La silenciosa matanza constante de activistas del medio ambiente en el mundo

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Imagen de la malograda Berta Cáceres, publicada en su perfil de los galardones medioambientales Goldman Prize. (Crédito: goldmanprize.org).
Imagen de la malograda Berta Cáceres, publicada en su perfil de los galardones medioambientales Goldman Prize. (Crédito: goldmanprize.org).

Cuando el tres de marzo de 2016, dos pistoleros entraron en la humilde casa de la activista Berta Cáceres en las afueras de La Esperanza, y le dispararon cuatro veces para acabar con su vida, el mundo entero se conmocionó. No solo era la líder indígena de la etnia Lenca, famosa por oponerse a las tropelías ecológicas de la multinacional que pretendía construir una presa en el hondureño río Gualcarque, era también en cierto modo, la voz de la conciencia ecológica del planeta.

Antes de ese trágico momento, la combativa Cáceres había logrado triunfos sonados, como la retirada de una de las dos empresas que conformaba la joint venture (una compañía china que lidera mundialmente el sector de la construcción de presas). Sin embargo, su constante “incordio” a los poderosos, a base de sentadas, cortes de carretera e innumerables denuncias en los medios, no sirvió para que la otra compañía que había recibido la licitación para explotar las tierras y construir la presa Agua Zarca, renunciara al suculento botín. Hablamos de la empresa hondureña Desarrollos Energéticos SA (DESA).

La valiente oposición de Berta le había otorgado un nivel de visibilidad global mientras libraba su desigual batalla contra los poderes económicos de su país, conocido por su peligrosidad y sus altos niveles de corrupción. En base a ello, obtuvo el prestigioso premio Goldman en categoría medioambiental en abril de 2015. Tal vez anticipando lo que sucedería meses después, Cáceres dedicó el premio “a los mártires” que han dado su vida por proteger los ríos, tierras y recursos minerales de Honduras.

En cierto modo el caso de Berta es totalmente atípico, no porque eso de acabar con la vida de un medioambientalista que molesta a las grandes empresas de su país sea anormal, no. De hecho según los datos que maneja la organización sin ánimo de lucro con sede en Londres Global Witness, solo en 2019 murieron más de 200 activistas de los derechos ambientales en todo el mundo. Siguiendo en Honduras, ese año resultaron asesinados más de una docena, lo que convierte al país centroamericano en uno de los más peligrosos del mundo.

Pero como os decía, el caso de Berta Cáceres ha resultado atípico precisamente por el apoyo mundial que recibió la hondureña en vida, y especialmente tras su muerte. El caso resultó tan sonado que los familiares de la asesinada, con el apoyo del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), lograron contratar a investigadores y abogados de prestigio, los cuales consiguieron tirar de la madeja hasta asegurar la condena de los siete hombres que llevaron a cabo el ataque criminal. Pero ahí no se detuvieron las pesquisas. El pasado 5 de julio de este año, el Tribunal de Sentencia de Honduras falló en contra del autor intelectual del crimen, un directivo de la compañía DESA llamado Víctor Castillo.

Los indígenas brasileños que padecen las constantes incursiones de la policía estatal de Bolsonaro, que les amenazan y extorsionan para proseguir expoliando las riquezas del Amazonas, no tienen tanta suerte. Allí impera la ley del silencio, y las empresas y latifundistas juegan con la ventaja que da saber que los tribunales cariocas no fallarán en su contra. Ante semejante injusticia, las naciones originarias (con el apoyo de varias organizaciones que luchan por los derechos humanos) han solicitado al Tribunal Internacional de la Haya que abra investigaciones contra el gobierno del país por los crímenes de numerosos activistas medioambientales.

Indígenas de la etnia Lenca vendiendo frutas en un mercado en La Esperanza, Honduras. (Crédito imagen Wikipedia).
Indígenas de la etnia Lenca vendiendo frutas en un mercado en La Esperanza, Honduras. (Crédito imagen Wikipedia).

Cabe recordar que este tribunal (el órgano principal en materia de justicia de las Naciones Unidas) solo tiene jurisdicción en cuatro casos: genocidio, crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, y crímenes que impliquen agresiones entre estados. Así pues, la petición de que este tribunal pueda ocuparse de crímenes medioambientales es, hoy por hoy, bastante improbable.

Mientras tanto, debido a los alarmantes niveles de deforestación alcanzados durante el mandato de Bolsonaro, algunas figuras de gran repercusión mundial como el Papa Francisco, o el primer ministro de Francia Emmanuel Macron, han apoyado públicamente la petición para que el tribunal holandés pueda juzgar también lo que han dado en llamar “ecocidios”.

A comienzos de 2021 un grupo de expertos en leyes propuso una nueva definición del ecocidio con la esperanza de que el órgano judicial de la ONU incluya este quinto crimen entre sus atribuciones. Con suerte, el interés de la humanidad terminará por imponerse al de las grandes corporaciones, y el caso de justicia alcanzada contra los asesinos de Berta Cáceres dejará de ser la excepción para convertirse en la regla. Mientras no alcancemos dicho objetivo, bien podríamos dejar de usar la palabra “multinacional” y sustituirla por su hoy por hoy sinónima, “extrajudicial”.

Me enteré leyendo Inside Climate News

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