Haití, el país de la eterna inestabilidad: las claves tras el magnicidio de Moise

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Protesta contra el presidente Jovenel Moise, el pasado 14 de febrero, en Puerto Príncipe.  (Photo: Jeanty Junior Augustin via Reuters)
Protesta contra el presidente Jovenel Moise, el pasado 14 de febrero, en Puerto Príncipe. (Photo: Jeanty Junior Augustin via Reuters)

Han matado al presidente de Haití, Jovenel Moise. Un ataque a tiros en su casa ha acabado con su vida. Aún no se conocen los detalles del atentado, pero sí el contexto: se produce dos meses antes de las elecciones presidenciales y legislativas, convocadas para el próximo 26 de septiembre -unos comicios en los que Moise no podía ser candidato-, y cuando hay convocado, para esa misma fecha, un referéndum para aprobar una nueva Constitución.

El texto no gustaba ni a la comunidad internacional ni a la oposición. Entre otros elementos, permite la reelección presidencial por dos mandatos consecutivos, algo prohibido desde el fin de la dictadura de los Duvalier (1986), una apertura a perpetuar en el poder al presidente que no gustó a sus contrarios, más aún cuando Moise no era un presidente con una amplia base popular, ya que logró sólo 600.000 votos en un país de 11 millones de habitantes. Y más: el refrendo es totalmente inconstitucional de acuerdo con la actual Constitución, que establece claramente que la ley no puede ser cambiada a través de una consulta.

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La crisis política se había acentuado por este cisma. El país atraviesa una fuerte división desde mediados de 2018 y vivió su momento más grave el pasado 7 de febrero, cuando Moise denunció que los partidos opositores, con el apoyo de varios jueces, abogados, académicos e iglesias, tramaban un golpe de Estado. Hubo una cincuentena de detenidos.

El bloque disidente decía que su mandato de cinco años llega a su fin, simplemente, pero el presiente, que juró el cargo en 2017 (un año después de lo que se suponía por las irregularidades y protestas que llevaron a repetir las elecciones de 2015), sostenía que su Gobierno terminaría en 2022. No ha habido ni diálogo ni acercamiento en estos meses, sino posiciones más enconadas.

Crisis de seguridad y de democracia

El pasado febrero, el día que según la Constitución debía ocurrir el traspaso de poder, se produjo una oleada de protestas y huelgas que culminaron con la militarización de las calles de Puerto Príncipe y otras ciudades a lo largo de la nación caribeña. Haití atraviesa desde entonces una honda crisis de seguridad, que se ha agravado en especial desde comienzos de junio por luchas territoriales entre las bandas armadas que se disputan el control de los barrios más pobres de la capital.

En este tiempo, ha habido fuertes acusaciones de corrupción contra Moise, de que el Ejecutivo no sólo ha fallado a la hora de proteger a la población de la violencia, sino que también ha sido cómplice en ciertos actos violentos. Igualmente, ha sido muy cuestionado por las formas en las que ha reprimido las protestas en su contra y por cómo ha fallado en contener el crimen y los secuestros, que han aumentado más de un 200% durante su mandato. En enero de 2020, Moise disolvió el Parlamento y desde entonces ha gobernado Haití por decreto, con un afán presidencialista, lejos de planteamientos realmente democráticos.

Entre sus decretos más polémicos, estuvo el de declarar las protestas violentas y vandalismos como “terrorismo”, el de crear un consejo electoral que no sigue las reglas establecidas anteriormente y la limitación del poder de un grupo de auditores que generalmente supervisaban al gobierno.

Haití, la nación más pobre del hemisferio occidental, está sumido, pues, en la peor crisis de últimos años, lo que es mucho decir en una nación marcada por una interminable historia de inestabilidad política, social y económica. Desde que la dinastía de los Duvalier fue derrocada hace 35 años, ha sufrido sucesivas crisis de poder, elecciones puestas en tela de juicio y golpes de Estado que la han convertido en la nación del continente que más Gobiernos ha tenido en menos tiempo, desde finales del siglo XX. De 1986 a la actualidad, el país ha tenido una veintena de gobiernos, encabezados por militares, presidentes electos o interinos, consejos de ministros o gobiernos de transición, indica la BBC.

Llueve sobre mojado

Esta actual situación de inestabilidad política en Haití no puede verse fuera del contexto perpetuo de pobreza, desigualdad e interferencia de poderes extranjeros que ha vivido el país a lo largo de su historia. El 60% de la población haitiana, o 6,3 millones de personas, sigue siendo pobre y el 24%, o 2,5 millones, se encuentra en situación de pobreza extrema, dice el Banco Mundial.

En ese escenario, se han ido aplicando supuesta soluciones totalitarias, a las claras o retorciendo procesos electorales legales en inicio, sin que la comunidad internacional haya tomado cartas en el asunto. Si a ello se suma el lastre de sucesivos desastres naturales como el terremoto de 2010 o el daño del coronavirus entre su población, no es de extrañar que las calles ardan.

Ahora tocará explicar, más allá de estas brasas, cómo, por qué y quién ha llegado al paso del magnicidio contra el presidente.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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