La heroica enfermera que salvó a millones de morir de viruela y que quedó relegada al olvido en los libros de historia

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Melingue Gaston ( 1840 - 1914 ) (Jenner takes pus from the hand of a farmer with vaccinia, then inoculates young eight year old James Philips, and two months later inoculates the smallpox virus with the child.) The first vaccination of Edward Jenner in 1796 (1749 - 1823) painted in 1879  Academy of Medicine of Paris. (Photo by: Christophel Fine Art/Universal Images Group via Getty Images)
La obra de Melingue Gaston ( 1840 - 1914 ) recrea la primera vacunación de Edward Jenner en 1796. (Foto de Christophel Fine Art/Universal Images Group via Getty Images)

Sobrevivió el hambre, la pobreza y la discriminación por ser madre soltera en la Galicia de 1800 para convertirse en la primera enfermera en trabajar en una misión humanitaria internacional.

Su coraje y dedicación permitió el éxito de la primera campaña mundial de vacunación de la historia y salvó de manera directa al menos a 250.000 personas de morir de viruela en las colonias españolas en América y Asia. Pero la repercusión de su labor evitó millones de muertes en todo el mundo.

Su nombre, olvidado en los libros de la historia de la medicina moderna, es Isabel Zendal Gómez.

La gesta de Zendal fue heroica de muchas maneras.

La primera proeza de esta mujer fue llegar a la adolescencia viva y alfabetizada. Nació en 1773 y fue la segunda de nueve hijos de una pareja de agricultores en A Agrela, un pequeño pueblo cercano a La Coruña.

Fue la única de sus hermanos que aprendió a leer y a escribir de la mano del párroco de su comunidad, que tampoco era algo común para la época, informó un reportaje de National Geographic.

La trágica muerte de su madre por la temida viruela cuando tenía 13 años despertó su interés por la medicina. Se trataba de una enfermedad que para el momento no tenía prevención ni sin cura y que había aniquilado a 60 millones de personas en Europa en el siglo XVIII.

El dolor y las desventajas por haber quedado huérfana de madre las compensó con su curiosidad por aprender. A los 20 años abandonó su pueblo para trabajar en la casa de un adinerado comerciante coruñés. Saber leer, escribir y sumar la diferenciaban del resto de las chicas pobres de las aldeas cercanas.

El dilema de la madre

También aprendió con que los libros no lo enseñan todo y cuando empezaba su vida laboral lejos de casa un hombre la embarazó y la abandonó a su suerte.

Su excelente desempeño como niñera le permitió permanecer en la casa de sus patronos durante el embarazo y su hijo nació en 1793, cuando Isabel tenía 22 años.

Lo presentó como Benito Vélez Zendal, no por honrar al hombre que la abandonó sino para que su hijo fuera dos apellidos aunque ella era una madre soltera.

Con la responsabilidad de un niño sobre sus hombres, asumió el reto de ser la rectora Orfanato de la Caridad de La Coruña. Para eso no solo la precedían su eficiencia sino que también fueron necesarios los buenos oficios de sus empleadores.

Los registros de la época han demostrado que la paga era magra y llegó a tener cargo hasta 100 niños, que eran dejados en las puertas de las viviendas o en las iglesias.

Entretanto, el rey Carlos IV tenía un grave problema que resolver.

Millones de indígenas de las colonias americanas habían muerto de viruela y el mal no se detenía. Aunque la letalidad de la enfermedad en Europa era temible, no todos se contagiaban y algunos sobrevivían, probablemente por algún tipo de inmunidad adquirida por las poblaciones durante siglos.

Pero la indefensión inmunológica de los indígenas era total. Caían fulminados como moscas ante la menor exposición al mal.

La primera solución a la mortandad de la viruela la aportó el médico inglés Edward Jenner en 1796 al descubrir que al inocular a las personas con un poco del líquido de la pústula de una versión menos letal (la viruela bovina porque provenía de las vacas) los hacía inmune a la fatal viruela humana.

El revolucionario tratamiento llegó a España en 1800 de la mano del médico personal del rey, Francisco Balmis. Su confianza en la vacuna y el beneplácito real permitió que la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna zarpara al Nuevo Mundo en 1803.

La cuidadora de la vacuna

El principal problema para llevar la vacuna a las Américas era la conservación de la muestra. Al no existir la refrigeración ni las técnicas actuales de laboratorio, el poder inmunitario del extracto de la llaga duraba muy pocos días.

