La historia del marinero gallego "secuestrado" en Yemen: un año de su vida que no va a recuperar

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Pablo Costas junto a parte de la tripulación dentro de El Cobijo. (Photo: El Huffpost)
Pablo Costas junto a parte de la tripulación dentro de El Cobijo. (Photo: El Huffpost)

Vivir en una prisión sin rejas durante casi un año: viendo peces que no puedes comer, agua que no puedes beber y con un calor sofocante. Así ha pasado Pablo Costas, un marinero gallego, capitán del Cobijo, que desde hace 11 meses ha estado “secuestrado” en un puerto de Yemen sin poder salir, acusado por Australia de pesca ilegal en aguas del Índico, sin el apoyo del Estado español y sin ver a su familia.

Durante este tiempo, el Cobijo ha sido su “cárcel” hasta que este domingo recibió la noticia que esperaba desde hace mucho tiempo: salir del barco y ser repatriado a España. Pese a las buenas noticias, el infierno aún no ha terminado, aunque ya hay mucho camino avanzado tras recibir de nuevo su pasaporte y el trámite de libre circulación.

Por el momento, Pablo, como el resto de los 32 tripulantes, espera en un hotel en Seiyún (Yemen) después de cruzar 280 kilómetros en un país en guerra. Este jueves, después de la prueba PCR, por fin abandonará el país y viajará a las 10:30 hora local hacia El Cairo, su último paso hasta Madrid.

“Pablo está descansando y de alguna forma volviendo a la vida después de toda esta locura”, asegura su asesor legal y sindicalista, Manolo Camaño a El Huffpost. Este detalla que el domingo le encontró muy bajo de ánimo pese a la noticia y con la voz quebrada, pero que este lunes ya se encontraba más animado y con ganas de volver a su Bueu natal (Pontevedra), desde la que partió hace dos años.

Un año de su vida que Pablo Costas no va a recuperar pero que sí puede luchar en términos legales. Su gente promete acompañarle por haber sufrido lo que llaman el abandono por parte de las autoridades. Han sido, cuentan al otro lado del teléfono, muchos meses pasando hambre, sed, y en condiciones de insalubridad conviviendo en un espacio reducido con ratas, cucarachas y todo tipo de mosquitos.

“No sé lo que va a hacer, pero nosotros le vamos a aconsejar en ese sentido clarísimamente. Los abogados estudiarán el procedimiento adecuado. Aquí a un hombre le han jodido dos años de vida”, ha expresado Camaño.

Pese a la recomendación, será Costas quien tenga la última palabra a su llegada a Madrid.

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Mientras tanto, la llegada de Pablo a Madrid es aún una incógnita, aunque Camaño confía en que se resuelva esta semana. “Cuanto más dure esto, más va a estar en el candelero y me imagino que interesará cerrarlo cuanto antes”, reconoce.

La familia respira

La familia “ha respirado tras conocer la noticia” de su liberación. Sobre todo, sabiendo la situación crítica en la que se encontraba en las últimas semanas, cuando el barco se había llenado de ratas y cucarachas y los yemenitas habían dejado de abastecerles, por lo que estaban sin comida y tomando agua tóxica de un abrevadero que tenían que hervir varias veces para poder consumir.

Unos días antes, uno de sus hermanos, Víctor Costas, relataba cómo esperaba con ansia una llamada que por fin ha llegado. Pese a la distancia, Pablo ha mantenido el contacto siempre que la cobertura se lo ha permitido a través de audios de Whatsapp en los que les relataba su situación. O por lo menos parte de ella.

“A veces da dolor porque le preguntas cómo estás y ya sabes que no está bien y él (Pablo) tampoco quiere preocuparnos, cuando está mal no nos lo cuenta”, explicó su hermano hace unos días.

Una decisión política

La liberación de Pablo Costas se ha dado gracias a una decisión política en la que ha participado el Ministerio de Asuntos Exteriores al que tanto han criticado por su desatención en los últimos meses.

