Hoy la vida es una mierda, perdonad que me desahogue por aquí.

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Hoy la vida es una mierda, perdonad que me desahogue por aquí.

Hoy la vida es una mierda.

Perdonad que me desahogue por aquí, pero voy en el tren y escribir es la única manera que encuentro de no llorar en medio del viaje. Dicen que nombrar lo que nos angustia, ponerle palabras al dolor, hace que podamos empezar a mirar al monstruo a los ojos. No lo sé. 

Pero sé que necesito hablar de ellos, aunque sea tratando de teclear a lo loco en este vagón que hasta hace unos minutos era un lugar totalmente diferente. 

El cáncer se los ha llevado el mismo día, con unas horas de diferencia. Un hermano por la mañana y otro por la tarde. Dos hermanos casados con dos hermanas que les sobreviven y que no pueden buscar consuelo más que en la otra hermana viuda, como una última casualidad macabra y retorcida de la vida que las unió hace más de veinte años a Miquel Àngel y a Xavi. Dos hermanas para dos hermanos. Dos supervivientes para tanto dolor. 

Me crié con ellos. Todos los veranos de mi vida crecí con ellos, sobre todo con Xavi, el segundo, el cerebrito, el niño que perdió un ojo en un absurdo choque de bicicleta al clavarse en la cuenca orbital la palanca de freno. Pasados los años aprendió a reírse de su minusvalía, y para romper el hielo contaba la historia de lo último que vio ese ojo perdido: colgando del nervio óptico, ese ojo miró con una perspectiva inédita, la de alguien que ha salido del cuerpo para otearse a sí mismo desde la distancia. Los médicos decían que era imposible, pero ¡qué sabrán ellos! Dejadnos que lo sigamos creyendo. También pensaban que no iba a poder hacer algunas cosas en la vida, y vaya si las hizo. A pesar de las hostias. De lo duro que se lo puso, de lo que tuvo que pelear. Se sobrepuso a la pérdida del ojo, a una depresión, a la muerte de su padre en accidente de tráfico. Se sacó la carrera de telecomunicaciones y exprimió la vida todo lo que pudo. 

Xavi no era Xavi, sino Pirulo. El Pirulo, por esas maravillosas narrativas que se susurran en los pueblos en los que todos se conocen demasiado bien. Él decía que era por lo escurridizo, por las pirulas que hacía con la bici. Aunque lo cierto es que nunca supimos de dónde surgió el apodo, pero sin duda era símbolo de estatus que ostentaban sólo unos pocos elegidos. El Pirulo. El Girabolet. El Nyico. Los nombres de mi infancia y adolescencia. Los rincones de un pueblo donde la vida parecía no terminar nunca. 

Pero la vida, hoy, es una mierda, insisto. Y para los dos hermanos se acaba de parar con poquísimas horas de diferencia. Pienso en sus mujeres, y en sus hijos, y en los dos hermanos pequeños que también les sobreviven. Y en lo que decimos siempre que nos golpea algo así: lo único que no regresa, ni se compra, ni se cambia es el tiempo. Aunque, como siempre, lo olvidamos demasiado pronto. 

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