Investigadores de Harvard sugieren que un bólido interestelar pudo impactarnos en 2014

Bólido (perseida) desintegrándose contra la atmósfera terrestre. (Crédito imagen: Wikipedia).

Hacía tiempo que no hablábamos del controvertido astrónomo Avi Loeb, quien hace no demasiado tiempo soprendió al llevar sus suposiciones científicas sobre Oumuamua demasiado lejos, al menos para buena parte del mundo académico, más dado a reprimirse en toda aquella teoría que implique “civilizaciones extraterrestres” en su ecuación.

El señor Loeb, astrofísico de Harvard muy respetable pese a todo, acaba de volver a sorprendernos al firmar un trabajo cuyo autor principal es un estudiante de astronomía de esa misma universidad, llamado Amir Siraj.

La hipótesis de la que parte este interesante trabajo, es que la velocidad y trayectoria con la que inciden los meteoroides pequeños sobre nuestra atmósfera, puede indicarnos si provienen o no del interior de nuestro sistema solar. De ser fragmentos de desecho, o material sobrante, de nuestro propio patio trasero astronómico, la velocidad del objeto debe verse influida por la gravedad del sol.

Pero Loeb y Siraj estimaron que, el famoso “cigarro volador” Oumuamua no debió ser el primer visitante interestelar que alcanzó nuestro sistema solar, sino que con cierta frecuencia – aún por calcular – otras rocas deberían llegar no solo a las cercanías de nuestra estrella, sino a nuestra propia atmósfera.

¿Cómo determinar si estas rocas alienígenas ya habían llegado? Bien, para eso está el censo que la NASA computa, de “objetos cercanos a la Tierra” (o por sus siglas en inglés: NEO), que guarda datos sobre impactos meteóricos acaedidos durante las tres últimas décadas. Si la hipótesis de la pareja de Harvard era cierta, deberían aparecer de tanto en tanto, objetos que se volatizasen contra nuestra atmósfera a velocidades muy superiores a los de la media, al no estar sus trayectorias ligadas a órbitas solares.

Al analizar los datos almacenados en el Centro para Estudios de NEOS del Jet Propulsion Laboratory (NASA) Loeb y Siraj descubrieron que el 8 de enero de 2014, una pequeña roca de menos de un metro de longitud, se volatilizó contra nuestra atmósfera a una velocidad de alrededor de 60 kilómetros por segundo, y a una altura de 18,7 kilómetros, sobre la superficie de Papúa Guinea. Su pequeño tamaño, el mismo que le permitió pasar desapercibido a nuestros telescopios, supuso una pequeña bendición, ya que si una roca de gran tamaño (como Oumuamua) se estrellase contra nuestro planeta a esa velocidad, los dinosaurios acabarían por darnos la bienvenida en el “salón de la fama” de organismos extintos por causas astronómicas.

Ahora vamos con la buena noticia. De ser correcta la hipótesus Loeb-Siraj, los astrónomos (que darían buena parte de su sueldo si pudieran echarle un guante a una roca interestelar como Oumuamua para analizar su composición) podrían estar de enhorabuena y básicamente dejarían de llorar por la oportunidad perdida, ya que Oumuamua se aleja de la Tierra velozmente y es probable que no volvamos a verlo por estos lares.

¿Por qué? Pues porque si la hipótesis es correcta, podríamos crear una red de vigilancia de meteoros en nuestro propio planeta, que pudiese determinar la velocidad de los bólidos en el preciso instante en que comienzan a cruzar nuestros cielos, y volcar sobre él nuestros telescopios y espectrógrafos en tiempo real, para analizar los gases que se desprenden por el rozamiento contra nuestra atmósfera, y de ese modo determinar su composición antes de que se desintegrasen por completo.

Por lo que puedo leer, además del meteoro de enero de 2014, la pareja de Harvard detectó otros dos impactos a velocidades anormalmente altas, aunque la órbita de uno sugería que estaba ligada gravitacionalmente a nuestro sol, y con el tercero surgieron dudas, lo que les llevó a rechazarlo como candidato.

Sea como sea, mientras el mundo académico debate si este meteoro de Papúa Nueva Guinea corresponde realmente con una roca de origen interestelar, o simplemente es un pico estadístico, la posibilidad de analizar material rocoso procedente del interior de la galaxia sin tener que movernos del planeta, es simplemente demasiado atractiva como para no estudiarla a fondo.

El trabajo, que ha sido remitido a Astrophysical Journal Letters puede consultarse en arXiv.org.

Me enteré leyendo ScienceAlert.