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Por el momento se desconocen cuáles son los acuerdos a los que se ha llegado para conseguir la liberación y Camaño no ha querido especular sobre ese tema. Sin embargo, ha confirmado que ha habido tres actores principales: España, Australia y Yemen.

“Desde luego vamos a acompañar a Pablo a destapar toda esta locura de la política pesquera australiana de acoso en aguas internacionales a los barcos que no están en su negocio”, adelanta.

Australia, el detonante

Pablo Costas ha estado navegando las aguas del Índico sur durante cinco años a bordo del Cobijo, una pesquera de un armador panameño con bandera boliviana y con licencia de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) para pescar en esas coordenadas.

Sin embargo, en su último viaje, a finales de 2019, a 500 millas de Australia, le abordó una patrullera de ese país acusándole de pesca irregular.

Para Camaño, esa fue una actuación “arbitraria e ilegal” provocada por el poder de Australia en la zona. “Hacen y deshacen a su antojo, no solo han parado a este barco sino a cientos, el control de Australia es demencial a extremos”, critica.

Además, el asesor legal ha aclarado que con los controles y la tecnología que hay actualmente y con la que cuenta Australia es “imposible pescar ilegalmente en esas aguas” y que si en algún caso fuera así es difícil de evidenciar.

Después de la revisión del buque, y tras no detectar ninguna irregularidad, Costas continuó navegando en dirección norte. En ese momento, se confirmó la pandemia mundial por el coronavirus y, como le ocurrió a muchas otras navegaciones, se encontró a la deriva durante un mes y medio hasta que le dieron autorización en el puerto de Yemen. ¿Por qué ahí? Durante ese tiempo, el dueño panameño le indicó que un armador somalí había comprado el pesquero y le pidió que cambiara la bandera boliviana por la de Somalia y que se dirigiera al puerto yemení de Al Mukallah.

Un año en Yemen

A su llegada a Yemen, Costas se encuentra con un requerimiento de la Interpol procedente de Australia vía Londres por el que piden a las autoridades que inspeccionen su barco. Tras la revisión, llevan a Costas a juicio y le condenan a tres meses de arresto que nunca se llevaron a cabo.

Al día siguiente de la resolución, el nuevo armero de la embarcación recurre ante la justicia yemení y, después de una nueva vista, prospera el recurso y la sentencia queda sin efecto.

Sin embargo, un fiscal de Yemen recurre de nuevo y provoca que la sentencia continúe y a partir de ahí el barco queda fondeando a una milla del puerto hasta el pasado mes de julio. En esa fecha, por el deterioro del barco y del motor, la cadena se rompe y por razones de seguridad por la época monzónica le permitieron atracar en el muelle.

Es ahí cuando la situación se complica porque la embarcación se llena de las ratas, insectos y cucarachas que viajan en las embarcaciones con carga animal que atracan en el puerto procedentes de Eritrea y Somalia. Y con todo ello, en los últimos diez días, los yemenitas dejan de abastecer a la tripulación y sobreviven con los suministros que les quedan en el pesquero.

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No han perdido la esperanza

Aunque la situación no está del todo cerrada, ha mejorado y Pablo ya tiene más libertad de la que tenía en su anterior “cárcel”. La esperanza y la persistencia ha sido clave para conseguir la liberación de Pablo y ahora todos esperan su llegada a Galicia. Tanto su esposa, como su hijo de 19 años, sus hermanos y demás familiares han luchado todo lo que estaba en sus manos para no dejar que el caso quedara en el olvido.

El nombre de Pablo Costas ha sonado con más fuerza en los últimos días con manifestaciones en Galicia y en los medios de comunicación, dado que su familia temía por el estado de salud del gallego e intentaban evitar una tragedia. Y el esfuerzo ha dado sus frutos.

Incluso, el pasado sábado, los vecinos de su pueblo se concentraron para exigir su regreso. Una tarea colosal, pero finalmente la lucha de su familia y sus vecinos van a llevar a Pablo Costas a buen puerto, al de su Bueu natal.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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