Historia del tocón neozelandés que debería estar muerto, pero que vive

Imagen del tocón de Kauri que ha logrado sobrevivir gracias a la solidaridad de sus vecinos. (Crédito Sebastian Leuzinger).

Durante la Gran Recesión, que como sabréis se inició en 2008 con la caída de Lehman Brothers, y que en España se completó con el estallido de la burbuja inmobiliaria, la tasa de paro subió estratosféricamente hasta superar el 25% durante 2012 y 2013. Por aquel entonces, medios de todo el mundo seguían de cerca el movimiento 15 M, engrosado en 2011 por las ingentes filas de los “indignados”. Muchos en el extranjero creían que nos veíamos abocados a la quiebra seguida de una revuelta violenta. Era imposible que un país empobrecido resistiera tantos golpes sin iniciar una revolución.

Y sin embargo los negros augurios no se cimplieron, y buena parte del mérito la tuvo la red solidaria que formaron las familias. Los ingresos de las pensiones de los mayores daban de comer a los nietos, y los pisos de los padres acogían a los hijos incapaces de pagar las hipotecas de unos pisos que ya no valían lo inicialmente tasado. La solidaridad, ese rasgo tan humano (y a veces tan escaso) acudió al rescate.

A qué viene este apunte socioeconómico, casi histórico, en mi blog de ciencia, podríais preguntaros. Es curioso, pero todo esto me ha venido a la cabeza tras en leer en Science la historia de un tocón de árbol australiano que debería estar muerto, pero que vive. Apenas sin tronco, carente de ramas y desnudo de hojas desde hace años, el tocón de este kauri (Agathis australis), parece querer recordarle al mundo que ya todo está inventado, y que nosotros los humanos, simplemente replicamos comportamientos de forma consciente, que la “inconsciente” madre naturaleza ha ensayado ya en algún rincón del planeta.

En efecto, en un apartado bosque de Nueva Zelanda existe un árbol (o lo que queda de él) que en condiciones normales debería ser un resto desecado de una conífera endémica del norte de la isla maorí, pero que aún vive gracias a la red de raíces que los especímenes vivos de su misma especie han tejido a su alrededor, para compartir agua y nutrientes. Hace años que los científicos sospechaban que estas redes podían existir, pero hasta ahora no se había observado un caso así de extremo.

El kauri, tiene el honor de ser el árbol más voluminoso de la isla de Nueva Zelanda. En la región de Northland, existe un ejemplar llamado “el señor del bosque” con un tronco que mide 4,4 metros de diámetro y que se alza a casi 18 metros de altura. Se dice que algunos ejemplares, de entre los pocos que sobrevivieron a una tala generalizada, pueden alcanzar los 2000 años de edad.

Volvamos con el tocón, al que solo se puede llegar tras una caminata por el bosque lluvioso de Waitakere Ranges, en el norte de la isla de Nueva Zelanda. Cuando los científicos lo descubrieron, quedaron sorprendidos de que sobreviviera a pesar de carecer de ramas y hojas. Para comprobar que su sospecha de “solidaridad” entre especímenes de kauri, estaba detrás del suceso, los investigadores midieron el flujo de savia y agua tanto en el tocón como en sus vecinos.

Lo que descubrieron fue que, en efecto, el flujo de agua en el tocón aumentaba a medida que el agua fluía de los árboles circundantes, lo que implica que este tomaba agua de los árboles de su alrededor. Esto sugería que las raíces del tocón habían formado conexiones, a través de injertos, con las raíces de los árboles cercanos, y que empleaba esta red para recibir agua y otros nutrientes.

Este fenómeno no es exclusivo de los kauris, se conocen casi 150 especies de árboles que forman redes de injertos de raíz con otros especímenes de su misma especie, pero hasta ahora no se había descubierto un uso “paliativo” de estas redes como el visto con este tocón.

¿Cómo es posible? Los autores del trabajo especulan que el árbol debió estar sano cuando unió sus raíces a la red de asistencia kauri, y que una vez que la parte principal del árbol murió, esas conexiones permitieron que el tocón pudiera sobrevivir a partir de la “solidaridad” de sus vecinos.

Lo dicho, la naturaleza nos lleva millones de años de ventaja...

Me enteré leyendo Science.