Iván García Cortina tiene que elegir ya entre la mediocridad y la élite

Iván García Cortina, con el trofeo que le acredita como ganador del Gran Piemonte. (Photo by Tim de Waele/Getty Images)
Iván García Cortina, con el trofeo que le acredita como ganador del Gran Piemonte. (Photo by Tim de Waele/Getty Images)

Llevamos tanto tiempo hablando de Iván García Cortina que se nos olvida que solo tiene 26 años. Es cierto que en estos tiempos de héroes precoces pueden parecer muchos, pero no lo son. Son los que, en otro momento, marcarían el comienzo de la madurez de un deportista en prácticamente cualquier especialidad. El problema con Cortina es que llevamos esperando esa madurez desde que en 2017, a los 21, quedara dos veces entre los cinco primeros de sendas etapas de la Vuelta a España, y al año siguiente sumara otros cuatro top tens en la misma carrera.

Cortina era un tipo de corredor distinto para los estándares españoles. El primer clasicómano que salía desde los tiempos de Valverde, Freire y Flecha en tiempos en los que las clásicas empezaban a interesar de verdad al aficionado patrio. Un tipo rápido en los sprints, capaz de ganar etapas en París-Niza o en el Tour de California, siempre con el defecto de la mala colocación en carrera que todos suponíamos que tarde o temprano iría corrigiendo.

Su fichaje por Movistar en 2021 fue recibido con un cierto entusiasmo, pero Pablo Lastras soltó aquello de que iban a tener que enseñarle a correr y desde entonces todo ha sido un desastre. De la gran promesa Cortina, con su generoso salario y sus enormes expectativas, pasamos a un corredor mediocre que no encontraba su sitio en el equipo. Un corredor que pasaba desapercibido en la mayoría de las carreras y que ya ni siquiera luchaba por los puestos de honor, aunque fuera en el sprint del segundo grupo.

Así, al menos, hasta que ha llegado el otoño de 2022 y las cosas parecen haber cambiado. Hagamos resumen: desde su llegada al equipo navarro hasta septiembre de este año, Cortina tenía como mejores resultados un cuarto puesto en una etapa del Tour y otro cuarto puesto en otra etapa de la Vuelta a Suiza, ambas cosas en 2021. De febrero a agosto de 2022, el asturiano no había hecho prácticamente nada: dos séptimos puestos en etapas de la París-Niza y algún tercer o cuarto puesto en pruebas muy menores.

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Sin embargo, a partir de septiembre, fuera por la urgencia de los puntos de su equipo, fuera por una cuestión de ego o simplemente de estado de forma, Cortina nos ha recordado al corredor que siempre debió ser. No ya una estrella, porque no lo será nunca, pero sí un corredor de élite. Todo empezó en el prestigioso Gran Premio de Quebec, donde quedó quinto (cuarto en el sprint del grupo, justo detrás de Wout van Aert) y siguió en el Mundial para el que ni siquiera había estado convocado en un principio.

De aquel Mundial australiano es difícil recordar nada por el caos que fue la retransmisión, pero Cortina, llamado en el último momento por la renuncia de Ayuso pese a que el circuito le venía como anillo al dedo, se mantuvo con los mejores, llegó al final en el grupo que perseguía a Evenepoel y solo sus problemas de ubicación en el pelotón -llegó a línea de meta completamente tapado por todos lados- le dejaron a un paso del top ten. El siguiente español acabó en 75º lugar.

Motivado por su capacidad para luchar de nuevo por cosas importantes, aunque fuera desde una cierta distancia, Cortina viajó a Italia y quedó quinto en la Coppa Bernocchi, donde se impuso, para variar, un sprinter del Quick Step, en este caso, Davide Ballerini. Y así, con las piernas rodadas, se presentó en el Gran Piemonte, una carrera que en años pasados habían ganado Bernal, Colbrelli, Bennett o Urán. Una de esas clásicas "tramposas" de las que se ven mucho en Italia, con apariencia llana, pero que se acaba disputando entre un grupo de elegidos.

Elegidos entre los que, este año, se encontraba Cortina. Treinta ciclistas que afrontaron la recta final con aspiraciones y que vieron cómo el asturiano, pese a llegar de nuevo horriblemente colocado, remontaba a los Mohoric, Bettiol y compañía y se hacía con el triunfo con cierta claridad. Ese es exactamente el Cortina que llevamos años esperando. Un tipo que lo mismo no está para ganar en San Remo o en Flandes, pero sí en los Piemonte de turno, un resistente que nos haga vibrar con su punta de velocidad de febrero a octubre, compitiendo en un amplio abanico de pruebas.

El asunto es creérselo. El talento está ahí y siempre ha estado, pero no ha habido manera de que la concentración estuviera a la altura. Cortina ha perdido demasiados años sumido en la mediocridad de los terceros puestos en la Vuelta a Castilla y León y tiene que recordar ahora que su lugar natural está en la élite del ciclismo mundial, con todo lo que eso exige. El año que viene, con Kanter y Gaviria para los sprints puros, Cortina debería tener libertad absoluta para filtrarse en fugas y centrarse en las clásicas. Es un año clave para él, el que determinará lo que quiere ser y lo que será. Si la gente se ha cebado con Mas, con Cortina ya ni hablamos. Es tiempo de callar bocas y, cuanto antes empiece, mejor.

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