¿Influye la personalidad en la calidad de un docente?

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Entre las diferentes funciones prioritarias de los docentes universitarios se encuentran tanto la función educativa de introducir y formar al alumnado en la disciplina objeto de estudio, como la formativa de prepararle para desenvolverse de forma adecuada en el campo profesional y personal.

Existen diversos estilos de enseñanza y metodologías para llevar a cabo el desempeño de estas funciones.

Sin embargo, la comprensión de los contenidos y la consecución de las competencias necesarias por parte del alumnado resultan más efectivas cuando los docentes diseñan situaciones de aprendizaje en el aula que generan la negociación y construcción en común de significado con ellos.

Características de un buen docente

Diversos estudios han intentado analizar las claves del buen docente, basándose, en muchos casos, en las encuestas que habitualmente se realizan a los estudiantes. Pero ¿en estas encuestas se están analizando variables únicamente formales a nivel de competencias profesionales o se incluyen preguntas que están íntimamente relacionadas con variables personales?

Algunos estudios apuntan a que ambos tipos de variables son fundamentales para describir las características de la efectividad docente o del docente más valorado por el alumnado.

Organización y simpatía

Entre las cuestiones comúnmente valoradas encontramos la organización de las clases y sus contenidos o el dominio de la materia, pero también se valoran de manera muy positiva otras características como caer bien o ser simpáticos.

De este modo, varios autores señalan, entre las características de los docentes efectivos, la claridad expositiva y la organización en sus explicaciones. Ambos aspectos están relacionados con variables formales o profesionales.

Pero características muy valoradas como la calidez, el entusiasmo y transmitir con pasión el contenido son variables personales. Englobarían, en buena medida, a las habilidades comunicativas del docente.

Empatía y competencia

Una práctica informal que solemos hacer en clase, en una de nuestras asignaturas, es pedir a los alumnos que piensen durante unos segundos en un “buen” y en un “mal” docente que se han encontrado a lo largo de su vida, y que utilicen palabras para describir el recuerdo que tiene de ellos.

La palabra más recurrente que describe al “buen” docente suele ser “empatía”, seguida de otros términos como “paciencia”, “cuidado”, “cariñoso” o “competente”. Por su parte, la más repetida para describir al “mal” docente suele ser “aburrido”, junto con otras como “arrogante”, “maleducado”, “perezoso”, “impaciente” o “desorganizado”.

Este simple ejercicio pone en evidencia que la huella que dejan los docentes en la memoria de los alumnos tiene que ver principalmente con rasgos de su personalidad. Estas características personales son parte del “currículo oculto” en todos los niveles educativos.

La personalidad del docente no solo afecta a su actitud y comportamiento, también a la efectividad de sus clases. Además, históricamente la investigación educativa ha puesto de manifiesto la influencia del denominado “Efecto Pigmalión” que ejerce el docente sobre sus alumnos. Es decir, cómo las expectativas que tiene el docente sobre sus alumnos terminan por cumplirse. Para contrarrestar la posible trasmisión de expectativas negativas es necesario saber comunicar a todos los estudiantes que pueden conseguir sus retos académicos.

Personalidad y comunicación en el aula

Al comunicarnos en el aula, o en cualquier otro contexto, estamos transmitiendo a nuestros interlocutores rasgos de nuestra personalidad.

Esto no solo lo hacemos con la selección de las palabras que forman los enunciados que emitimos; por ejemplo, estas pueden tener una mayor o menor carga emocional que informa de nuestra posición sobre el tema que estamos tratando, pero también de nuestra actitud.

El uso de la ironía, el humor o las experiencias profesionales o personales que compartimos nos acercan a los alumnos, y hablan de nosotros como personas.

También transmitimos rasgos de nuestra personalidad con otros recursos comunicativos que no son la lengua, como la entonación o el tono de voz, así como el lenguaje no verbal: la expresión facial, que es un espejo de nuestras emociones; los gestos que hacemos con las manos; los movimientos de cabeza, como el asentimiento que muestra nuestra escucha activa; o la mirada, que muestra el interés por los alumnos al buscar su contacto visual.

El clima en el aula

Todos estos estos recursos verbales y no verbales interaccionan para construir significado que transmitimos a los alumnos, no solo relacionado con el contenido curricular sino con parte de nuestra personalidad.

Cómo nos comunicamos los docentes influye en el clima que se construye en el aula, en las relaciones de confianza que se crean entre el docente y los alumnos y entre ellos. Lo cómodos y seguros que se sientan va a influir en su motivación por la asignatura y, entre otros aspectos, en su participación durante las clases.

Objetivos del análisis de personalidades

Desde el ámbito de la psicología se han realizado diversos tipos de estudios relacionando el lenguaje verbal y no verbal con las variables personales como la inteligencia, el género, o los diferentes perfiles o rasgos de personalidad.

La personalidad influye directamente en el quehacer diario, tanto a nivel personal como profesional y el estudio de los perfiles de personalidad desde los diferentes ámbitos profesionales se ha centrado en maximizar las fortalezas de cada uno de ellos.

Desde el ámbito educativo y lingüístico resulta interesante analizar las diferencias que se puedan dar a nivel comunicativo entre los diferentes perfiles de personalidad de los docentes. No con el objetivo de etiquetar o penalizar perfiles menos comunicativos, sino como punto de partida para establecer propuestas de líneas de optimización o de intervención sobre esas habilidades comunicativas y mejora de la efectividad docente.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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