La inspección educativa debe innovar y liderar, no solo controlar

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En tiempos de cambio, se hace necesaria la revisión de las diferentes funciones que desempeñan los “actores” del sistema educativo, con objeto de ajustarlas a las nuevas realidades. Hay que reafirmar las que funcionan con efectividad, modelar las que así lo requieran o establecer nuevas atribuciones, esenciales para el adecuado funcionamiento del sistema.

Entre esos actores se encuentra la inspección de educación, especialmente por el lugar en que se ubica para el cumplimiento de sus tareas: entre la Administración “de despacho” y los centros docentes. La inspección es un enlace imprescindible para conocer cómo se aplica la normativa y evaluar su efectividad.

La inspección, en definitiva, constituye una pasarela esencial entre la teoría y la realidad. Por su mediación, los centros hacen llegar sus éxitos y dificultades a la Administración, y esta conoce de primera mano cómo van funcionando sus normas, permitiendo, con ello, el ajuste permanente de lo que se manifieste como necesario.

No solo control: también mejora

Con la llegada de la democracia a nuestro país, el planteamiento de la Inspección de Educación cambió sustancialmente. Desaparecieron funciones que esta llevaba a cabo en su práctica cotidiana y que le conferían capacidad de decisión en muchas cuestiones importantes.

Sin embargo, la visión que se sigue teniendo de ella por parte de docentes y directivos no ha variado de modo significativo. Se asocia con tareas puramente burocráticas, controladoras, con poca o nula influencia en la mejora de la calidad educativa. Se olvida, por ejemplo, que puede impulsar nuevas formas de hacer en las aulas y en la organización de los centros.

Calidad de la educación e inspección

Por ello, parece importante destacar el contenido del artículo 55 de la LOGSE (1990), en el que ya se establecía que: “Los poderes públicos prestarán una atención prioritaria al conjunto de factores que favorecen la calidad y mejora de la enseñanza”, citando, entre los seis que señala, a la inspección educativa y la evaluación del sistema educativo. Cito los dos, por considerar que van estrechamente ligados en su desarrollo.

Este planteamiento implica que la inspección poseía, desde la idea del legislador, un papel esencial para alcanzar y mejorar la calidad de la enseñanza, es decir, para intervenir de forma eficaz en la permanente innovación de las actuaciones que se llevan a cabo en los centros y en las aulas. Objetivo que debe conseguir con el ejercicio de las funciones, competencias y atribuciones que tiene encomendadas: supervisión y comprobación del cumplimiento de las normas educativas en todo el sistema, control, asesoramiento, evaluación y mediación.

Traducción: es un deber ineludible de la supervisión estar al día en los avances que se produzcan en el campo de la educación y favorecer su implementación en los centros en los que ejerza su trabajo habitual, de manera que sea un factor de calidad imprescindible para los mismos.

Por lo tanto, la finalidad de la inspección es garantizar la calidad de la educación para toda la población que esté incorporada al sistema institucional en cualquiera de sus modalidades. Lo cual dista bastante de la idea o el prejuicio inicial que se tiene sobre su quehacer.

Supervisión y liderazgo

Para cumplir con esa función central, a la que deben estar supeditadas las otras, es importante que la inspección ejerza un liderazgo en el sistema que contribuya a su mejora permanente. ¿Para qué supervisar, si no es para garantizar la calidad de la educación? ¿Para sancionar, para clasificar, para comprobar sin otro objetivo?

No merece la pena tanto trabajo y tantos profesionales especializados dedicados a mover papeles sin metas claras y definidas que justifiquen su existencia. Los “papeles” cobran importancia cuando suponen garantía de compromiso, de planificación, de trabajo en equipo, de legalidad cumplida, de innovación, de relaciones con la comunidad, de seriedad y rigor en la tarea hecha. Si no fuera así, habría que replantearse su reducción o, incluso, su desaparición.

¿Cómo puede liderar el sistema la inspección de educación?

Mediante diferentes acciones supervisoras, que entran de lleno en las atribuciones que tiene asignadas:

  1. Supervisión curricular de los proyectos educativos, del planteamiento de los elementos curriculares, de sus fórmulas de aplicación, etc.

  2. Supervisión organizativa de la estructura y organización del centro, siempre en coherencia con los proyectos educativos y curriculares.

  3. Supervisión de gestión: a) de la gestión directiva: estilo, comunicación, delegación de funciones, estructura, reuniones; b) de la gestión del conocimiento: cómo optimizar el aprendizaje para toda la población escolar.

  4. Supervisión docente de aplicación en las aulas de los planteamientos curriculares (sobre todo en estrategias metodológicas y evaluación), coherencia entre teoría y práctica y entre el quehacer docente en su conjunto: funcionamiento de los equipos de profesores/departamentos de área.

Cambio de imagen

Hay mucho margen de actuación autonómica, tanto desde los profesionales de los centros docentes como desde la inspección. Quizá sea oportuno recordar que, en educación al menos, hay que actuar no tanto pensando en cumplir con lo obligatorio cuanto en todo lo que no está prohibido. Ahí aparece un horizonte amplio por el que transitar e introducir las innovaciones necesarias y urgentes de cara a la actualización sistémica imprescindible en la actualidad.

Pero la percepción que se tiene de la Inspección continúa siendo poco pedagógica y muy burocrática. Habrá que discernir la responsabilidad que tienen en ello las administraciones educativas y los propios inspectores, examinando qué tareas se les encomiendan y, también, la forma de ejercerlas, el estilo de relación, de acercamiento, que cada supervisor posee a la hora de intervenir en cualquier institución docente.

La inspección tiene un papel destacado como líder en el sistema educativo y su cambio de imagen debe responder, lógicamente, a un cambio en su concepción y en su desempeño profesional. Su ejercicio contribuirá al avance en el camino de esa calidad que nunca nos satisface, pero que se incrementa sin pausa cuando se persigue como meta utópica en proceso, es decir, cuando sirve “para caminar”, como decía Eduardo Galeano.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

María Antonia Casanova no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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