Isabel II, 70 años: el triple reto de la salud, la sucesión y la supervivencia de la monarquía

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Isabel II, el pasado 23 de mayo en la Fiesta de las Flores de Chelsea, en Londres. (Photo: POOL via REUTERS)
Isabel II, el pasado 23 de mayo en la Fiesta de las Flores de Chelsea, en Londres. (Photo: POOL via REUTERS)

Isabel II, el pasado 23 de mayo en la Fiesta de las Flores de Chelsea, en Londres.  (Photo: POOL via REUTERS)

Isabel II afronta desde este jueves y hasta el domingo los fastos por su jubileo de platino, 70 años coronada como reina del Reino Unido y la Mancomunidad de Naciones. Llega a la celebración con 96 años recién cumplidos, una vida de serie y mucho cansancio acumulado. El cariño de su pueblo se mantiene alto, aunque menguante, pero arrastra soledades que la calle no amortigua: la viudedad, la lejanía de algunos nietos y biznietos, la lejanía forzada del hijo descarriado. Sabores encontrados, como los del pastel oficial de la fiesta, de crema pastelera y limón, que se cocina estos días en todo el país, entre gallardetes y banderolas.

La reina es la más longeva del mundo, sólo un varón, el rey francés Luis XIV, la supera, con 72 años de reinado. Veterana como nadie, afronta estos días con un triple reto: el de su propia salud, en horas bajas por problemas de movilidad y tras pasar un coronavirus que la dejó “exhausta”; el de su sucesión, negada a la abdicación como sigue pero sabedora de que debe preparar el terreno para un relevo próximo de su hijo Carlos; y el de la supervivencia de la monarquía como sistema, porque sobre sus hombros está el respeto de toda una institución y, sin ella, nadie sabe lo que viene después.

La agenda real ha ido reduciéndose desde hace meses, especialmente tras la muerte de Felipe de Edimburgo, en abril de 2021. La reina va donde sabe que puede y rechaza amablemente aquello que escapa a sus fuerzas. El pasado 10 de mayo, encargó al príncipe de Gales que la sustituyera en la apertura del Parlamento británico, un solemne acto que incluía ceremonia y discurso y para que el no estaba. Aludió a “problemas episódicos de movilidad”. Su hijo, con traje de gala, sonó como un rey.

Su hijo la representó y, por primera vez, su nieto el príncipe Guillermo estaba en la sala. Su corona y su vara de mando presidieron el acto desde un cojín. Sólo se había ausentado antes dos veces, en 1959 y 1963, por sus embarazos. Tuvo que firmar incluso una especie de decreto real para ceder durante estas horas la voz a su hijo, que acude con frecuencia donde su madre no puede.

Cinco días más tarde, sonriente y dando manotazos a los fantasmas sobre su estado, reapareció en un espectáculo ecuestre en Windsor, entregada a su gran pasión por los equinos. La salud de la reina es motivo de preocupación desde que el pasado octubre sus médicos le impusieron guardar reposo y se supo que había estado una noche hospitalizada para someterse a “pruebas” cuya naturaleza nunca se precisó. Estuvo casi seis meses sin comparecer. Los medios locales afirman que, en ocasiones, usa silla de ruedas en sus estancias privadas y que se ha hecho instalar ascensores amplios en las villas donde pasa gran parte del tiempo, sobre todo en Escocia. Públicamente sólo se la ha visto con bastón.

Isabel II, el 17 de abril de 2021, durante el funeral del Felipe de Edimburgo en Windsor. (Photo: Pool/Samir Hussein via Getty Images)
Isabel II, el 17 de abril de 2021, durante el funeral del Felipe de Edimburgo en Windsor. (Photo: Pool/Samir Hussein via Getty Images)

Isabel II, el 17 de abril de 2021, durante el funeral del Felipe de Edimburgo en Windsor. (Photo: Pool/Samir Hussein via Getty Images)

Aguantar, renunciar

La abdicación es un término, pese a esos problemas de salud, que son tabúes en el Reino Unido. Sólo la prensa más progresista escribe, y poco, sobre la posibilidad de que Isabel II siga los pasos del español Juan Carlos I -los de dejar el trono solamente, se entiende-. El deseo expresado reiteradamente por la reina es el de mantenerse en el trono hasta que muera.

