Israel vota por quinta vez en tres años y afronta la eterna duda: ¿con Bibi o contra Bibi?

Benjamin Netanyahu y Yair Lapid, en sendas imágenes de archivo. (Photo: Getty Images)
Benjamin Netanyahu y Yair Lapid, en sendas imágenes de archivo. (Photo: Getty Images)

Benjamin Netanyahu y Yair Lapid, en sendas imágenes de archivo. (Photo: Getty Images)

Esta noticia abre con dos fotografías, pero en realidad sólo uno de los dos hombres que muestran es el que lo protagoniza todo, el que inclina la balanza. El otro, si acaso, se beneficiará de su tropiezo. Y es que Israel vota de nuevo este martes, en sus quintas elecciones en tres años y medio, haciendo frente a la pregunta eterna, invariable: ¿con Benjamin Netanyahu sí o con Benjamin Netanyahu no?

Prácticamente no hay más. Los ciudadanos tienen problemas cotidianos como el menguante poder adquisitivo, se acrecientan las tensiones internas por la religiosidad al alza, el conflicto con los palestinos ya es viejo de 74 años y hay un acuerdo nuclear con Irán por renovar, por ejemplo, pero de casi nada se habla con precisión, con apuestas, con programas. Se reduce todo al conmigo o contra mí y esa polarización es la que hace que, según las encuestas, se augure un nuevo empate técnico que abocaría al país, otra vez, a elecciones. Un bucle que no puede resolver un hipotético Gobierno de unidad, porque las partes están tan peleadas entre sí que la suma por el bien de todos se hace imposible.

En junio de 2021 se produjo un hecho insólito: ocho formaciones israelíes, de todo el espectro político e incluyendo a un partido árabe, se unieron para derrocar a Netanyahu, entonces primer ministro. Cada uno de su padre y de su madre, pero con la meta común de que el líder del derechista Likud no mandase más. Se hizo encaje de bolillos y se consiguió una frágil estructura, de hasta 27 ministros, que sobrevivió un año justo. Nada más. “Lo que ha conformado a este gobierno es la amistad y la confianza, y lo que va a mantener a este Gobierno es la amistad y la confianza. Si sabemos confiar, apoyarnos mutuamente y trabajar juntos para que funcione, funcionará”, decían sus impulsores. No hubo suficiente: las diferencias de criterio a la hora de aprobar leyes importantes, que evidenciaban cuán diferentes eran los partidos aliados, llevaron a una parálisis de gestión insostenible.

Se marchó entonces Naftali Bennett (ultranacionalista de Yamina), que había llevado el cargo de primer ministro, y ocupó su lugar Yair Lapid (del centrista Yesh Atid, el señor de la segunda foto del arranque), hasta ese momento titular de Exteriores y con quien había un pacto para hacer rotar el cargo de premier. Lapid ha estado cuatro meses al frente del consejo de ministros y ha aprovechado el tiempo para dejar su marca, mientras era forzoso convocar elecciones tres años antes de lo previsto.

Ahora, en campaña, trata de aferrarse al que, según las encuestas, es el mayor problema de los israelíes, por encima de la seguridad: la estabilidad económica, el llegar a fin de mes, el cómo afrontar la crisis, mundial y local, en sus bolsillos. Algo tan troncal que, sin embargo, no eclipsa el gran debate general, el del retorno de Netanyahu. Eso es lo que está en juego en primer lugar. Lo demás, será luego, pero es que lo demás es apremiante: el encarecimiento del nivel de vida castiga desde hace años a los más pobres de Israel, excluidos del auge económico de la “nación de las empresas emergentes”, y ahora se ve empeorado por la crisis mundial. Ahora mismo, hay una inflación récord en más de una década, de un 4,6% más en los últimos 12 meses, según las cifras publicadas en octubre por la Oficina Central de Estadística.

Hay una enorme brecha entre los más acaudalados y los más pobres, con datos alarmantes de dos millones de pobres, con el 30% de los niños en este umbral. La economía de Israel iba muy bien antes de la llegada del covid-19, algo de lo que alardeaba Netanyahu, pero el desempleo subió hasta el 25%, cuando casi nunca en su historia había pasado del 10% y lo normal era un 6 o 7. Ahora está rondando el 4%, pero con enormes tasas de temporalidad y salarios muy bajos, como las pensiones.

Las reformas en educación y la salud, muy obsoletas, y la reducción de la burocracia para hacer crecer las empresas, eran también promesas del Ejecutivo a ocho que se han quedado en el cajón y que siguen siendo esenciales para el país.

El panorama de encuestas y alianzas

Lo que dicen las encuestas ahora mismo es que hay un práctico empate técnico entre el bloque de los “pro” y el bloque de los “contra”. Con un Parlamento (Knesset) de 120 diputados, la mitad más uno, la mayoría absoluta, está en 61 escaños. Nadie los tiene ahora mismo: la suma de izquierdas, derechas, nacionalistas y centristas que hasta ahora gobernaba lograría un máximo de 58 escaños, en los escenarios más optimistas. Los de Netanyahu, que podría apoyarse en el sionismo religioso y en los judíos ultraortodoxos, se quedaría en 60.

