Huir o morir: el dilema de las víctimas de la extorsión de las maras centroamericanas

Roxana y su marido Walter en su nuevo hogar en Sevilla. Foto Fernando Ruso
Roxana y su marido Walter en su nuevo hogar en Sevilla. Foto Fernando Ruso

Era de tarde, serían las cinco cuando los vecinos de la colonia de Altavista de Ilopango, en San Salvador, escucharon el ratatatá de varias metralletas descargando muerte. El estruendo duró apenas un minuto interminable. Luego llegó el silencio. El vacío. Y, tras él, los gritos descarnados. Roxana salió a la calle todavía con el temor en el cuerpo. No era la primera vez que se oían disparos, pero estás ráfagas de fuego de los M-16 y AK-47 sonaron distintas en aquel barrio residencial de quioscos de pupusas —una comida típica hecha de maíz— sirviendo el almuerzo en las esquinas.

“Allí donde la pasan jugando acaban de ‘balasear’ —disparar— a un montón de chicos”, le dijeron los primeros curiosos. Y Roxana acudió al salón de juegos creyendo que uno de sus primos podría estar dentro. Llegó antes que la policía y al levantar la vista del suelo repleto de sangre y casquillos se topó con el cuerpo de Ánder, un chico gordito de catorce años, hincado sobre una tragaperras. De los cuerpos brotaba tal cantidad sangre que llegaron a formarse ríos rojos que discurrían entre los ya cadáveres. Siete en total. Todos jóvenes.

Horrorizada, Roxana se dio la vuelta. Tras de sí estaba la madre del joven Ánder, dueña de una pupusería muy querida en el barrio. Lloraba desconsolada. Al fondo, una joven embarazada jalaba del cuerpo de su marido muerto. “¡Despertad, despertad!”, le gritaba. A Roxana se le eriza la piel al narrarlo. “Fue una masacre”, recuerda. Y llevaba la firma de una de las maras, las pandillas que extienden el miedo por varios países de Centroamérica y que solo en 2018 fueron responsables de 13.129 homicidios. 36 asesinatos al día.

Roxana habla desde la seguridad de un nuevo hogar, en España y con su marido, sus dos hijas y su hermana. Lejos de su casa y del resto de su familia, de una vida que dejó en pausa, pero también lejos de la amenaza de las maras. De haber seguido en El Salvador podría haber sido suya la sangre que chorreara por el próspero salón de belleza que se vio obligada a cerrar por las extorsiones de los pandilleros.

Roxana y su marido Walter, su hermana Johana y las pequeñas Alejandra, de cinco años, y Hazel, de dos. Todos están en España en condición de solicitantes de asilo. Y ninguno de los cinco nombres se corresponde con los verdaderos. Temen que por revelarlo puedan poner en peligro a sus familias, que siguen conviviendo día a día bajo el dominio de las maras.

El pecado, ser empresaria

El pecado de Roxana fue abrir un salón de belleza. “Abrimos en octubre, y nos fue bien muy rápido, porque en noviembre son las graduaciones y diciembre es un mes en el que las mujeres suelen hacerse algunos retoquitos”, explica la joven salvadoreña de 27 años. Roxana compatibiliza su faceta de empresaria con el de estudiante de cirugía dental, una carrera universitaria de ocho años que tuvo que abandonar en tercer curso, justo al verse obligada a salir de su país.

Roxana y su marido Walter, su hermana Johana y las pequeñas Alejandra, de cinco años, y Hazel, de dos. Foto Fernando Ruso
Roxana y su marido Walter, su hermana Johana y las pequeñas Alejandra, de cinco años, y Hazel, de dos. Foto Fernando Ruso

Walter es cámara de una televisión local propiedad de la iglesia de la comunidad, que también tiene una escuela de bachillerato donde el marido de Roxana imparte clases. En las horas libres, Walter iba al salón de belleza para dar una falsa sensación de seguridad a las dos empleadas que tenían contratadas. Tiene 25 años.

El volumen de clientas atrajo a nuevos proveedores de cosmética, que dejaban sus productos a crédito. Una vez saldados los gastos, al matrimonio le quedaba lo equivalente a un sueldo medio en El Salvador, un poco más, unos 800 dólares americanos al mes. Y ampliaron el local uniéndolo a otro aledaño.

“Pero yo sabía que recibiría la llamada”, lamenta la empresaria. Y no se equivocó. Una mañana sonó el teléfono, la operadora le avisó de que su interlocutor estaba en un centro penal. Y Roxana contestó. “Usted sabe que aquí en el penal aguantamos hambre”, le dijeron. Así empezó su extorsión. 30 dólares al mes. Dos meses después se convirtieron en 50. Después, en recargas a números de teléfono de prepago. Después, en la compra de caras zapatillas de primeras marcas y ropa deportiva de color blanco, el usado en la cárcel.

Walter era operador de cámara en su país, ahora busca empleo en España. Foto Fernando Ruso
Walter era operador de cámara en su país, ahora busca empleo en España. Foto Fernando Ruso

Los pagos dejaron de ser mensuales, para ser quincenales; luego semanales. Eran las madres de los pandilleros las que recogían ‘la renta’, como se le llama a la extorsión. “Todo era muy natural, un negocio como otro cualquiera”, cuenta Roxana.

