Historia del ave que se extinguió y al que la evolución trajo de vuelta

Rálido de garganta blanca de Madagascar. (Imagen Creative Commons, crédito: Francesco Veronesi).

¿Recordáis la historia del dodo? Como bien sabéis, aquel grotesco pájaro se olvidó de volar al llegar a las islas Mauricio (sitas en el océano Índico, próximas a Madagascar) ya que allí carecía de depredadores. Y así fue hasta que fue barrido del mapa por los marineros europeos en menos de un siglo, razón por lo que se ha convertido en el arquetipo de especie extinta a causa de los humanos.

Bien, hoy voy a hablaros de un curioso caso también relacionado con un ave que siguió un camino similar al del dodo, aunque en este caso fue barrida de su isla de hospedaje por causas naturales. La historia tiene lugar también en el Índico, concretamente en uno de esos lugares paradisíacos llamado atolón de Aldabra, perteneciente a las Seychelles.

En algún momento hace entre 136.000 y 240.000 años, una bandada de aves zancudas procedentes de Madagascar llegaron al citado atolón de Aldabra tras un viaje de 400 kilómetros. El extenso atolón coralino, en el que tampoco había depredadores, se convirtió en un lugar ideal para vivir, así que estos pájaros la colonizaron, y a fuerza de no necesitar huir perdieron la facultad de volar. Pero la alegría no podía durar para siempre, de modo que hace 136.000 años una enorme inundación arrasó la isla barriendo a esta peculiar especie, que sin posibilidades de huir se extinguió de un plumazo.

¿Qué pasó después? Pues que la historia se repitió, y una nueva bandada de pájaros zarpó desde Madagascar, llegaron a Aldabra y con el paso del tiempo, gracias a la evolución, acabaron igualmente perdiendo la capacidad de volar.

Los rálidos, son una familia de aves voladoras con aspecto de grulla que incluyen varias especies como las gallinetas y las fochas. Buena parte de estas aves tienen hábitos semiacuáticos, por lo que suele vérselas merodear las marismas. Algunas de ellas, como las dos citadas anteriormente, tienen tendencia a “dispersarse” tras vuelos extensos, y eso fue precisamente lo que les sucedió. Por cierto que el segundo de los mismos, llamado Dryolimnas cuvieri aldabranus (o rálido de garganta blanca de Aldabra) sigue vivo a día de hoy. En cierto modo podría decirse que los desastres naturales extinguieron a una especie, pero que la evolución se encargó de volver a recrearla.

¿Cómo sabemos esto? Pues gracias al trabajo de dos investigadores británicos que examinaron un conjunto de fósiles de alas y patas extraídos de la isla, que se conservan en el Museo de Historia Natural de Londres. Aldabra en particular, tiene el registro paleontológico más antiguo de todas las islas del océano Índico, según puede leerse en el trabajo.

Imagen del Atolón de Aldabra vista desde el espacio. (Crédito imagen: NASA).

La sorpresa vino cuando compararon los huesos fosilizados con otros especímenes de rálido de garganta blanca, algunos de ellos de aves de Madagascar que podían volar y otros de aves de Aldabran que habían perdido la capacidad de vuelo. ¿El resultado? Los huesos fosilizados tenían casi las mismas dimensiones que las de las especies actuales “terrestres” de Aldabra.

En esencia, los huesos de las alas se habían atrofiado y los de las patas se habían fortalecido. Esto indicaba que los ejemplares de la especie extinta también habían perdido la habilidad, merced al mismo proceso evolutivo. Teniendo en cuenta que hace 136.000 el atolón de Aldabra estaba completamente sumergido, el descubrimiento de estos paleontólogos indican que otra población de rálidos llegó posteriormente y que evolucionó siguiendo literalmente el mismo camino que sus antecesores.

Lo que yo me pregunto es ¿cómo ha hecho el rálido de Aldabra actual para sobrevivir a la suerte del dodo? Bien, según puedo leer este rálido es la última especie de ave no voladora que queda en el océano Índico. Afortunadamente el atolón está protegido y no existe población humana permanente, más allá de los trabajadores de un centro de estudio de la vida salvaje.

El trabajo, llevado a cabo por Julian Hume (Museo de Historia Natural de Londres) y David Martill (Universidad de Portsmouth, R.U.) se acaba de publicar en la revista Zoological Journal of the Linnean Society.

Me enteré leyendo Gizmodo.