La hermandad que sepulta a los intocables

Béthune (Francia), 21 may (EFE).- En la ciudad de Béthune, en la antigua cuenca minera del norte de Francia, la muerte forma parte del patrimonio cultural. También allí viste de negro, aunque su silueta se reconoce por el chaqué y el bicornio que portan los miembros de la hermandad Charitables de Saint-Éloi, encargada desde hace ocho siglos de dar sepultura a los muertos que nadie quiere tocar.

Béthune no entiende de ricos ni pobres. Allí no hay pompas fastuosas ni imponentes cortejos para despedir a quienes la vida les fue más dichosa: tan solo una docena de hombres de negro, en su mayoría jubilados, cargan con el ataúd por la calle de la Igualdad, la que lleva al cementerio principal de la ciudad.

"La casi totalidad de los entierros pasan por nosotros, diría que el 90 %. Es excepcional que una familia no cuente con nosotros", dice Robert Guénot, el preboste de la hermandad.

A sus 72 años, Guénot ha debido hacer frente a una nueva pandemia, un momento crucial en los ocho siglos de historia de los Charitables ("Caritativos") de Saint-Éloi.

Su creación se remonta a una de las plagas de peste negra que asolaron la región en la Edad Media. Fue en 1188, cuando la segunda ola de una fuerte epidemia mermaba la población de las ciudades, acabando en algunos casos con la mitad de sus vecinos.

"Había tantos muertos que la gente no se atrevía a tocarlos y los cadáveres desbordaban la ciudad", cuenta Guénot.

Dos herreros, Germon y Gauthier, procedentes de Béthune y del pueblo aledaño de Beuvry, compartieron un sueño en el que su patrón, San Eloy, se les aparecía con un mensaje idéntico: "Formad una caridad para dar sepultura a los cadáveres".

Y hasta hoy.

Una cofradía que no ha parado ni en los momentos más turbulentos de la historia de su país, como la Revolución Francesa. Vetada por los revolucionarios, tuvo que trabajar a escondidas después de que tres de sus miembros fueran decapitados en pleno Terror. Tras ser restablecidos por Napoleón, cambiaron su habitual sombrero de tres picos por uno de dos, en honor al emperador.

En el siglo XIX, cambió su estatuto para convertirse en una organización laica, aunque aún permanece vinculada al patrón de los orfebres y a su iglesia, cuyas vidrieras así como la capilla de San Eloy reflejan la ardua tarea de los "Caritativos".

Son el honor de su ciudad. Más aún tras recibir la Legión de Honor al final de la Segunda Guerra Mundial, por haberse atrevido a desobedecer a los alemanes para enterrar a un centenar de personas que habían muerto en el bombardeo de un hangar de la compañía ferroviaria. Cargaron con ellos, uno a uno, desde el destrozado edificio hasta el cementerio.

PASAR EL TESTIGO

Guénot, banquero jubilado, se prepara para el oficio del día. A un par de horas del entierro no sabe aún a quién darán el último adiós. Siempre de manera gratuita, por sus manos pasan por igual alcaldes y sintecho.

En su domicilio, en un barrio de casas adosadas a las afueras de Béthune, se viste con solemne parsimonia mientras su mujer, nieta de un antiguo cofrade, prepara el café en la cocina.

"Ahora llevamos pantalones en lugar de mallas, es lo único que ha cambiado, además del sombrero", explica mientras anuda el lazo de la chorrera azul. Es ese color azul el que les reconoce ante sus vecinos el derecho a tocar a los muertos.

"Por último, el bicornio. Y 'voilà', estoy listo", dice, antes de señalar la estantería, donde reposa el sombrero de Paul Becquert, el abuelo de su mujer, preboste en los años 30.

Ha habido otros cambios desde entonces. Becquert ostentó la presidencia durante dos años, cuando tenía 50. En las fotos de grupo de comienzos de siglo XX, los Charitables aparecen como hombres fornidos y a sus oscuros bigotes todavía no han llegado las canas.

