Por qué debe importarnos la polarización afectiva

Neftalí Villanueva Fernández, Profesor Titular de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Universidad de Granada y Manuel Almagro Holgado, Investigador en el Departamento de Filosofía I, Universidad de Granada
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Shutterstock / Elena Abrazhevich

El aumento de la polarización es una de las preocupaciones que frecuentemente se citan cuando intentamos explicar el estado de la opinión pública española. Esta discusión en España se ha visto enriquecida por la introducción de una noción particular de polarización, la “polarización afectiva”, por oposición a la “polarización ideológica”.

En su artículo “Veinticinco años de polarización afectiva en España”, Luis Miller y Mariano Torcal destacan algunas de las diferencias entre estas dos formas de abordar la polarización y detallan algunos de los índices que pueden asociarse con la evolución de la polarización afectiva en los últimos 25 años.

Como estos mismos autores destacan, la distinción entre polarización afectiva y polarización ideológica se viene discutiendo en el contexto norteamericano desde hace muchos años. Morris Fiorina es uno de los autores que, entre otros, ha defendido que Estados Unidos no está polarizado, principalmente porque las opiniones de la población no han variado significativamente allí.

Otras autoras, sin embargo, se han opuesto a este análisis enfatizando el carácter afectivo de la polarización: los indicios de polarización deben entenderse en términos de sentimientos y actitudes, más que en términos de opiniones, y en este sentido sí habría polarización en los Estados Unidos.

Sería erróneo, no obstante, pensar que solo hay dos nociones de polarización. Bramson y otras investigadoras han distinguido hasta 9 sentidos de polarización.

El carácter complejo de estas discusiones acerca de la noción de polarización contrasta con la sencilla intuición, compartida mayoritariamente, de que hay cuestiones de base que nos dividen cada vez más como sociedad. Esta intuición va acompañada del temor a que la polarización tenga un efecto pernicioso y difícil de revertir sobre el funcionamiento de las democracias contemporáneas.

Necesitamos extremar el cuidado con el que analizamos conceptualmente esta noción y, en consecuencia, la forma de medir la polarización afectiva:

1. Afectiva e ideológica, una distinción sin diferencia

No es lo mismo estar en desacuerdo con respecto a cuál debe ser la carga fiscal de un determinado segmento de la población que mostrar desprecio hacia quienes se sitúan en otro grupo social. Esta diferencia no solo es razonable a primera vista, sino que puede elaborarse teóricamente. Sin embargo, la práctica es algo más complicada: a menudo preguntar directamente acerca del respaldo a opciones políticas concretas no es más que preguntar acerca de las actitudes afectivas generales. Veamos un ejemplo:

Entre 2007 y 2011 cambia de manera muy significativa la opinión en España acerca de la Constitución y la distribución territorial en el país. La preferencia por “un estado con un único Gobierno Central, sin autonomías”, asociada con la extrema derecha del espectro ideológico, pasa de ser apoyada por el 8,6% de la población (CIS, estudio 2736, de septiembre de 2007) a recibir el 24,9% de apoyo (CIS, estudio 2966, de noviembre de 2012). Es frecuente hacer encuestas que midan el apoyo popular a determinados aspectos de la Constitución.

Lo que resulta menos frecuente es que se pregunte a los entrevistados si conocen la Constitución. En una encuesta de 2016, además de las preguntas de rigor sobre el apoyo a esta o a aquella reforma constitucional, se informaba de que casi el 50% de los encuestados afirman no haber leído nada de la Constitución. El 33,3% afirmó haberla leído parcialmente, y solo el 15,5% dijo haberla leído en su totalidad. Sin embargo, según el estudio, un 77,7% considera que no hay que reformar la Carta Magna para dar más autogobierno a Cataluña ni cambiar el modelo territorial.

¿Qué expresan las personas entrevistadas cuando dan su apoyo masivo a un texto que afirman desconocer? En realidad lo que hacen al situarse en alguna de las opciones disponibles es expresar su adhesión, con mayor o menor vehemencia, al grupo político con el que se identifican. Cuando aumenta esta adhesión, aumenta la polarización afectiva, no la ideológica.

Ejemplos de este tipo apuntan en la dirección de que aquello que se mide cuando se utilizan las herramientas de la polarización afectiva está muy cerca de lo que Sunstein llama ‘radicalismo’: se mide el grado de confianza que una persona tiene en ciertas opiniones, independientemente del lugar que estas opiniones ocupan en el espectro ideológico. A lo mismo apunta la evidencia más reciente acerca de la influencia de fenómenos como las cámaras de eco y los desacuerdos cruzados en el aumento de la polarización.

2. Deseos y actitudes

La distinción entre polarización afectiva e ideológica está construida sobre la diferencia entre dos tipos de actitudes, o estados mentales: estados mentales del estilo de las creencias u opiniones (ideológicos) y estados mentales del estilo de los deseos (afectivos). Esta distinción se ha cuestionado en numerosas ocasiones, a pesar de que intuitivamente podemos distinguir entre estados mentales como los deseos, conceptualmente ligados a la acción y que no pueden modificarse puramente a través del razonamiento inferencial, y otros estados mentales como las creencias.