Quedarían unos cuatro escaños bailando que son los de la formación árabe Hadash Ta’al, que nunca irá con Netanyahu pero que se desmarcó de la actual coalición la pasada primavera. Los árabes, que son poco más del 21% de los 9,3 millones de israelíes, “pueden acabar siendo decisivos, como lo fueron el año pasado, para que Netanyahu no recupere el trono”, constata la investigadora Sarah Gat, de la Universidad de Tel Aviv.

Los sondeos han dejado claras en las últimas semanas dos tendencias que, ahora, está por ver si son ciertas: la consolidación del partido de Lapid como primera fuerza de la oposición y el ascenso disparado de la ultraderecha religiosa local. Este último fenómeno preocupa a la experta. “Podrían multiplicar por dos veces y media los escaños que tienen hoy, que son seis, y convertirse en los verdaderos hacedores de reyes de estas elecciones. El rey, claro, sería Bibi, nunca irían con el bloque contrario”, señala. Genera alarma esa subida porque sus postulados son “xenófobos, racistas, limitantes, opuestos a las libertades de las mujeres o los homosexuales”, y si llegan a ser muleta de Gobierno, “sus exigencias acabarán condicionando las políticas nacionales, inclinando a Netanyahu a la derecha hasta límites desconocidos”.

La analista entiende que hay un “juego de fuerzas” importante, entre la religiosidad limitante al alza y la batalla por las libertades y el progreso. No todo es la modernidad de Tel Aviv, pero no todo es el rigorismo de estos partidos. “Si Netanyahu gobierna con ellos, habrá sometimiento de una parte de la población”, augura.

Los riesgos de esa radicalización se suman a otros fantasmas que sacan a relucir los antiNetanyahu para argumentar por qué no debe volver: porque se perdería el empeño en hacer las cosas en común del actual gabinete, porque es el pasado sin más propuestas, porque se volvería al statu quo anterior en materia de relaciones exteriores y porque, sobre todo, Bibi está ahora mismo siendo procesado por un triple delito de corrupción: soborno, fraude y abuso de confianza.

Pero los suyos, por contra, le siguen dando la confianza necesaria como para estar arriba, en la pelea. Netanyahu está caminando sobre los pasos del expresidente de EEUU Donald Trump, que cuando más arrinconado parece, más arropado se encuentra. Al halcón del Likud parece que no le hace mella la imputación, que colea desde 2019 con retrasos y contratiempos judiciales. Tampoco Netanyahu ha dejado que surjan otros líderes en el seno de su partido que le hagan sombra, que le peleen la candidatura. Su poder es aún inmenso.

Lo que ofrece Lapid

A la espera de su oportunidad, a Lapid no se le ve agazapado, sino crecido. Su partido podría pasar de tener 17 escaños a 27, primera fuerza no derechista, locomotora del grupo de contrarios a Netanyahu. Este exactor y experiodista lleva ya más de una década en política, pero aún hay quien lo ve como un recién llegado, como un hombre sin experiencia, frente a un Netanyahu que estuvo, en dos periodos, hasta 15 años al mando. Bibi suele reírse con condescendencia de su oponente, justo por eso.

Sin embargo, los que lo defienden hablan de un líder nuevo, emprendedor, con buena estampa internacional. Sus presiones han sido clave para frenar por ahora el acuerdo de Occidente con Teherán, que estaba a punto de cuajar, y ha esprintado en la ampliación de los acuerdos que Israel está firmando con el mundo árabe, del Golfo Pérsico a Marruecos, en virtud de los Acuerdos de Abraham propiciados por Washington.

En cuanto al conflicto con los palestinos, ha avalado en la Asamblea de la ONU la solución de dos estados, desechada por Netanyahu y admitida por la comunidad internacional (por más que nadie haga nada por aplicarla), pero eso son palabras. Los hechos son que se ha caracterizado por el lanzamiento de ofensivas en Gaza sin que mediara agresión previa, jugando al precrimen, lo que llevaba años sin pasar. Ha aplicado una doble estrategia en la franja: la de reforzar el control militar y la ofrecer a la par algunos beneficios económicos para reducir las tensiones. Y le ha funcionado.

Tampoco le ha temblado el pulso para ordenar redadas en Cisjordania que están siendo especialmente sangrientas en las últimas semanas, las peores desde 2015 según datos oficiales. En general, aunque está considerado un político moderado, “sionista refractario al judaísmo ortodoxo e hipercrítico con el chovinismo antiárabe, como lo califica el CIDOB, no ha hecho nada por retomar el diálogo con Mahmud Abbas, muerto desde el 2014.

Todo puede pasar, que lidere un nuevo “Gobierno del cambio” o que se quede a las puertas, viendo cómo Netanyahu pacta con quien sea, como ha demostrado que es capaz de hacer desde hace tiempo, con tal de ocupar de nuevo la residencia oficial del barrio jerosolimitano de Rehavia. El escenario, para él y para el líder del Likud, es en cualquier caso de dependencia y de fragilidad, de cesiones y debate. Los israelíes ya van necesitando algo más que tomar la vereda del colegio electoral cada vez que a sus políticos se les antoja.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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