A Balmis se le ocurrió que el suero viajaría en barcos dentro de "receptáculos vivos", es decir, en las llagas que se le formarían en los brazos de niños huérfanos vacunados.

La dificultad de los niños era precisamente que se portaban como niños y Balmis se exasperó al convivir con los primeros huérfanos reclutados para el viaje porque se peleaban, se rascaban la vacuna, lloraban y sentían miedo por su porvenir.

Fue así como Isabel se unió a la expedición: Era la cuidadora de los niños de los que dependía la estrategia de vacunación. Debía alimentarlos, curarlos y mantenerlos calmados para vacunar dos niños cada nueve días para lograr que el suero llegara a América.

La decisión de embarcarse en una peligrosa travesía junto a su hijo de 10 años no pudo haber sido fácil. Sobre todo porque Benito fue uno de los 22 niños vacunados.

Pero además de la posibilidad de salvar muchas vidas, Isabel tenía el respecto de los organizadores, recibió el mismo sueldo que otros expedicionarios hombres. Otro beneficio importante es que al zarpar de España, dejaría atrás el qué dirán que hubiera acompañado por siempre a Benito. Dejó de ser "un hijo natural" y pasó a ser su hijo adoptivo en el listado de la tripulación y en su nueva vida del otro lado del océano.

Así fue como Isabel zarpó de La Coruña en el otoño de 1803 para nunca más volver., dijo un reportaje de Enfermería TV. La corbeta María Pita transportó a la expedición de 37 personas, 22 de los cuales eran niños expósitos de 3 casas de desamparados. Siete tenían menos de 3 años

Isabel y Benito tendrían por delante nueve años de navegación y el paso por un territorio desconocido y hostil para llevar la vacuna a poblaciones que desconfiaban de los colonizadores.

Pero la enfermera se mantuvo firme, vacunó a comunidades en Puerto Rico, Cuba, Venezuela, Colombia, Panamá, México. Y en una segunda etapa continuó hacia las colonias españolas en Filipinas y Macao, en China.

La pionera en salud pública

Balmis dijo que Isabel “con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre sobre los 26 angelitos. […] Los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades.”

Otros expedicionarios, como el médico José Salvany, también se sacrificaron por entero para el éxito del proyecto. Para cubrir la mayor parte de territorio americano, la expedición se dividió y Salvany siguió a Colombia, Ecuador, Perú. Pero en el intricado trayecto contrajo malaria, difteria y tuberculosis y murió en Cochabamba, Bolivia en 1810, luego de haber vacunado a unos 200.000 suramericanos.

Isabel cumplió con creces su misión. Con sus cuidados, los 22 niños gallegos de la primera expedición llegaron vivos a América. De igual manera cuidaría a los 26 niños mexicanos que hicieron posible la vacunación de las colonias asiáticas.

La historia de su vida fue reconstruida por el periodista coruñés Antonio López Mariño. "Su proeza abrió los ojos al mundo y lo convenció de que podía combatirse un mal infectándose con ese mismo mal en dosis atenuadas, algo revolucionario para la época. Así, el planeta descubrió que era el método de inmunización perfecto contra la viruela y otras enfermedades contagiosas", dijo a Público.

Sus aportes quedaron sepultadas durante siglos por la sombra de la gesta independentista en América y el ocaso del imperio español .

Sólo se sabe que murió en la ciudad de Puebla, México. Y aunque aún falta por desenterrar el capítulo mexicano de su vida, hay indicios de que fue reconocida porque la Escuela de Enfermería de San Martín de Texmelucan lleva su nombre.

De lo que no cabe duda, porque existen los registros históricos para comprobarlo, es que Isabel no solo cuidó a los niños sino que lloró a cada uno de los que se fueron quedando en el camino. Isabel no sólo vacunó sino que enseñó a vacunar y ayudó a organizar comités de vacunación locales a su paso, dirigiendo la primera campaña de salud pública del continente.

En 1950 la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció a Isabel Zendal Gómez como la primera enfermera de la historia en una misión internacional.

Y doscientos veinte años después de su partida, los gallegos la celebran como una de sus grandes. Los sindicatos y gremios de enfermeras y médicos españoles convocan congresos y premios anuales con su nombre. Hasta en la política han recurrido a su leyenda para aliviar la polémica sobre proyectos sanitarios como el hospital creado en 2020, en Madrid, para atender a los pacientes de COVID-19.

"Sacrificio sin esperar gloria", era su lema.

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