En Idlib, una familia siria vive del reciclaje de municiones

Aaref WATAD
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En un cajón parecido a un depósito de municiones, en la provincia siria de Idlib, el pequeño Malek apila obuses de mortero neutralizados que su familia ha aprendido a desmantelar para vender el hierro y poder vivir.

"Estas herramientas de muerte y crimen utilizadas para bombardear a la población se han convertido en un medio de subsistencia", asegura a la AFP Hasán Jouneid, el padre del niño de nueve años.

El padre de Malek gestiona esta empresa familiar en la localidad de Maarat Misrin, en el sur de Idlib, último gran bastión contra el régimen de Siria.

En un enorme terreno baldío se apilan de cualquier manera municiones y hierros; tres niños descansan en la parte trasera de un camión oxidado, jugando con obuses de mortero que han sido vaciados de su contenido explosivo.

Otro niño apenas puede con otro obús tan grande como él y lo deja en una pila de armas y objetos de hierro.

En 2016, Hasán, de 37 años, huyó a la localidad de Latamné, en el norte de la provincia de Hama, entonces teatro de bombardeos y combates, para refugiarse en Maarat Misrin.

Aquí, este padre de cuatro hijos, entre ellos Malek, decidió reanudar su trabajo de chatarrero, ampliando su negocio de arandelas, clavos, partes de coches y paneles metálicos con otro nuevo tipo de mercancía: el de los obuses y las municiones.

"Cuando llegué aquí, encontramos un nuevo producto (...), obuses utilizados por el régimen para bombardear pero que no habían estallado", cuenta a la AFP.

En esta "planta" al aire libre que gestiona con sus hermanos, Hasán trabaja con 15 personas, entre ellas sus hijos, todos miembros de su familia.

Tras la etapa fundamental para neutralizar el contenido explosivo, "vendemos el hierro a los industriales".

"Algunos nos compran para fabricar aparatos de calefacción, otros (...) para hacer barras de acero" para la construcción, explica.

En cuanto a las materias explosivas, suelen ser vendidas a las canteras para dinamitar las rocas.

El material recolectado procede de zonas donde hubo combates desbrozadas por el equipo y por la adquisición de armas encontradas por habitantes.

- "Jugamos y trabajamos" -

Las minas y los restos de explosivos de guerra, todos difíciles de detectar, siguen amenazando la vida millones de personas en Siria, según el Servicio de Acción Antiminas de la ONU.

"El verdadero temor" es que estas bombas con temporizador siguen dispersas "entre la población", asegura Abu Ahmad, un antiguo oficial del ejército sirio que ayuda a Hasáan en esta actividad peligrosa.

El régimen de Damasco, apoyado por la aviación rusa, llevó a cabo varias ofensivas contra Idlib antes de la entrada en vigor de un alto el fuego en marzo de 2020.

"Nuestro trabajo aumenta en tiempos de guerra y cae durante los periodos de calma", confiesa este exoficial.

El conflicto sirio, que este marzo cumple una década, ha castigado en particular a los niños del país, de los que más de la mitad no tienen acceso a la población, según la ONU.

Para Malek y sus acólitos, todos sin escolarizar, trabajo y diversión se mezclan en este universo entre olores de azufre.

"Jugamos entre los coches y trabajamos en la selección de obuses", cuenta Abdel Karim, de 10 años, que teme, no obstante, algún percance.

"Ahora conocemos el misil 'Grad', el obús mortero, las metralletas y las bombas de fragmentación. "Nos llegan por diferentes formas y colores", cuenta.

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