"Hoy somos unos treinta miembros y apenas una decena no están jubilados, así que, claro, con el coronavirus muchos de los nuestros han preferido retirarse. Otros ya ni siquiera participan en los servicios porque viven con mascarillas de oxígeno", dice.

- "¿Quién decidió seguir adelante cuando llegó el coronavirus?"

- "Yo mismo. El decano me llamó y me dijo: 'Asume tus responsabilidades'. Y así lo hice, seguimos adelante", responde.

De las cuarenta hermandades que a semejanza de Béthune crearon sus propias cofradías de sepultura en el departamento septentrional de Paso de Calais, Béthune es de las pocas que ha seguido trabajando con la epidemia de la COVID-19.

EL GOLPE DEL CORONAVIRUS

El encuentro con el resto de compañeros se hace en la puerta del camposanto. El preboste es el primero en llegar junto al "chéri", encargado de organizar la ceremonia.

Ambos se dirigen hacia la cripta de espera, construida también en ladrillo como el resto de casas de esta localidad, más parecida a los bastiones mineros de Inglaterra que a la Francia de provincias.

En el interior de la cripta, guardan la carreta negra sobre la que llevan el ataúd hasta la fosa.

Poco a poco llegan los compañeros ya vestidos con el correspondiente uniforme al que se une ahora un detalle coyuntural: las mascarillas.

Se saludan juntando codos y comienzan una entretenida cháchara a la espera de que llegue el coche fúnebre.

- "Hombre, ¿cómo estás?".

- "Mejor sería indecente".

- "Oye, ten cuidado que llevas la chorrera doblada. Eso merece multa", dice el "chéri", quien al final del servicio impondrá una sanción de 50 céntimos a quien haya cometido alguna falta en el estricto protocolo.

Entre bajas y retiradas, hoy tan solo habrá ocho compañeros -de los once que se necesitan, según su protocolo- para enterrar a Raimunda, de 92 años, que ha muerto víctima del coronavirus.

Sus familiares van llegando y recibiendo las instrucciones del preboste, que se disculpa por la actitud desenfadada de sus compañeros con una buena excusa: "Es una prueba de que la vida sigue".

Los familiares de Raimunda vienen desde Lille, pero tienen una razón especial para recurrir a la hermandad.

"Mi abuelo murió hace cuarenta años y también fue enterrado por ellos. Me parece un bonito homenaje que estén ahora aquí para mi abuela", dice el nieto de la difunta.

El conductor de la funeraria abre la puerta trasera del coche. Los Charitables se colocan en torno al auto y Guénot dice unas palabras a modo de oración, antes de que sus compañeros carguen el féretro en la carretilla.

A paso lento, como en una procesión, esperan a que el enterrador haga sonar la campana del cementerio y atraviesan firmes la verja seguidos en el cortejo por la familia, que, por las normas gubernamentales para hacer frente a la epidemia, no pueden ser más de veinte.

El temor de los cofrades antes de asumir el reto del coronavirus era convertirse en un vector de la enfermedad, pero de momento se cumple una de sus viejas leyendas, según la cual San Eloy les protege de toda infección. Nunca un miembro de la comunidad ha sido víctima de una epidemia en el ejercicio de sus funciones.

Frente a la tumba abierta, junto al difunto marido, fallecido en 1981, aparece el nombre de Raimunda grabado entonces en la lápida.

No es el único caso. En la misma fila, varias tumbas recuerdan a los hombres de la región con pequeñas estatuas de mineros esculpidas, muchos de ellos fallecidos antes de cumplir 50 años. A su lado, el nombre de sus mujeres aparece únicamente con la fecha de nacimiento y un guion abierto. Raimunda llevaba 39 años preparada, pero otras fechas llevan más de cuarenta años esperando a ser cerradas.

