Los hazaras afganos viven con terror bajo el régimen talibán

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La bandera negra y blanca de los talibanes ondea sobre los escombros de la estatua de un líder de la comunidad hazara en Bamiyan. Las buenas palabras de los nuevos dirigentes afganos no aplacan el miedo de esta perseguida etnia chiita.

"Todo el mundo está aterrorizado", asegura Najwa, una periodista local de 26 años que ya no puede trabajar. "Es imposible creerlos. Para los hazaras, y sobre todo para nosotras, las mujeres, ya no hay esperanza".

"Cuando supimos que llegaban, todos huimos a las montañas. Pasamos allí una semana, pero es imposible vivir allí arriba, y volvimos a bajar", dice esta mujer en esta ciudad situada en el centro de Afganistán, unos 130 km al oeste de Kabul.

Miembro de la Academia de Cine de Bamiyan, Najwa podría haber sido evacuada a Francia como numerosas amigas suyas pero, escondida en las montañas, no pudo recibir la llamada salvadora.

"Y ahora, es demasiado tarde", lamenta.

"Los talibanes decretaron una supuesta amnistía general, pero sabemos que hay secuestros, asesinatos", añade.

La persecución contra los hazaras, que representan un 10-20% de los 40 millones de afganos, se remonta a mucho tiempo atrás.

Según algunas estimaciones, la mitad de la comunidad fue exterminada a finales del siglo XIX, cuando sus territorios tradicionales fueron conquistados por los pashtunes sunnitas.

- 'Estamos aquí para protegeros' -

El primer mandato talibán (1996-2001), de sunitas radicales, dejó otros capítulos negros todavía presentes en sus memorias, como las masacres de Mazar-e Sharif (1998) o Yakaolang (2001), con centenares de civiles muertos indiscriminadamente.

El martes, Amnistía Internacional condenó la muerte de 13 hazaras por los talibanes en la provincia vecina de Daykundi a finales de agosto.

En su oficina, el gobernador provincial interino, recientemente nombrado jefe policial, recibe con cordialidad a periodistas extranjeros.

"Es verdad que la gente tenía miedo al principio", dice a AFP Musa Nasrat.

"Pero ya no queda nadie en las montañas. Les dijimos: +Retomad vuestra vida normal. Estamos aquí para protegeros+. No somos enemigos de los chiitas", continúa.

Para calmarlos, los talibanes nombraron a uno de los pocos chiitas en sus filas, Mahdi Mujahid, como jefe de inteligencia de la provincia de Bamiyan.

Sus primeras palabras: "mi comunidad no tiene nada que temer".

Pero Abdul Danesh Yar necesita más que palabras. Este director de escuela privada de 33 años es representante local de la asamblea de sociedades civiles del centro de Afganistán.

"No podemos confiar en ellos", dice. "La historia de nuestro país está llena de masacres y deportaciones de hazaras".

"La comunidad internacional, Estados Unidos, nos ha traicionado (...) Creímos en sus valores y nos han abandonado", lamenta.

Para él, los talibanes "no cambiarán nunca. Han salido de sus madrassas extremistas. Su ideología es inamovible", afirma.

- 'Nadie los cree' -

El miedo es especialmente palpable en Bamiyan, una de las ciudades que más se ha beneficiado en los últimos 20 años de la presencia internacional, sus iniciativas y subvenciones.

Las mujeres practicaban deporte, había más chicas que chicos en la universidad, se organizaban conciertos de rock. Entre 2005 y 2013, la provincia contó con la primera gobernadora del país, Habiba Sarabi, ahora exiliada en Turquía.

Abdulhaq Shafad, poeta y escritor local de 41 años, es miembro de la "comisión popular" de 22 miembros constituida tras el cambio de poder para "resolver problemas".

"Por ahora, no han cometido actos negativos", dice.

"Pero el futuro es imprevisible. Si la comunidad internacional reconoce su régimen y no hay más presión del extranjero, las cosas pueden empeorar", asegura.

En la salida de la ciudad, a no mucha distancia del campo de manzanas de Rajabali Sahebzadah, están desperdigados los escombros de la estatua de Abdul Ali Mazari, dirigente hazara convertido en mártir al morir en 1995 como prisionero de los talibanes.

Tres días después de su victoria, el monumento fue detonado. Ahora son solo piedras blancas en el centro de una rotonda.

"Tenemos miedo, pero no tenemos opción. Hay que comer", dice el joven agricultor.

"Ellos niegan haber destruido la estatua. Nadie los cree".

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