La historia de Mary Toft, la mujer que paría conejos (o eso les hizo creer a todos)

Hoy voy a contaros una extraña historia de granujas y crédulos que sucedió en unos tiempos en los que la cultura científica simplemente no existía. Toca retrotraerse a tiempos del monarca Jorge I de Gran Bretaña, primer rey de la casa Hannover en las islas, y que según cuentan las crónicas era considerado un “bicho raro” por sus propios súbditos, que no le respetaban entre otras cosas porque jamás aprendió a hablar inglés. (Estos “problemillas” con los idiomas eran bastante comunes en las casas reales europeas, de hecho cuando el joven emperador Carlos I de España desembarcó en Tazones en 1517 tras haber sido educado en Flandes, hablaba un español francamente deficiente).

Pero me estoy yendo por los Cerros de Úbeda. Como comentaba, al “extraño” rey británico que solo hablaba alemán y que mantuvo a su prima Sofía (que también era su esposa) 32 años en prisión, le tocó vivir en una época en la que la picaresca y los truhanes con imaginación vivían con la única idea de engañar a los pudientes y así ganarse unas monedillas. El famoso y controvertido caso de Mary Toft, la mujer que paría conejos, ilustra a la perfección aquellos oscuros tiempos.

Grabado de la época mostrando a Mary Toft en pleno parto (nótese que erróneamente los conejos se representan vivos).

Veamos lo que sucedió:

Corría el mes de septiembre de 1726 y el cirujano John Howard, residente en Godalming (Inglaterra) recibió aviso de los familiares de Mary Toft, que le suplicaban que acudiera a presenciar lo que estaba sucediendo en su casa. Para su asombro, Howard asistió a la mujer durante el parto de nueve conejos.

Si esto no fuera de por sí bastante raro, los conejos venían al mundo muertos y troceados. ¡Ni uno solo nació de una sola pieza! A pesar de que hoy en día cualquiera habría pensado que allí había “conejo encerrado”, el cirujano Howard se tragó el cuento por completo.

Por ello, en cuanto pudo escribió excitadísimo a otros hombres de ciencia del país, urgiéndoles a ayudarle a investigar el insólito fenómeno. El revuelo fue tal, que pronto dos hombres prominentes enviados por el mismísimo rey llegaron para investigar el caso. Se trataba de Nathanael St. Andre, cirujano anatomista del monarca, y Samuel Molyneuxm secretario del Príncipe de Gales.

Mary, astuta y taimada como pocas, explicó a estos ilustres hombres que recientemente había sufrido un aborto, pero que durante el embarazo había tenido unas ansias tremendas de comer carne de conejo. Tras varios intentos infructuosos de cazar varios conejos, había soñado con que tenía a varios en su regazo. Lo siguiente que supo es que estaba dando a luz conejos.

Retrato de Mary Toft realizado en 1726. (Crédito imagen: wikipedia).

En presencia de los doctores, Mary continuó dando a luz a más conejos. Los hombres realizaron experimentos para verificar el fenómeno. Por ejemplo, tomaron un pedazo de pulmón de uno de los animales y lo sumergieron en agua para contemplar que flotaba. Esto significaba que debía haber respirado aire antes de su muerte, lo cual por supuesto no podía haber sucedido dentro de un útero. Sorprendentemente, los doctores ignoraron esta evidencia y decidieron creer lo que sus ojos habían visto. Para ellos Mary daba a luz conejos sin ningún asomo de engaño.

El 29 de noviembre Mary fue trasladada a Londres. Para aquel instante su caso se había convertido en toda una sensación nacional y en la capital, una enorme multitud rodeaba la casa en la que la alojaron en todo momento. En cuanto la mantuvieron constantemente vigilada, Mary dejó “sorprendentemente” de dar a luz conejos y su caso comenzó a desentrañarse.

Pronto aparecieron testigos que afirmaron haberles suministrado conejos al marido de Mary y más tarde, cuando un famoso doctor de Londres llamado Sir Richard Manningham amenazó a Mary con la necesidad de hacerle una inspección quirúrgica para examinarle el útero en nombre de la ciencia, la “timadora” rompió a llorar y prefirió confesar sabiamente.

Explicó que simplemente se había insertado los conejos muertos en el útero cuando nadie miraba, y que su motivación era el deseo de adquirir fama con la esperanza de recibir una pensión real. Poco después fue encarcelada por fraude, pero la liberaron sin juicio. Se dice que logró dar a luz a un niño normal un año después de los sucesos.

John Howard y Nathanael St. Andre, los dos cirujanos que la habían creído y defendido con pasión, tuvieron que mudarse muy lejos. Sus carreras médicas se habían ido al garete.

Curiosamente, como sucede a menudo con estas historias que alcanzan tanta notoriedad, el saber popular conservó en la memoria la historia de Mary Toft como algo que había sucedido verdaderamente. Se ve que ya en aquellos tiempos, la población prefería que la verdad no estropease una historia insólita, aunque fuera falsa.