Guénot dirige la ceremonia con unas oraciones que ha apuntado en una cuartilla blanca a petición de la familia. A esta le corresponde decidir si el entierro es civil o religioso.

Hace ya décadas que dan sepultura a Testigos de Jehová, evangelistas y, más recientemente, musulmanes.

Con notable esfuerzo, enganchan el ataúd con cuerdas y lo bajan a la fosa con la ayuda del enterrador.

Así y aquí acaba la historia de Raimunda, una de las más de 28.000 víctimas del coronavirus en Francia.

MORIR COMO REYES

El último en incorporarse a la hermandad ha sido Patrick Tijeras, hijo de inmigrantes españoles, que a sus 55 años es uno de los pocos que sigue en el mercado laboral, trabajando en logística.

"Lo que me incitó a entrar en la hermandad es la elegancia de lo que representa, la dignidad de la muerte. Reconocemos la dignidad de la vida, de la enfermedad y a veces olvidamos que la de la muerte también existe para todos. Nosotros no estamos ahí para juzgar quién ha sido bueno o malo, sino para dar una ceremonia noble, como a un rey. En Béthune, todos serán reyes un día", dice Tijeras.

De vuelta a la sede, junto a la magnífica plaza central reconstruida tras ser arrasada en la Primera Guerra Mundial, el paseo muestra la huella de la cofradía en el pueblo.

La ciudad está marcada con pequeños mosaicos de cerámica con un bicornio y las siglas "EUC": "Exactitud, Unidad, Caridad", el lema de la hermandad, cuyos miembros activos son solo hombres, aunque las mujeres también forman parte, teóricamente, de la organización.

- "Ellas deben firmar con nosotros, su misión es asegurar la limpieza y planchado de la vestimenta. Mi mujer se moría de risa cuando lo supo", cuenta Tijeras.

- "Bueno, no hay que exagerar. Si alguien viene manchado es culpa suya, no de su mujer", le replica Guénot.

Los Caritativos saludan de lejos a varios compañeros de hermandad, algunos de baja y otros fuera de servicio, pues son convocados según su disponibilidad.

Tras dieciocho años en la organización, los dos últimos como preboste, a Guénot le queda un mes para ceder el testigo a Pierre Massard, profesor jubilado, que tras solo cinco años será nombrado presidente.

También él apuesta por seguir trabajando durante la pandemia por una razón que a todos en Béthune les parece evidente: "Nuestra presencia ayuda", dice Massard.

La sede está incluida en el recorrido turístico de la ciudad. Su alcalde, sea cual sea su color político, se mantiene cercano a esta tradición, sufragada hoy día con las donaciones de las familias de los difuntos y el Ayuntamiento, que les cede una casa para sus reuniones.

Las visitas oficiales se llevan de recuerdo un libro con la historia de los Charitables, cuya máxima preocupación hoy día es ser capaces de renovar a sus ancianos miembros.

Aunque son parte del paisaje local, la apreciada hermandad también carga con varios estigmas: ser cosa de viejos y de católicos.

"Los que llegan a nosotros es por el boca a boca. Muchos piensan que la hermandad es algo elitista o que hay que estar bautizado para entrar, y no es verdad. Creo que cuando cambie el color de piel de los Charitables habremos penetrado en todas las capas de la sociedad y podremos continuar", opina Guénot.

Mientras tanto, más o menos alejados de la hermandad, los vecinos se contentan con seguir viendo las sombras de sus bicornios en las calles de Béthune, prueba fehaciente de que uno pertenece aún al mundo de los vivos.

Ellos son la última escolta, los que entonan el último adiós a quienes dejan este mundo. A los amigos que el tiempo se lleva lejos de los mortales, sin recursos o recubiertos de oro, bajo las bombas alemanas o bajo el yugo invisible de la pandemia. En Béthune, saben que los muertos pasan siempre por la calle de la Igualdad

María D. Valderrama

(c) Agencia EFE