Isabel II de Inglaterra: un reinado forjado en torno a la idea del deber

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La reina Isabel II. <a href="https://www.royal.uk/the-queens-life-and-reign" rel="nofollow noopener" target="_blank" data-ylk="slk:The Royal Household" class="link ">The Royal Household</a>
La reina Isabel II. The Royal Household

London bridge is down —la rima infantil que inspiró el nombre del plan para informar a las instituciones, el cuerpo político y diplomático y a los países cuya jefa de Estado era Isabel II de Inglaterra de la muerte de la soberana— puede tener un significado más profundo, más ajustado a lo que ha representado (y a lo que ha visto representar) la reina en sus 70 años de reinado.

Se cumplen en 2022 los 100 años de la publicación del poema La tierra baldía de Thomas S. Eliot. Un poema complejo, lleno de perspectivas insólitas y espantosas que nos inundan como olas escalofriantes –una de sus partes se titula La muerte por agua– en el mundo inerte, frío y sin vida en que se convirtió la Modernidadlos tiempos modernos– en su consumación, en el siglo XX.

Un desierto sin vida, donde los muros de la ciudad se han roto y ya no hay distinción entre lo interior y lo exterior, la ley y lo salvaje, el imperio del deseo egoísta y el orden social. Un yermo vacío de principios y de verdades en el que la sofisticación cultural enmascara lo salvaje, el deseo sin límites volcado al exterior, la agonía de hombres huecos sin interioridad.

La Modernidad –el proyecto de organización intelectual, cultural, social y política que comenzara allá por el siglo XVI–, lejos de alejarnos de la era ritual y primitiva y adentrarnos en la era de la razón, no ha hecho más que traer el corazón de las tinieblas a Londres, reproduciendo el viaje de Drácula desde el atardecer hasta el amanecer –a occasum usque ad solis ortu–, de las tinieblas salvajes más allá del limes romano a la metrópoli. Así lo constata la historia y da cuenta de ello el poema.

En su quinta parte, Lo que dijo el trueno, dice así La tierra baldía, en la traducción memorable de José María Valverde:

“Me senté en la orilla

A pescar, con la árida llanura detrás de mí

¿Pondré por lo menos mis tierras en orden?

El Puente de Londres se cae se cae se cae

Poi s’ascose nel foco che gli affina

Quando fiam uti chelidon ― oh golondrina golondrina

Le Prince d’Aquitane à la tour abolie

Esos fragmentos he apoyado contra mis ruinas

Pardiez entonces se os acomodará. Hyeronimo vuelve a

estar loco.

Datta. Dayadhvam. Damyata.

Shantih shantih shantih”.

Las referencias en italiano y latín, y las finales en francés, utilizan el purgatorio de Dante, una imposible primavera y la locura del poeta romántico francés Gérard Nerval para indicar la pérdida de cualquier nuevo nacimiento o redención.

Lo interesante es el comienzo, una de las múltiples referencias de Eliot al mito del Rey Pescador, una figura que rescata de las brumas de la literatura inglesa medieval, del afamado From Ritual to Romance, de Jessie L. Weston, y de la meticulosa y colosal obra La Rama Dorada de James G. Frazer, que Eliot detalla al comienzo de las notas al poema.

El Rey Pescador representa a un monarca que, herido en su costado o en la ingle, sufre por su tierra y, en consecuencia, su tierra queda estéril, devastada como él. “Vos y vuestra tierra sois uno” le dice sir Perceval al rey Arturo por dos veces –al rey-tierra y al rey Arturo enfermo– al revelar el secreto del Grial en la magnífica interpretación cinematográfica del ciclo artúrico de John Boorman, Excalibur (1981). El verso London is falling down tiene un tono siniestro al presentar, con una conocida rima infantil, el concepto de algo enorme e inasumible: la ciudad queda desolada.

La Inglaterra que desaparece

London bridge is down. La muerte de Isabel II, reina de esas mismas tierras, que hunden su conciencia de sí mismas en el mito artúrico, es la muerte de una forma de entender Inglaterra. Una Inglaterra desaparecida, para la que ya cantaba una elegía el filósofo Roger Scruton en England: An Elegy (Continuum, 2001), más como ideal moral que como territorio de hecho.

Sin embargo, el paso de Isabel II a las tierras donde habitan san Eduardo el Confesor, san Anselmo de Canterbury, san Hugo de Lincoln, santo Tomás Becket y santo Tomás Moro (esos antepasados celosos de la probidad: todavía la reina y emperatriz Victoria del Reino Unido giraba la cabeza al lado contrario cuando pasaba por delante de los buenos súbditos del Brompton Oratory), el particular Avalon de los buenos ingleses, supone mucho más.

Es la desaparición del último gran mandatario de fama mundial cuya vida ha sido dirigida –solo y de manera consistente– por el cumplimiento del deber. Con la desaparición de Isabel II es una idea de Occidente –aparte de los últimos resquicios del s. XX– lo que se va. Parece que ella era la última representante de la idea occidental de que la actividad pública hecha con sacrificio y en cumplimiento de un deber merece la pena.

El dilema del ser y el deber ser

Es moda ahora decir que la bondad surge, no del cumplimiento de reglas y deberes, sino de una vida bien vivida, en la búsqueda de la realización plena de la naturaleza humana (human flourishing) o –en los casos más menudos intelectualmente y ayunos de lecturas– del bienestar (well-being). Está bien esto. Es una idea que hunde sus raíces en la tradición mediterránea de cultivar tranquilamente, con esfuerzo y ayuda ajena, los hábitos buenos.

Sin embargo, en expresión del filósofo francés Gilles Lipovetsky, el crepúsculo del deber, la desaparición de la idea de que cumplir con el deber a toda costa da sentido a una vida no indica la desaparición de una idea anglosajona, prusiana, protestante, kantiana, de un motor racional y gélido, de la propia vida. Indica la desaparición de la noción de que lo que nos debe mover es algo por encima de nosotros mismos, de nuestros deseos inmediatos. Algo por encima de nuestra terquedad por que no caiga la sombra, porque no haya distancia, entre la idea y la realidad, entre el movimiento y el acto, parafraseando otro poema de T. S. Eliot, Los hombres huecos (p. 123), por que no haya distancia entre nuestro deseo y su cumplimiento.

La idea del filósofo escocés David Hume de que de un is no se puede derivar un ought (el problema del ser y el deber ser) no es válida. De que lo que somos se derivan deberes; y por tanto hacer lo que debemos, lo que está estipulado, anteponiéndolo a nosotros y nuestros proyectos, es bueno porque es correcto. O, mejor, al ser correcto lo que hacemos, al hacerlo nos hacemos buenos.

La Corona y el cumplimiento del deber

Isabel II parece haber sido la última representante, reconocida públicamente y por generaciones, de la idea de que el cumplimiento del deber justifica una vida. Fue el caso más conspicuo de cómo la mayor parte de las monarquías ejemplifican en la Corona las ideas del Estado de derecho, la justicia y la equidad, acompañadas de la compasión por los más débiles. O sea, el cumplimiento de lo que se debe a cada uno.

Sin embargo, que al sur de Europa, en tierras menos brumosas que las del rey Arturo –cuyos reyes emparentados ya lejanamente con los Lancaster y que en un tiempo fueron expertos conocedores de los avatares de Lanzarote, Tristán, Iván y Galván–, queden testas coronadas que sigan empeñadas en que el cumplimiento del deber merece la pena significa que la tierra no está todavía baldía.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Julián M. Montaño no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.