En el hospital y en casa, una pareja de médicos brasileños unida contra la pandemia

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El doctor Jaques Sztanjnbok, supervisor de la unidad de cuidados intensivos (UCI) del Instituto de Infectología de Sao Paulo, suele despertar durante la noche por causa del coronavirus, al igual que su esposa Fabiane, infectóloga en la emergencia del mismo hospital.

Él, para leer algunos de los mil estudios científicos publicados mensualmente, por si hay "algún nuevo descubrimiento que aporte una pieza a este rompecabezas de la covid-19".

Ella, "no pasa un día sin que despierte en medio de la noche angustiada y preocupada". Y "no hay un día que no me levante sin pensar: 'Qué bueno que tengo salud, que estoy bien y que tengo el coraje para enfrentar esta enfermedad'", asegura.

A pesar de esto y del temor de exponer a sus dos hijos, a quienes ya no besan cuando regresan, la pareja está en la línea de frente contra la pandemia en Sao Paulo, capital del estado homónimo, el más afectado por el coronavirus en Brasil, con 2.851 muertos de un total de 7.921.

En el Instituto de Infectología Emilio Ribas, la UCI alcanzó el 100% de ocupación a mediados de abril, con sus once camas con pacientes de la pandemia.

El servicio registra una muerte diaria en promedio. El doctor Sztajnbok no se ha tomado un día de descanso desde mediados de marzo, porque, según explicó a la AFP, en sus manos está "la responsabilidad de la salud de los pacientes pero también la del equipo" que dirige.

Muchos de sus colegas han parado de trabajar por haber sido contagiados.

"Cuando mi teléfono suena, me pregunto si se trata de otro médico que se enfermó. Es una preocupación que jamás tuvimos en epidemias anteriores", cuenta el médico, que trabaja hace 28 años en esta institución.

- "Genial y valeroso" -

Hasta ahora, ni él ni su esposa han presentado síntomas de covid-19. Pero tienen un plan en caso de que eso ocurra. "Tenemos un apartamento vecino, entonces si uno de nosotros se enferma, se va a aislar allí", explica Sztajnbok.

Fabiane y Jaques establecieron un ritual cuando vuelven del hospital: dejan sus pertenencias en la entrada del apartamento y sólo se acercan a sus hijos después de bañarse y de poner a lavar sus ropas del día.

Se conocieron en 1997, durante una epidemia de sarampión. Ahora viven con sus dos hijos en un apartamento grande, con balcones y muchas plantas en Pinheiros, un barrio noble de Sao Paulo.

Su hija mayor, Ana, de 12 años, no expresa mucha preocupación por sus padres, porque "no están en el grupo de riesgo". Daniel, de 10 años, cree que es "genial y valeroso" que estén en primera línea para tratar a los enfermos de esta pandemia.

"Durante la cena, cuentan lo que pasó en su guardia, me parece interesante", dice Daniel. A pesar de su admiración, no quiere ser médico cuando crezca. "No quiero ver morir a nadie", argumenta.

- Tratamiento "a la medida" -

Los esposos admiten que ahora más que nunca deben conversar sobre lo que viven en el hospital. "Eso nos ayuda a tener el mismo objetivo y a saber que estamos juntos", dice Fabiane, de 47 años.

Los dos médicos establecieron una regla desde el principio de la crisis: "desconectarse" en las noches para mantener la vida familiar.

Pero es una promesa imposible de cumplir para Jaques, que ya en bermudas, durante la celebración de su cumpleaños 55, sigue vigilando su laptop para revisar la evolución de los pacientes y colegas contagiados por la covid-19.

Sus hijos, su niñera Paloma -que vive con ellos- y su esposa le organizaron una pequeña fiesta virtual en la que participa el resto de la familia, conectada por Zoom.

El médico recibe un mensaje durante la celebración. Una de sus pacientes, obesa y en estado grave, recuperó el doble de su capacidad respiratoria al ser colocada boca abajo.

Jaques lee el mensaje mientras su familia le espera para cortar la torta.

"Esta enfermedad es muy compleja, no podemos aplicar el mismo tratamiento a todos los pacientes. Hay que adoptar medidas caso a caso. Por eso no paro de trabajar", afirma.

"Pero es muy gratificante cuando un paciente mejora", explica el médico. Jaques confiesa que ni al soplar las velas consiguió desconectarse de su trabajo. Con el cuerpo en casa, la mente estaba en la evolución de la paciente que podía respirar mejor.