El horror y la resiliencia en una corbata: los objetos rescatados de los fusilados de Paterna

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María José sostiene con cuidado la corbata de su abuelo, José Alba. Fina y elegante, aún conserva la etiqueta del fabricante -“Gutiérrez. Valencia”-, y algo más: manchas de sangre, la que brotó de su cuerpo cuando lo fusilaron el 14 de enero de 1941 en Paterna (Valencia). Ella es una de las participantes en el proyecto Objetos (des)aparecidos de la artista María Amparo Gomar Vidal, que se expone hasta el 29 de octubre en el Instituto Cervantes de Berlín y que recopila siete recuerdos de asesinados a finales de la Guerra Civil y en el Franquismo, piezas que quedaron en las familias como el último vestigio de sus deudos o recuperadas de entre sus restos malenterrados. Memoria de horror y, a la vez, de resiliencia.

Como explica la artista valenciana desde la capital alemana, mientras coloca en el suelo marcas que simulan la extensión de una fosa, su obra toma “cosas” de cristal, telas o papeles anodinos y muestra la grandeza del recuerdo que albergan, el de quienes fueron asesinados por estar en el lado de los vencidos.

Todo nace de la propuesta de un profesor que anima a sus estudiantes a formar una colección de siete objetos, un ejercicio pendiente que vuelve a la memoria con el retorno de la artista a casa. “Todo fueron preguntas”, reconoce la autora en el catálogo de la obra, cuando comenzó a detectar en su tierra los restos de la dictadura, de los que antes no se había percatado. Estar en Alemania la hizo reflexionar sobre lo que no sabía de su país natal, ver con “alarma” la laguna de lo que no sabía. Preguntarse cómo hubiera sido la vida de otras Marías, como ella, a principios del pasado siglo.

Y ahí encontró Paterna, el llamado paredón de España, con más de cien fosas y unas 2.300 víctimas en ellas, su gente y sus historias. Como la de Pepica y su botellita, una señora que se aferraba al diminuto bote de cristal que había estado en contacto con el cuerpo de su padre, José Celda, durante más de 70 años hasta que fue desenterrado en 2012 de la fosa 126. Un objeto “humilde”, como los demás, pero que desvela la “miseria y violencia” de aquel tiempo, como cita en su texto. Por un lado, explica Gomar Vidal, está la constatación de los derechos humanos violados; por otro, el “dolor de generaciones” condensado en eso que, con desdén, llamamos “cosas”.

A través de una cadena de “preciosas casualidades” dio con el resto de historias y de objetos: la camisa con las iniciales M.G., de Miguel Galán, que ahora tiene su nieto Daniel; el botón y el lápiz de Pedro Simón y otro botón de Verónica Calle, que guarda su bisnieta Laura; los cordones de Salvador Tortajada que atesora su nieta Raquel; la foto que llevaba consigo Manuel Hernández cuando lo mataron, un retrato de su hijo George recuperado por su nieta Amelia; la postal de su mujer, Nieves, que tenía Francisco Sanz y ahora sostiene su nieto Francisco. “Se percibe un amor extraordinario”, dice la artista, en cada familia, en cada historia, pese a que el contexto en que fueron localizados estos objetos era de “extrema violencia”. Es el valor de una vida lo que esconden para sus allegados, una capacidad evocadora “impresionante”.

Algunos de estos restos fueron recuperados por las familias al poco de producirse los fusilamientos (entre 1939 y 1956), porque se corría a veces la voz de dónde habían sido y dónde estaban los muertos y hubo enterradores que echaron una mano. Otros, son fruto del trabajo de los arqueólogos que trabajan en Paterna, en fosas como La de la Cultura o la 21, el intento de exhumación más reciente. Todos han formado un conjunto en la obra de la artista que es “una mirada diferente a mi país y una reivindicación de la memoria y de una parte de la historia que nunca nos han enseñado en la escuela”.

Para explicar visualmente lo que suponen las fosas de Paterna, más allá de los objetos la muestra se completa con dos obras más: un croquis de un enterramiento hecho a tamaño real de una de las fosas de la localidad valenciana y un frottage del paredón donde se hacían las ejecuciones y en el que pueden verse los impactos de las balas de los fascistas.

Habla al teléfono con el HuffPost desde el Cervantes berlinés, que tiene frente a su sede un monumento en recuerdo de las mujeres que se levantaron frente a la deportación de los judíos, durante el Holocausto. Y se duele de que haya tenido que ser por la semilla puesta fuera de casa que ha nacido su exposición, “que te abran los ojos fuera”, resume. En su caso, más allá de Objetos (des)aparecidos, su inmersión en la memoria sigue profunda y ya plantea otro proyecto con cartas de despedida de los represalidos.

Como cita al periodista Martin Nejezchleba, hablando sobre Auschwitz: ”¿Quién mantendrá vivo el recuerdo cuando los últimos testigos sean silenciados? La respuesta es: las cosas”.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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