Entre el hambre y el miedo en las cuevas de Bamiyán, en Afganistán

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Viven al día, en medio de una miseria digna de la Edad Media. La conquista de su mítico valle por parte de los talibanes no hizo sino sumar miedo y hambre al calvario de los habitantes de las cuevas de los acantilados de Bamiyán.

Los huecos que solían albergar los dos budas gigantes, antes de que los talibanes los pulverizaran con explosivos en 2001, están a menos de tres kilómetros, en esta región del centro de Afganistán.

Pobres entre los pobres, varios centenares de familias ocupan, algunas desde hace año, las cuevas abiertas por los monjes budistas en el siglo VI.

La de Fatima -que quiere mantener su apellido en secreto-, de 55 años, se hundió parcialmente por culpa de las lluvias de la primavera de 2020. Desde entonces, vive hacinada con tres personas más en una cueva de 6 m2.

"Vivíamos en la miseria y la desgracia, ahora se ha añadido el miedo", afirma, escondiéndose parte de la cara con el velo. "Esta noche no comeremos. El invierno llegará pronto y no tendremos nada para calentarnos".

El valle, uno de los más hermosos del país, estuvo libre de combates de combates durante veinte años, al contrario que el resto de la provincia, aunque sí que se produjeron algunos atentados.

Pero la llegada, en agosto, de unos hombres con estandartes blancos hizo que prácticamente toda la actividad quedara paralizada, salvo la recolección de patatas, el único cultivo posible a 2.500 metros de altitud.

Los hombres se han quedado sin sus empleos (obrero, jornalero o esportillero eran los más frecuentes) por lo que ahora solo logran llevar algún dinero a casa, el justo para pasar el día y calmar, de algún modo, las punzadas de hambre.

"Bajo al bazar de [la ciudad de] Bamiyán todas las mañanas, pero vuelvo sin nada", afirma Mahram, de 42 años, un albañil con la piel curtida por el sol. "Cuando había trabajo, ganaba 300 afganis [tres euros] al día".

"Además, todos los precios han subido. De momento, enviamos a los niños a recoger papas. Los campesinos les dan algunas en forma de salario. Eso es todo lo que tenemos, con un poco de pan", añade. "Pero dentro de diez días la cosecha habrá terminado y nos moriremos verdaderamente de hambre. Alguna gente morirá".

- "El frío llegará pronto" -

Como la mayoría de los habitantes de la provincia, son hazaras, una minoría chiita perseguida desde hace siglos en Afganistán. La victoria de los talibanes, unos sunitas radicales, causa terror entre los vecinos del acantilado.

"Esto da mucho miedo, pero no han venido, y quizá no suban hasta donde estamos nosotros", señala Amena, de 40 años, madre de cinco hijos, ninguno de los cuales va a la escuela. "Es una amenaza. Pero lo único que importa es encontrar comida. Y, con ellos en el valle, esto se ha vuelto aún más difícil. Los hombres ya no trabajan".

Amena aparta la cortina que hace las veces de puerta en su cueva. Dentro, hay una tarima tallada en la roca, dos cojines, un pedazo de alfombra muy usado y una estufa, que ha dejado el techo tiznado de hollín. Cerca de la entrada, hay un fajo de ramas de patatas, su único combustible. "La madera es demasiado cara", comenta.

Aquí no hay electricidad y el agua hay que ir a buscarla dos o tres veces al día al río, en la parte baja del valle. Las cuevas están conectadas por unos senderos de cabras, pero la pendiente es tan pronunciada que en cuanto hay tormenta es imposible salir. "Cuando llueve, nos quedamos dentro y rezamos para que nada se hunda", dice Fatima.

Saifullah Aria, de 25 años, es el jefe adjunto del Consejo local. Tiene un título en Sociología pero nunca ha encontrado empleo. "Aquí, la gente es pobre. Muy pobre. Ganaban cien, doscientos afganis al día. Pero desde hace seis semanas, con los talibanes, ya nada. Tienen hambre. Una comida diaria es lo más habitual. Trozos de patata con pan. Con el frío, que llegará pronto, los más débiles morirán, eso seguro".

Según Aria, ninguna oenegé se ha interesado nunca por ellos y sus trámites ante las autoridades locales de Bamiyán han quedado sin respuesta.

"Yo, en primavera, recibí algo", le contradice Jamila, de 30 años y madre de cinco hijos. "Una organización afgana vino, me dio una pala".

"¡Una pala!", exclama Kamela, de 24 años y madre de una niña. "Tienes suerte".

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