Isabel Medina y Pablo Hasél: ¿Es ético ser el altavoz de la barbarie?

Gonzalo Aguirregomezcorta
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Isabel Medina y Pablo Hasél. (Twitter/Getty Images)
Isabel Medina y Pablo Hasél. (Twitter/Getty Images)

Los cachorros de la España polarizada miran hacia arriba y se encuentran con dos figuras glorificadas: Pablo Hasél e Isabel Medina Peralta. Ambos, tan jóvenes, irreverentes, influencers e inadaptados, están en la cúspide de la escala de valores de generaciones ansiosas de símbolos ideológicos. Con el rapero, encarcelado recientemente, se identifica la izquierda más radical. Se ha convertido en el mártir, otro más, de aquellos que luchan por romper - con piedras y cerillas en una mano y el celular en la otra - el supuesto yugo con el que el Estado español coarta sus libertades. En las antípodas se encuentra Medina, que con tan solo 18 años de edad se ha convertido en la nueva voz de la derecha más extrema. Según ella misma ha destacado en una entrevista, la etiqueta de ultraderecha se le queda corta, y se autodefine como nacionalsocialista. Lo que viene a ser una nazi, con todas sus letras. Anticipa que pronto vivirá la misma suerte que Hasél.

Sus ideales son antagónicos, aunque su sentido de lo que significa la libertad de expresión es el mismo. Si el uno ha sido condenado por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la monarquía, la otra está siendo investigada por la Fiscalía por delito de odio después de sus proclamas antisemitas en un discurso en Madrid. Y en el meollo de todo, los medios de comunicación, personajes clave tan obligados a dar noticias como a no convertirse en la plataforma que justifique dos maneras de ver la realidad basadas en la barbarie.

La mayoría de los periódicos, televisiones y portales de internet se han dedicado recientemente a hacer perfiles sobre Medina, cuya cuenta de Twitter ha sido bloqueada por proclamar su antisemitismo. La joven rompe con todos los cánones asociados con la imagen tradicional de lo que significa ser nazi, de ahí que se haya convertido en figura de interés no sólo dentro de nuestras fronteras, también fuera. Cuanto más se habla de ella, mayor es el riesgo de banalizar una postura atroz e inhumana como la huella que ha dejado el nazismo en la historia contemporánea, así como el profundo daño en una comunidad judía traumatizada. ¿Es ético dar voz a una nueva portavoz del fascismo en España?

Con Hasél sucede algo similar. También se han publicado entrevistas en medios generalistas donde es debatible el carácter noticioso o el efecto altavoz de un artista que confunde libertad de expresión con enaltecimiento del terrorismo y la violencia con frases como: “¡Que alguien clave un piolet en la cabeza a José Bono!”, “¡Merece que explote el coche de Patxi López!”, “mi hermano entra en la sede del PP gritando ¡Gora ETA! A mí no me venden el cuento de quiénes son los malos, sólo pienso en matarlos”, “es un error no escuchar lo que canto, como Terra Lliure dejando vivo a Losantos”, entre otras. Con esta frialdad y facilidad ha hablado Hasél sobre un tema que aún está muy vivo en las entrañas de miles de españoles. ¿Es ético amplificar la voz del responsable de este tipo de posturas en los medios de comunicación?

Protesta a favor de la excarcelación de Pablo Hasél. (Getty Images)
Protesta a favor de la excarcelación de Pablo Hasél. (Getty Images)

La línea que separa la obligación a contar lo que sucede y convertirse en la caja de resonancia de conductas reprobables es muy fina. Como recordó el periodista, José María Calleja, recientemente fallecido por complicaciones derivadas del Covid-19, “los periodistas no podemos ser neutros ni neutrales ante el terrorismo. Sobre la base innegociable de contar lo que pasa, tendremos que hacerlo con la idea puesta en mantener la democracia y las libertades, contra las que habitualmente atentan los terrorismos, distintos entre sí, pero casi siempre unidos en ese objetivo: instaurar su ideal totalitario, clausurar las libertades y aniquilar a quien se oponga a su proyecto”.

Esta idea, aplicable a cualquier tipo de terror que justifica la ideología a través de la violencia, evidencia la necesaria responsabilidad periodística a la hora de retratar la realidad. En otras palabras, se ha de contar que Hasél ha sido condenado por sus palabras contra la monarquía o que enaltecen el terrorismo, pero es cuestionable que un medio publique una entrevista con él tres días antes de la fecha prevista para su ingreso a prisión donde se titula: “Nunca pediré el indulto porque eso sería arrepentirme”. De la misma manera que otro medio realizó una entrevista a Medina en la que se la describió como “la nueva musa de la ultraderecha de España, una especie de influencer del fascismo” u otra en la que se la glorificó con el titular: “He entregado mi vida al fascismo”, acompañada de una imagen de su rostro como si se tratase de una líder a tener en cuenta. En el texto aparece la siguiente frase: “se ha hecho tendencia en las redes sociales gracias a su discurso antisemita”. Como si cargar contra los judíos sea uno de los caminos hacia la popularidad. Un "debido - en lugar de gracias - a su discurso antisemita" lo hubiera cambiado todo.

Este debate entre lo noticioso y la promoción de este tipo de personajes tiene precedentes en otros ámbitos. Uno de los casos que más llamó la atención en la última década es el del espacio televisivo La Noria, presentado por Jordi González. Este programa, que duró cinco años en la parrilla, se despeñó después de la entrevista realizada en 2011 a la madre de Miguel Carcaño Delgado, alias ‘El Cuco’, condenado por el asesinato de Marta Del Castillo. Se hizo público que, supuestamente, producción pagó 10.000 euros a la entrevistada en un claro conflicto ético con la víctima y sus familiares que provocó el abandono de la mayoría de los anunciantes del show

En 2015, Jordi Évole entrevistó al etarra arrepentido, Iñaqui Rekarte, y según afirmó el periodista, trató por todos los medios de que no saliera de él ningún gesto de aprobación que fuera malinterpretado. A pesar del aluvión de críticas que recibió por su emisión en ‘Salvados’ y por convertirse en la plataforma que dio voz a un exetarra, Évole siempre dejó claro que su tratamiento del asunto fue meramente noticioso y que entró dentro de la ética periodística.

Hay un elemento común en este tipo de publicaciones y emisiones: el morbo. Desde el libro de 1990, ‘El Periodista y el Asesino’ (estudio sobre la moralidad a la hora de entrevistar a un homicida), hasta la serie actual, ’Making a Murderer’, pasando por otros casos de falta de ética periodística como la última entrevista antes de morir de un tumor al criminal australiano, Mark ‘Chopper’, donde confesó cuatro asesinatos o las denuncias de las mujeres yaizíes en Irak sobre el insensible tratamiento de ciertos reporteros de guerra occidentales de sus historias durante el genocidio provocado por el Estado Islámico. Los patinazos de la prensa son constantes… y también evitables.

Amplificar la voz de Hasél y Medina sin tener ninguna empatía con las víctimas de los crímenes que recuerdan con melancolía, ansían o promueven es normalizar y banalizar el terrorismo y el nazismo con demasiada facilidad. Y eso no trae nada bueno.

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