¿Han creado los chinos monos inteligentes insertándoles genes humanos?

Macaho rhesus. (Imagen Creative Commons vista en pexels.com).

Los aficionados a la ciencia, como este junta letras, nos hacemos muy a menudo preguntas que no deberían tener una respuesta sencilla. Sabemos que no todo vale en el nombre de la ciencia, y que los comités éticos son necesarios si no queremos evitar la irrupción de pequeños Mengueles dispuestos a traspasar toda clase de límites con tal de ver su nombre en los titulares de todo el mundo.

Gracias a los necesarios frenos que nos imponemos en occidente (China es otra cosa), los científicos de la Unión Europea y de los Estados Unidos no contemplan la posibilidad de experimentar con grandes primates, nuestros primos evolutivos, con quienes compartimos un ancestro común hace apenas de 6 a 7 millones de años.

En cambio, el macaco Rhesus y los humanos divergimos hace 25 millones de años, y esa acusada diferencia evolutiva hace que se permita experimentar con él en lo relativo a enfermedades incurables para el hombre, lo cual no parece para nada el caso en esta ocasión. Y es que como decía antes, los impedimentos éticos en China para experimentar con genes humanos parecen menos.

Por ello, cuando recibí el encargo de hablar sobre un experimento procedente del gigante asiático, que implicaba jugar con genes humanos añadidos al ADN de macacos, con el fin de estudiar como afectaba a su desarrollo cerebral (y al ver que internet se llenaba de titulares que afirmaban que estos monos se habían hecho más inteligentes) decidí pedir ayuda a voces expertas.

¿De verdad andaban los chinos detrás de crear simios inteligentes? ¿Debería revisar la saga del Planeta de los Simios para prepararme ante lo que nos esperaba a los humanos? Mi admirado colega Juan Ignacio Pérez, catedrático en fisiología y responsable de la cátedra de cultura científica de la Universidad del País Vasco, me sitúa sobre un concepto muy importante de cara a entender este trabajo.

¿Sabéis lo que significa el término neotenia? Bien, pues si os digo que etimológicamente proviene de “neo” que significa joven y “teinein” que significa extender, recibiréis una buena pista. En biología, se dice que un animal es neoténico si conserva características del estado juvenil una vez que este alcanza la edad adulta. (Algo que le sucede por ejemplo al ajolote).

Como me indica Juan Ignacio, sucede que una de las diferencias a efectos de desarrollo neuronal entre los humanos y los chimpancés, es que existen una serie de genes que se expresan más tarde en nuestra especie. Este retraso, que en principio puede tomarse como un inconveniente (los bebés humanos nacen mucho menos desarrollados cerebralmente que los de los macacos) termina por conferirnos una ventaja a efectos cognitivos. Se puede decir entonces, que los cerebros de los humanos presentan rasgos neoténicos, lo cual explica que nuestra “infancia” (o si lo preferís, nuestra fase de “aprendizaje”) sea la más larga entre las de todos los grandes primates.

Por alguna razón sospecho que la edición genética de los macacos empleados por el equipo de investigadores chinos, dirigidos por Lei Shi, se ha efectuado con la famosa herramienta CRISPR, que terminará (algún día) por valerle un Premio Nobel a nuestro compatriota Francisco Mojica, así que pido ayuda a uno de sus colegas, el investigador del CSIC Lluis Montoliu, biotecnólogo, genetista y divulgador de excepción.

Secuencia de El Planeta de los Simios, 1968. (Imagen vista en flckr cuenta de Keith.Bellvay).

Lluis Montoliu publica un hilo en Twitter en el que, entre otras cosas, aprendo que el equipo chino no empleó CRISPR para editar el genoma de los macacos, sino que han trabajado con macacos transgénicos generados con lentivirus. Esta tecnología, que existe desde 2002, permite “infectar” con genes de otras especies – aunque eso sí, al azar – el genoma del huésped.

Empleando esta técnica, el equipo de Lei Shi consigue crear 11 macacos transgénicos (parece ser que China es la Meca de los científicos que desean hacerse con estos monos con fines experimentales), los cuales poseen entre 2 y 9 copias de un gen llamado MCPH1 (o microencefalina) implicado en el desarrollo del cerebro humano. De esos 11 macacos con genes sobreexpresados, 5 consiguen sobrevivir y serán ellos (realmente una muestra minúscula) con los que se realice el trabajo ahora publicado.

Tal y como explica Montoliu, el genoma del macaco también cuenta con el gen MCPH1, aunque este muestra algunas diferencias tanto de expresión como de estructura, lo cual seguramente implica una funcionalidad distinta entre ambas especies, separadas evolutivamente – recordemos – por 25 millones de años.

Pero volvamos al experimento. Estudiando el cerebro de los monos transgénicos y comparándolos con congéneres no sometidos a ingeniería genética, mediante tomografías de resonancia magnética, el equipo chino mide tanto el tamaño de la materia blanca como el desempeño de ambos en test de memoria computarizados.

¿El resultado? Según los chinos, los monos transgénicos no tienen cerebros más grandes pero obtienen mejores resultados en las pruebas de memoria a corto plazo, lo cual para el equipo de Leu Shi resulta ser un hallazgo notable. Sin embargo, es importante recalcar las diferencias entre la funcionalidad del gen MCPH1 de macacos y humanos, para lo cual, según explica Lluis Montoliu, debería de estudiarse cómo este ha co-evolucionado junto a otros genes, tras tantos millones de divergencia.

No obstante, reconoce que algunos de los resultados obtenidos en los macacos transgénicos (retraso o alteración en patrones de diferenciación neuronal) sí podrían interpretarse como típicos del papel jugado por este gen en humanos, aunque se debería conservar la prudencia. Por eso – critica – no deberíamos deducir que las diferencias en cuanto a la neotenia observada en estos monos tienen algo que ver con la mayor complejidad cognitiva del cerebro humano.

Tras poner en duda los aspectos éticos de este experimento, algo que se repite en multitud de medios occidentales especializados, el investigador del CSIC pide cautela y alerta contra malas interpretaciones de los datos obtenidos, que han dado lugar a titulares fuera de contexto.

En fin, particularmente y tras hablar con personas informadas creo que no será necesario revisitar el planeta de los simios alarmado y en busca de ideas. Con suerte, con el paso del tiempo incluso las autoridades chinas llegarán a limitar esta clase de trabajos, que solo pueden calificarse como imprudentes e innecesarios.

El trabajo original del equipo de Lei Shi se publicó, después de ser rechazado por múltiples revistas occidentales, en National Science Review, publicación con sede en Pekín.

El artículo de divulgación científica más serio al respecto de este asunto lo ha publicado en MIT Technology Review el experto comunicador Antonio Regalado.