntos biológicos) decidió hace unos años mudarse a China para poder evitar las restricciones que occidente ha puesto al trabajo con material biológico de origen humano. No es que allí, en el gigante asiático, no exista ningún tipo de control (recordad como el polémico experimento de edición genética llevado a cabo por el investigador chino He Jiankui acabó con su carrera) pero lo cierto es que ahora mismo, China es el país ideal para ciertos trabajos científicos vanguardistas, tanto por su alto nivel tecnológico como por su “laxa” regulación y situación política. Digamos que si sabes que trabajar en ciertas áreas puede levantar ampollas en la opinión pública, el paraguas dictatorial del gobierno de Pekín puede resultar de ayuda.

¿Es loable el objetivo que se persigue en trabajos como el que nos ocupa? Sin duda. Lo que los científicos intentan averiguar es si existe la manera de ”engañar” a especies biológicamente cercanas a nosotros (bien sea por tamaño como los cerdos, o evolutivamente como los macacos) para que sean capaces de producir órganos humanos. ¿Si tu corazón fallase y no hubiera donantes humanos compatibles para un trasplante, aceptarías uno hecho a la carta con tu propio ADN, y cultivado en un animal bajo condiciones de máximo control?

La humanidad lleva decenas de miles de años criando animales por su carne y otros recursos. Llamadme insensible, pero creo que esto es simplemente llevarlo un poquito más allá. El premio final es salvar vidas, aunque obviamente durante el proceso habrá que tratar siempre al animal con respeto y evitar la crueldad.

¿Pero no abriría esto la puerta a la creación de animales mitológicos mitad mono mitad león? Pues no, un ser así simplemente no llegaría a desarrollarse ni aunque quisiéramos. En cuanto al trabajo del equipo de Izpisúa Belmonte publicado en Cell, hay que recordar que la mayoría de los embriones animales no llegaron a buen término de forma natural, lo que muestra la dificultad de tal tarea.

Estoy convencido de que en un futuro lejano podremos trabajar con organoides (órganos funcionales generados en laboratorio a partir de células madre) en lugar de con embriones animales, pero siendo realistas esta innovadora tecnología aún está en pañales. Por ello, y puesto que todos entendemos que trabajar con embriones humanos es traspasar todas las líneas rojas, hoy por hoy la investigación con animales es insustituible.

Así pues el trabajo de Izpisúa Belmonte, que ha demostrado que las células madre humanas logran prosperar cuando se las mezcla con células embrionarias de un macaco cangrejero no debería de ponernos nerviosos. No estamos frente a la precuela real del Planeta de los Simios, sino que asistimos a trabajos destinados a probar conceptos que podrían ser muy útiles de cara al futuro de la biomedicina.

Y no, nadie ha fusionado un feto humano con otro de macaco, ni nada por el estilo. Los investigadores han empleado unas células fetales humanas específicas, llamadas fibroblastos, y las han reprogramado para convertirlas en células madre. Luego, han introducido un número muy reducido de estas células (hablan de solo 25) en 132 embriones de macacos, seis días después de la fertilización.

¿El resultado? 7 días después de la inyección de células humanas, estas habían logrado reproducirse en los embriones de macaco, conformando hasta un 4% del total. Tras eso, el número de las células humanas comenzaron a decrecer y como antes he dicho, la mayoría de las quimeras no llegó a buen término. Las pocas que sobrevivieron, fueron destruidas tras 19 días.

En la imagen una quimera cerdo y mono nacida en 2019. Como veis no ha salido nada monstruoso, lo cual es lógico teniendo en cuenta que se encontró una célula funcional de mono por cada 10.000 de cerdo. (Crédito imagen: State Key Laboratory of Stem Cell and Reproductive Biology)
En la imagen una quimera cerdo y mono nacida en 2019. Como veis no ha salido nada monstruoso, lo cual es lógico teniendo en cuenta que se encontró una célula funcional de mono por cada 10.000 de cerdo. (Crédito imagen: State Key Laboratory of Stem Cell and Reproductive Biology)

Y aunque alguna hubiera llegado a buen término y hubiera sido implantada en una hembra de maco. ¿Qué aspecto creéis que habría tenido? Lo siento por los excesivamente imaginativos, sobre estas líneas veis el resultado de una quimera entre mono y cerdo. Cuando nació, se evidenció que tenía una células operativa de mono por cada 10.000 células de cerdo, de ahí que simplemente observéis un cerdo muy “mono”. (Lo conté en este artículo de finales de 2019). ¡Nada gore verdad!

Volviendo sobre el último trabajo de Izpisúa Belmonte, la pregunta que tal vez asuste a cierta gente es si un embrión de unos pocos días, en este caso de mono “salpimentado” con unas pocas células humanas, es un sujeto con derechos. ¡Con la iglesia hemos topado! 

Yo lo tengo claro, pero para evitar un gran escándalo lo mejor es hacerlo en China. Ya sabéis, como con las naranjas sudafricanas, las verdades incómodas pero útiles a veces conviene llevarlas lejos, antes de hacerlas volver.

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