Hasta ellos reconocen que lo están haciendo mal: los premios Nobel y su ceguera.

 

Tres químicos. Tres físicos. Un escritor. Tres médicos. Una ONG. Y un economista. Hace unos minutos se ha hecho público el Nobel de economía de 2017 para Richard H. Thaler. Un hombre más de los 79 galardonados hasta el momento en esa categoría –con sólo una mujer en la lista, Elinor Ostrom-.

En total, los Nobel de este año han reconocido a once personas. Bueno, en realidad, a once hombres. Y a ninguna mujer. Ninguna parece haber hecho méritos para recibir un Premio Nobel este 2017. Como ninguna los hizo para recibir cualquiera de los Nobel en 2016. Hay que remontarse hasta ¡¡2015!! para encontrar a la última mujer entre el Olimpo de los Nobel. Hace dos años la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió el Nobel de literatura.

The 2015 Nobel literature laureate Svetlana Alexievich (L) of Belarus

Una galardonada en los últimos tres años. Una sola mujer entre más de treinta hombres.

Y no será por falta de candidatas. Que las hay, y muchas. Pero los Nobel insisten en ignorarlas. Este año. Y los anteriores. Un ejemplo: de los 203 físicos premiados en las historia de los Nobel, sólo dos eran mujeres –una de ellas, Marie Curie, que hizo historia al ser la primera persona en recibir dos Nobel: ganó también el de Química-. De los 173 que han ganado el de química, sólo cuatro son mujeres –Marie Curie entre ellas-. Y, en medicina, más de lo mismo: hay 12 mujeres laureadas frente a 202 hombres.

El presidente de la Fundación Nobel, Carl-Henrik Heldin, se ha visto obligado a reconocer un problema de diversidad de género en la entrega de estos galardones. “Espero que en unos años haya más mujeres ganadoras del Nobel”, se ha limitado a decir, en un acto al que acaba de asistir en España.

La falta de mujeres en el reconocimiento de los Nobel no tiene que ver con la falta de candidatas potentes -a la altura de los candidatos hombres- en cada categoría. Vera Rubin, descubridora de la materia oscura.  Arlene Shaper por sus trabajos para aprovechar las propias defensas del cuerpo humano para combatir el cáncer.  Lene Vestergaard Hau por frenar la velocidad de un rayo de luz hasta los 17 metros por segundo. Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, multipremiadas por haber desarrollado una técnica de edición genómica que permite corregir genes defectuosos con un nivel de precisión sin precedentes. Carolyn Bertozzi por iluminar la comunicación entre las células, esencial para entender procesos como el cáncer.

¿Somos invisibles? ¿Por qué no las premian?

¿Dónde están las mujeres científicas? ¿Y las economistas? ¿Y las escritoras? 

Encerradas en los laboratorios. Si consiguen llegar. Escribiendo en sus casas. Si consiguen tiempo. Trabajando en sus despachos.

Un estudio de la Universidad de Princeton demuestra hasta qué punto las mujeres en la ciencia están marginadas. Les pidieron a profesores de facultades científicas que valoraran –para contratarlos- los trabajos de varios estudiantes. Lo que no sabían era que estaban duplicados y que en una copia figuraba como autor un hombre y en la otra una mujer. Pues bien, los trabajos que –teóricamente- habían escrito los hombres fueron valorados como mejores, y sus autores puntuados como más competentes y contratables que los idénticos trabajos elaborados –teóricamente- por mujeres. Además, a los supuestos autores masculinos de los dossiers se les ofrecieron salarios y condiciones mucho más favorables que a las mujeres. A ellas –a los trabajos que en teoría habían escrito ellas- las calificaron como menos competentes.

Este terrible sesgo de género –otros estudios indican que, a mismo puesto, los científicos tienen mayor laboratorio o mejores equipos que las científicas-, es decir, los prejuicios que en pleno siglo XXI se sigue teniendo sobre la inteligencia o la capacidad de las mujeres, se mezcla con nuestro propio Síndrome de la Tiara. Las mujeres esperan –esperamos- a que alguien se fije en nuestro trabajo y nos valore o premie por él. No sabemos vendernos.

Vamos a tener que empezar a espabilar. A perder la vergüenza. Nadie lo hará por nosotras.