“O les das o te pasa algo”

En total estuvieron siete meses pagándoles. Calculan que unos 4.000 dólares, que los obligó a privarse de los caprichos propios de una familia acomodada. “Era como tener que mantener a otro hijo más, literalmente”, asegura Walter. Y no pagar no entraba entre las posibilidades. “O les das o te pasa algo”, sentencia el salvadoreño.

A la ecuación se le sumó el miedo. Una de las dos empleadas dejó el trabajo a sabiendas de que de haber represalias podría morir ametrallada. “Y tenía razón, no la culpo”, admite Walter. Así que cerraron el salón de belleza.

De tapadillo, atendían a la clientela de confianza en la casa de la madre de Roxana, odontóloga de profesión. A ella nunca la extorsionaron. Las fuertes medidas de seguridad con las que estaba dotada la clínica cohibían a los pandilleros. La joven empresaria pensó que los sensores de movimiento, micrófonos, cámaras, puertas dobles, alarmas y un largo etcétera de barreras presentes en la casa de su madre también ahuyentarían a los mareros, pero no.

Semanas después de la silenciada apertura fueron a preguntar por ella a la clínica. “Querían saber por qué habíamos cerrado el salón de belleza, si ellos nos cuidaban y nos protegían”, narra Roxana. Nadie respondió. Pero los mareros volvieron, esta vez exigiendo información. “Si no, ya sabe las consecuencias”, le dijeron.

Eso fue un martes. El miércoles ya tenían los billetes de avión para volar a España.

Roxana no podía teñir su pelo en su país por ser un privilegio reservado a las mujeres de los líderes mareros. Al llegar a España lo hizo. Foto Fernando Ruso
Roxana no podía teñir su pelo en su país por ser un privilegio reservado a las mujeres de los líderes mareros. Al llegar a España lo hizo. Foto Fernando Ruso

Antes de guardar toda una vida en dos maletas de veinte kilos, Roxana y Walter fueron a denunciar a la Policía Nacional Civil (PNC). “Fui al departamento de extorsiones, que existe allí en mi país; temía que si iba a la policía de mi colonia pudieran informar a las pandillas, ya se sabe que ellos colaboran”, relata la joven.

En la policía no le admitieron la denuncia, porque a cambio le pedían montar un operativo de infiltrados en el nuevo salón de belleza para detener a los extorsionadores. “Sí, claro, apresan a cuatro, ¿pero el resto? Nos hubiese condenado, a mí y a toda mi familia”, justifica Roxana. El inspector, en tono burlón, le restó importancia a la situación. “Si todavía no te ha pasado nada”, le recriminó a la joven, que se molestó y se fue a tratar de poner la denuncia al departamento de la mujer de la Policía.

“La triste realidad de nuestro país”

Corrió la misma suerte. En vez de una denuncia, consiguió hacer un aviso policial. Y en el documento que le facilitaron dejaron escrita una recomendación: “Mudarse de zona o de país”. “Es la triste realidad de nuestro país”, insistieron los agentes.

Mudarse de zona hubiese significado la muerte. Las maras mantienen un férreo control del territorio. A ningún pandillero se le ocurriría atravesar a una zona dominada por una mara rival. La colonia de Altavista de Ilopango esta tomada por la Pandilla 18, enemigos de la Mara Salvatrucha.

“Hay personas que se han dormido en el autobús y que han despertado en la zona equivocada y los han matado”, narra ella. “Son casos verdaderos, de gente que viene de jornadas laborales largas acaban vencidos por el sueño en el autobús y acaban asesinados a tiros, a quemarropa”, sigue él.

Mudarse de zona no era una opción. “Si me voy a un lugar controlado por otra pandilla, me matan solo por saber de donde vengo; y si me voy a otra zona dominada por la misma pandilla, también me matan por huir”, dice Walter. “A algunos con suerte les preguntan que por qué se han mudado, pero lo normal es que te maten sin más, sin preguntar”, apostilla Roxana.

La única opción posible era salir del país. ¿Canadá o España? Y eligieron la segunda por la facilidad de tener un idioma común. A los 3.500 dólares ahorrados sumaron las aportaciones de la familia. Compraron los billetes —por 3.200 dólares— y se subieron al avión. Era el 27 de octubre de 2018.

—¿En qué pensaron cuando se abrocharon el cinturón en el avión?

En El Salvador dejaron una enorme vivienda de dos plantas y amplio jardín, a la familia, los estudios universitarios inacabados de ella, el trabajo de él, la empresa que ambos levantaron de la nada y una vida tomada por el miedo. Ahora viven en Sevilla, en un coqueto piso de apenas cincuenta metros cuadrados, dos habitaciones y un pequeño comedor. Pero duermen tranquilos todas las noches. “Nos alegramos por nuestras hijas, que viven aquí mucho mejor”, apunta Roxana.