Penny Junor, una periodista británica especializada en la Casa Real, afirma a la agencia francesa AFP que hay “cero posibilidades de que la reina abdique”, ya que “prometió servir a su país durante el resto de su vida, fuera larga o corta”. Se aplicaría, pues, la llamada Operación Puente de Londres de sucesión, ya el día que muera, que consiste en que Carlos le tome el testigo. Camino de sus 74 años, el aún príncipe podría tomar la corona pero para abdicar poco después en favor de su hijo. El emérito español tenía sólo tres años más que él ahora cuando se fue.

Hoy uno de cada tres británicos cree que es hora de que la reina deje que Carlos sea rey. Las encuestas muestran que la monarca recibiría más apoyo que nunca si decide hacerse a un lado. El último sondeo de la empresa YouGov a petición de Times Radio sostiene que el 34% de los entrevistados cree que debe marcharse ya, y menos de la mitad apoya que siga.

El semanario The Sunday Times publicó el mes pasado un artículo en el que distintas fuentes reales solventes confirman que Isabel II dirige la forma en la que todo se está orquestando en la sucesión de forma “activa”. Ella continúa desempeñando el papel de jefa de estado de manera privada: firma la legislación y recibe las visitas de presidentes y embajadores en el castillo de Windsor, donde se ha instalado definitivamente. Su hijo está muy presente en toda estas rutinas e, incluso, cuando recibe la famosa caja roja en la que llegan la correspondencia y los comunicados del Gobierno. Una fuente explica al diario conservador que Carlos está al tanto de casi todo lo importante relacionado con asuntos de estado. “Madre e hijo se ven en privado mucho más de lo que la gente cree, y estoy seguro de que están hablando tanto de asuntos de estado como de familia”.

Gráficamente, y sumando testimonios, el Times explica que hasta ahora la reina era como el anciano que se resiste a dejar de conducir su coche, pero que ahora ha tomado conciencia de su estado y cede y se pone de copiloto, pero muy pendiente de todo.

Cuando se cumplió exactamente el 70º aniversario de su coronación, en febrero -los fastos se pasan siempre a junio, por costumbre-, Isabel II ya tuvo el gesto de que su deseo es que Camila Parker, la esposa de Carlos, sea la reina consorte “cuando llegue el momento”. Hasta ahora siempre se había apostado porque fuera princesa, nada más, pero con este anuncio quedó claro que entiende que la segunda mujer de su hijo es digna del cargo, tras la polémica de décadas de si fue o no la culpable de que el primer matrimonio con Diana de Gales fracasara.

Camila tenía por delante la complicada tarea de cambiar la percepción que de ella tenía la ciudadanía británica y lo ha logrado, empezando por su suegra. Aún hay dudas en la calle: el último sondeo de la empresa YouGov sobre el asunto, del pasado 15 de noviembre, aún refleja que tan solo una minoría (14%) de ellos querría que tuviera el título de reina consorte. Un 42% insiste en que sea solo princesa. Aún así, su popularidad sube 9 puntos este mes y la de su marido, 19.

El príncipe Carlos, el pasado 10 de mayo, en el Parlamento de Londres, junto a la corona real de su madre. (Photo: WPA Pool via Getty Images)
El príncipe Carlos, el pasado 10 de mayo, en el Parlamento de Londres, junto a la corona real de su madre. (Photo: WPA Pool via Getty Images)

El príncipe Carlos, el pasado 10 de mayo, en el Parlamento de Londres, junto a la corona real de su madre.  (Photo: WPA Pool via Getty Images)

La institución es ella

Más allá del cuándo, el cómo y los pasos que hay que dar, en estos días de celebración se multiplican los análisis sobre lo que va a pasar el día en que Isabel II ya no sea reina. Sociólogos, politólogos, periodistas y ciudadanos coinciden en aplaudirla porque ha trabajado con “dignidad” y “coraje”, con “voluntad de servicio”, como destacaban entre decenas de palabras los entrevistados por la BBC.

Hay coincidencia en que, desde 1952, ha dado continuidad a la institución de la corona y la ha estabilizado, hasta el punto de que en tiempos modernos en que una jefatura de estado así se ve como obsoleta a ella no se la cuestiona. La reina es la monarquía en Reino Unido. En medio del Brexit, en medio de los escándalos del primer ministro actual, Boris Johnson, su imagen aún se valora más, porque será viejuna, pero es de hierro; los que pecan, los que caen, sus sus hijos o nietos y sus alrededores, no ella.