De interés para nosotros ahora no es si esta distinción puede o no establecerse empírica o filosóficamente, sino si podemos distinguir entre la expresión de unas actitudes y otras. Determinar si estamos o no polarizados afectivamente requiere que seamos capaces de distinguir entre la expresión de actitudes como las creencias y la expresión de actitudes como los deseos.

Esto no es en absoluto sencillo: con mucha frecuencia, como hemos visto más arriba, lo que parece la expresión de una creencia es a menudo la expresión de una actitud afectiva.

¿Cómo debe medirse la polarización afectiva?

Debe considerarse lo siguiente:

  1. Cuando a uno le preguntan directamente sobre sus propias ideas políticas a través de un cuestionario, puede tender a responder como un moderado por diferentes razones: puede que uno no entienda bien la pregunta, que no esté seguro de lo que piensa, que no esté lo suficientemente informado, etc. Incluso cuando nada de lo anterior es el caso, puede que uno tienda a responder al medio simplemente porque los extremos están ligados a asociaciones negativas. Si alguien decide posicionarse en un extremo, parece que lo que de hecho hace es expresar sus actitudes afectivas.

  2. Como Miller y Torcal mencionan en su artículo, una de las herramientas más utilizadas en los análisis de polarización afectiva es el termómetro de sentimientos: preguntas directas acerca de los sentimientos que uno tiene hacia una persona o grupo que se miden en una escala de 0 a 100, donde 0 suele indicar desaprobación y 100 aprobación. Sin embargo, la polarización afectiva hace uso de otras herramientas en sus mediciones, en concreto se utilizan cuestionarios indirectos de sentimientos asociados a situaciones, test de estereotipos, test de sesgos implícitos y mediciones comportamentales.

    Las preguntas indirectas, por ejemplo, suelen ser del tipo “¿Cómo te sentirías si tu hija o tu hijo se casara con un republicano / demócrata?”. Este tipo de herramientas que preguntan acerca de sentimientos de manera más indirecta parece más interesante a la hora de medir la expresión de nuestras actitudes afectivas.

    El motivo principal no es solo que a menudo somos más reservados con respecto a nuestras actitudes afectivas, sino que muchas veces las actitudes que mostramos no se corresponden con lo que creemos de nosotros mismos.

    Uno podría decir que no tiene ninguna animadversión contra la gente de VOX porque todo el mundo tiene derecho a su opinión. Sin embargo, si se trata de que alguien de VOX se case con un familiar cercano o dé clase de ética a sus hijos, puede que sí le resulte un problema. A esta diferencia entre lo que expresamos y lo que creemos que expresamos obedecen frases usuales como “No soy racista pero…”, “No puedo concebir que haya hombres machistas porque todos tenemos una madre”, “No soy homófobo, tengo muchos amigos homosexuales”, etc., que dejan claro que uno es precisamente lo que dice no ser. Lo que explícitamente decimos que pensamos y lo que realmente pensamos no siempre coincide.

  3. Algunas de las preguntas pertenecientes a las series históricas del CIS pueden interpretarse, como acabamos de mostrar, como indicios de la evolución de las actitudes afectivas de la población más que como muestras del compromiso de la opinión pública con un grupo de políticas concretas. A este tipo de evidencia cabría añadir estudios cualitativos provenientes de análisis de grupos de discusión, como los llevados a cabo para la elaboración del estudio sobre Opiniones y Actitudes de la Población Andaluza ante la Inmigración.

  4. Finalmente, a través de varios proyectos de investigación financiados por la Fundación BBVA, la Junta de Andalucía y el Ministerio de Ciencia e Innovación, hemos prestado atención al tipo de mecanismos lingüísticos que permiten predecir el auge de la polarización afectiva. Desde los rasgos lingüísticos más evidentes, como el aumento del “discurso del odio”, hasta el análisis de situaciones conversacionales cuya presencia masiva está correlacionada con el aumento de la polarización, como los “desacuerdos cruzados”, situaciones en las que las partes dan muestras suficientes de estar concibiendo la disputa de maneras diferentes.

Violencia negacionista

Utilizando esta última herramienta, junto a Javier Osorio, de la Universidad Autónoma de Madrid, observamos en el Parlamento, en el primer semestre de este año, niveles de desacuerdos cruzados similares a los exhibidos en la misma cámara durante la época de mayor ascenso de la polarización con respecto a la cuestión de la distribución territorial en España, citada más arriba.

Seguramente los elementos que permitan explicar los estallidos de violencia negacionista sean variados, pero no es descabellado pensar que el aumento de la polarización afectiva en la opinión pública española ha jugado un papel relevante. Hay razones para estar preocupados. Bienvenidos sean todos los intentos de clarificación conceptual sobre una noción tan controvertida y que puede resultar tan fructífera.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Neftalí Villanueva Fernández recibe fondos del Ministerio de Ciencia e Innovación de España, de la Junta de Andalucía y de la Universidad de Granada. He sido becario Leonardo de la Fundación BBVA.

Manuel Almagro recibe fondos del Plan Nacional de Investigación, de la Junta de Andalucía y de la Universidad de Granada.