La vida en El Salvador difiere mucho de la que llevan desde hace un año en España. Los parques allí estaban vetados, es donde las pandillas venden la droga. Nadie con aprecio por la vida sale a las calles si no es por estricta necesidad pasadas las seis de la tarde. La ropa de marca es solo para uso y disfrute de los mareros. El pelo teñido de rubio o de rojo o las uñas de gel son solo para sus mujeres. Tampoco están permitidos los tatuajes.

Walter se tatuó brazos y piernas al llegar a España. Foto Fernando Ruso
Walter se tatuó brazos y piernas al llegar a España. Foto Fernando Ruso

“Mi hija dejó allá una bici con las ruedas todavía con los pelitos, sin usar; aquí juega con otros niños en la calle, ha ganado mucha confianza”, explica Roxana, que calza unas zapatillas Nike y tiene el pelo teñido de rubio. Junto a ella está Walter, que viste unas vistosas Adidas y se ha tatuado ambos antebrazos.

Aumento de las solicitudes de asilo

La de Roxana y los suyos es una solicitud de asilo más para España, que contabilizó un total de 2.145 peticiones de ciudadanos procedentes de El Salvador, Honduras y Guatemala. Una cifra alta si se compara con las 115 que se registraron en 2014. Sin embargo, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), apenas hay resoluciones de asilo favorables: solo 25 en los últimos 4 años, y no exclusivamente por persecución de las maras.

Muchas familias emprenden el camino de salida sin haber podido denunciar, un requisito exigido en las solicitudes de asilo. Se impone la ley del “ver, oír y callar”. Y quienes la incumplan se exponen a ser asesinados.

CEAR califica como “un grave error en el sistema de asilo” que España no reconozca el derecho de asilo a las víctimas de la violencia de las maras, procedentes de los países de Centroamérica. “Las personas que huyen de esta violencia lo hacen para poner a salvo sus vidas, al igual que otras lo hacen por otros conflictos y persecuciones, por lo que deberían aplicarse criterios similares a la hora de atender sus peticiones”, reclamó Estrella Galán, secretaria general de la entidad.

Roxana y Walter con sus zapatillas Nike y Adidas. Calzarlas en su país podría costarles la vida. Foto Fernando Ruso
Roxana y Walter con sus zapatillas Nike y Adidas. Calzarlas en su país podría costarles la vida. Foto Fernando Ruso

Los ritos de iniciación más habituales al ingresar en una pandilla son recibir palizas, cometer asesinatos, o sufrir violaciones colectivas en el caso de las mujeres, muchas de ellas adolescentes. Además, en los últimos años las maras han intensificado el reclutamiento de niños de 11 y 12 años.

Johana, a punto de ser asesinada con quince años

Johana es una adolescente con suerte. Su madre se la arrebató de las manos de las maras, literalmente, cuando trataban de secuestrarla. Fue en mitad de la calle, junto a su casa, volviendo de comprar unas pupusas para unos pocos invitados que preparaban la quinceañera de la joven, una puesta de largo que se celebra en El Salvador al cumplir los quince.

Un coche se situó junto a ella, salieron dos jóvenes y jalaron de Johana hacia el interior. Otro coche vigilaba al final de la calle. Solo la intervención de su madre y varios familiares lograron doblegar a los asaltantes. Suelen raptarlas, violarlas, asesinarlas y descuartizarlas. “Desaparecerlas”, como lo llaman. Si llevaban armas, no las usaron; fue un milagro.

Johana es la hermana menor de Roxana. Vive con ella y con Walter desde finales de agosto en Sevilla. Tras el incidente, su madre la mantuvo oculta fuera de su colonia. Solo volvió a salir del escondite el día que viajó a España. Un mes después del incidente, el 22 de septiembre, celebró su quinceañera con su hermana en un parque, en compañía de otros refugiados con los que han hecho amistad.

Ese día estuvo callada, sentada, pensando en la fiesta soñada que ya rozaba con los dedos y que nunca fue. “Allá quedó el local pagado, el vestido de mil dólares encargado, las bebidas y las comidas compradas… todo; casi 5.000 dólares invertidos”, relata Roxana.

Johana mostrando un vestido que su hermana Roxana le compró en España para celebrar su 'quinceañera'. Foto Fernando Ruso
Johana mostrando un vestido que su hermana Roxana le compró en España para celebrar su 'quinceañera'. Foto Fernando Ruso

Johana bailó con su hermana el vals. Por videollamada habló con su madre. Ambas lloraron. Todos lloraron el día en el que cumplió los quince. Pero ni siquiera esa desazón nubló la felicidad compartida por estar vivos y a salvo en España.

—Roxana, ¿es un adiós o un hasta luego?

—Esperamos que sea un hasta luego.

—¿Y de qué depende?

—De cómo vaya la seguridad en nuestro país. El Salvador no es como Venezuela, que tiene una crisis política importante. En El Salvador hay oportunidades, hay trabajo, allá no tiene dinero el que no quiere. El problema es las pandillas, que no dejan.

—¿Y se puede acabar con las pandillas?

—Sí, se puede. Pero es difícil. Es una guerra en silencio. Ya no es como cuando empezó, que se mataban entre ellos. Ahora somos todos sus blancos. Hemos perdido esa capacidad de asombro cada vez que hay un muerto.

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