Sin embargo, en una sociedad tremendamente monárquica, se ha ido instalando el sentimiento de que con ella se acabará una etapa y sus sucesores no podrán tener la misma libertad ni el mismo respeto. Los tiempos cambian. Según otra encuesta reciente de YouGov realizada para el grupo antimonárquico Republic, el 27% de la población apoya la abolición de la monarquía, con una insatisfacción considerablemente mayor entre los jóvenes. El dato se repite en el informe Jubilee Britain, redactado por el grupo de expertos de la organización British Future, que remarca que hasta hace poco os que querían el fin del sistema actual no eran más que el 15% de los sondeados. Un cambio notable y acelerado, constata.

El último esfuerzo parlamentario para acabar con el estatus constitucional de la corona fue en 1996, con el condenado proyecto de ley de la Commonwealth of Britain de Tony Benn. Hoy no se plantea en el horizonte de los partidos importantes, porque el statu quo hace que hasta los laboristas tengan miedo a posicionarse en el republicanismo. Sólo los Verdes podrían emprender esa lucha.

Graham Smith, director ejecutivo de Republic, explica a The Guardianque que la sucesión provocará un cambio de actitud en la población. “Para la mayoría de la gente, la monarquía es la Reina y la Reina es la monarquía, y se está desvaneciendo de la vista”, dice. “Y la alternativa, Carlos y Guillermo, no es particularmente convincente”. Los jóvenes serán clave en este viraje: “cada vez se alejan cada vez más de la idea de un jefe de Estado hereditario. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 40 % quiere un jefe de estado electo”, señala Smith, que indica que sólo un 37% sí quiere que se mantenga la monarquía. El rechazo es mayor, por primera vez, entre los que en nada serán adultos.

¿Puede ser que abandonen esta actitud más rupturista conforme se hagan mayores? Está por ver, porque hay quien piensa que la monarquía es decorativa, los reyes obedecen a los mandatarios, no representan una amenaza y para qué cambiarlos, más allá de unos cuantos (unos 70) millones de libras. No obstante, las estadísticas generales también señalan un cambio de tendencia.

Yougov, a la que recurren los medios de Reino Unido por su variedad, profundidad y antigüedad en sondeos sobre la Familia Real, ha hecho un especial por el jubileo en el que se indica que la popularidad de la reina está en un 75% (le disgusta al 9%) y sigue siendo el miembro de su familia más querido. El 58% de los británicos cree que ha hecho un buen trabajo en su reinado, y otro 24% cree que ha sido bastante bueno. Seis de cada diez entienden que la monarquía debe seguir viva, un 62% en concreto, un dato que baja al 33% en los jóvenes. Hace una década, el apoyo global era del 75% y el de los jóvenes, del 59%. El 56% cree que la institución es buena, pero era n 73% diez años atrás, y apenas lo cree así un 24% de los más jóvenes.

Si se les pregunta a los ciudadanos cómo ven las cosas dentro de cien años, el 39% de los sondeados cree que la monarquía aún estará en pie, pero son más, el 41%, los que creen que habrá desaparecido. Es la primera vez que se da la vuelta a los dos bloques. Hace una década, hablábamos del 66 y el 24%, respectivamente. Uno de cada seis británicos ha confesado en la misma encuesta que se han sentido avergonzados por la monarquía en los últimos años, aunque un 47% aún dice sentirse orgulloso de ella. Es un 57% menos que diez años atrás, pero no deja de ser un dato potente.

El republicanismo se abre paso con lentitud, pero no romperá mañana. Menos aún con una reina que convierte en isabelinos fieles a la mayor parte de sus súbditos. Su preocupación no debe ser inmediata, pero sí tiene motivos para tener por el futuro. De aquí que necesite dejarlo todo atado y bien atado.

Hoy sonreirá desde el balcón del palacio de Buckingham, junto a una versión reducida de su familia -sólo “los que llevan a cabo compromisos públicos oficiales”-, mientras los británicos mueven banderitas y preparan barbacoas y cervezas. Cuatro días que cerrarán, el domingo, bailarines indios de Bollywood o representantes de los carnavales del Caribe británico, donde la llama antimonárquica arde viva. Los cambios, grandes o pequeños, ya vienen.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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