¿Por qué no ha habido ola republicana? Las razones de la victoria que amarga a Trump

“Vamos a tener una gran noche”, vaticinaba Donald Trump cuando cerraron los colegios electorales de Estados Unidos, el martes, tras la jornada electoral de mitad de mandato. Es lo que auguraban sus mejores sondeos pero no es lo que los ciudadanos decidieron con sus votos. El expresidente y su formación, el Partido Republicano, han sufrido un importante revés porque, aunque se vayan a hacer con el control de la Cámara de Representantes y el Senado aún esté en disputa, no han arrasado como se preveía, no han machacado a los demócratas de Joe Biden, no han encumbrado a candidatos radicales de los que pueden llevar en volandas al magnate a un próximo mandado presidencia, en 2024. La llamada “ola roja” -el color con el que en EEUU se identifica a los republicanos- no fue tal. Vamos a dejarlo en onda.

Se las prometían felices y se han pasado de entusiasmo, de expectativas. Con una inflación del 8%, que amenaza con irse al 10% y ser la peor en cuatro décadas, y sabiendo que el presidente Biden no llega ni al 40% de aprobación popular, habían planteado estas midterms como la constatación de un cambio político en el país, tras la victoria demócrata de 2020 en la Casa Blanca, tan cuestionada por parte de la formación. “La hora de los buenos”, resumía jocoso J.D. Vance, que ha ganado el puesto de senador conservador por Ohio, uno de los pocos trumpistas que ha cumplido con lo esperado.

Resultados de las elecciones de mitad de mandato en EEUU, 2022. (Photo: EPDATA)
Resultados de las elecciones de mitad de mandato en EEUU, 2022. (Photo: EPDATA)

Resultados de las elecciones de mitad de mandato en EEUU, 2022. (Photo: EPDATA)

No ha habido tan vuelco. No ha habido tsunami. Ellos han cumplido con lo justo, que es quedarse con los congresistas, pero ni se garantizan las dos cámaras, como era su esperanza para bloquear todo lo que intente hacer Biden, ni se quedan con cargos clave de gobernador, que deciden realmente sobre derechos esenciales como el del aborto o el voto de las minorías o que supervisan la limpieza de unas presidenciales, los que dicen si hubo o no fraude, al fin. ¿Por qué?

Una de las razones de ese frenazo tiene que ver con las apuestas de campaña. La economía, es verdad, se desacelera y puede que EEUU esté a las puertas de una recesión técnica. Los precios siguen subiendo, pero el crecimiento ha continuado -el PIB en el tercer trimestre de 2022 ha subido un 0,6% respecto al trimestre anterior, en tendencia al alza tras una primavera peor- y el desempleo sigue siendo objetivamente bajo -del 3,7%, prácticamente no hay paro-. Así que, como constatan los informes de la consultora Ipsos, pude haber preocupación y desencanto con la economía, pero no hay despidos en masa, esto no es la crisis de 2008, y con ese único argumento no podía tumbarse a los demócratas, que es lo que han intentado los republicanos.

Peor aún: sobre el argumentario económico general, se ha elevado la voz de Trump para hablar de otros asuntos y, si no lo hubiera hecho, a lo mejor ahora tenían mejores números, porque su radicalismo, ese que fideliza votos muy convencidos ya, ha asustado a electores más templados. Ahí está el aborto, un derecho derogado por el Supremo que cada Estado debe proteger o enterrar; o la inmigración, pilar en las inclinaciones del voto latino menos pudiente. Y, claro, también está la teoría de la Gran Mentira, las acusaciones de fraude electoral que aún colean aunque Biden lleve dos años en el Despacho Oval. No ha sido clave, pero el asalto al Capitolio en enero de 2021 también ha hecho algo de mella si hay ciertos republicanos, empezando por Trump que hasta tiene que declarar al respecto, que aún enaltecen como patriota aquel intento de golpe de estado.

Trump y su histrionismo han mantenido vivos estos asuntos pero para el mal de su partido, que era muy fuerte en el discurso económico. Eso ha ayudado a los más progresistas a acudir a las urnas, a movilizarse. No es que se hayan cambiado voluntades, sino que se han activado votantes. “Esos temas han tenido un efecto en la movilización, pero no han influido en el voto individual. Se han neutralizado a sí mismos. No ha habido un ‘Normalmente voto republicano pero estoy muy preocupado por el aborto y voy a cambiar’, sino un ‘Esta vez voy a votar’”, sostiene Grant Reeher, director del Instituto Campbell de Asuntos Públicos y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Siracusa, en declaraciones a la Agencia EFE.

En esas materias, los demócratas siguen teniendo una mejor estampa y han sido inteligentes en campaña, tratando de aparcar la peor parte económica -no así los paquetes legislativos aprobados por Biden en estos dos años, de los que sí han hecho bandera- y recordando que estaba en juego el alma del país, su esencia de derechos y libertades, de modelo democrático. También han antepuesto causas que los republicanos ni citan, o lo hacen para salirse del carril, como el propio Trump, como es el caso del cambio climático o el racismo.

Una seguidora del candidato republicano Lee Zeldin, aspirante a gobernador en Nueva York, lamenta su derrota en la noche electoral. (Photo: Jason DeCrow via AP)
Una seguidora del candidato republicano Lee Zeldin, aspirante a gobernador en Nueva York, lamenta su derrota en la noche electoral. (Photo: Jason DeCrow via AP)

Una seguidora del candidato republicano Lee Zeldin, aspirante a gobernador en Nueva York, lamenta su derrota en la noche electoral. (Photo: Jason DeCrow via AP)

Los republicanos han dado aliento a los demócratas, en resumen, y cierta parte del electorado ha salido en defensa de un estatus de vida que se puede perder o ya se está perdiendo,  como en el caso de la interrupción voluntaria del embarazo. Eso explica el voto joven y el voto femenino que se ha ido a la saca de los de Biden. De récord, porque estaba en juego un modelo de estado, a largo plazo. Los progresistas deben estar contentos pero, también, hacer examen de conciencia, porque sin esa ayuda que ha sido un chute de energía en sus apoyos las diferencias hubieran sido mayores. De momento, ha frenado la manida ola.

No hubo la misma movilización, en defensa de su visión, de los republicanos. “Republicanos e independientes se quedaron en casa”, se lamentaba Mayra Flores, representante republicana en Texas que fue derrocada por su oponente demócrata, Vicente González. “No te quejes de los resultados si no intentaste hacer tu parte”, acusa a sus electores en una frase que demuestra el enfado importante por esa falta de activación de sus bases.

Lo que auguraban las encuestas era que los de Biden pagarían estar en el poder, que es lo que le pasa a todos los partidos en el Gobierno cuando llegan las elecciones de mitad de mandato. Eso también ha podido generar un exceso de confianza en los representantes republicanos y en sus seguidores, lo que a la poste se ha traducido en que Biden es el presidente que mejores datos ha sacado en unas midterms en 20 años. Se entiende que el mandatario compareciera anoche no relajado pero sí aliviado, y dando titulares como: “Hoy es un gran día para la democracia”.

Un refrendo sobre Trump

Tampoco ha habido ola roja porque las legislativas y las estatales no son unas elecciones presidenciales. La clave es otra. Necesitan discursos diferentes, otras preocupaciones, que no son las que el empresario enfoca. Han acabado por ser una prueba de fuego sobre el legado de Trump y su continua influencia sobre el Partido Republicano. El veredicto es el que es: su poder absoluto, sus apuestas extremas, no son necesariamente caballo ganador.

Jon Taylor, de la Universidad de Texas, explica a la BBC que muchos votantes que estaban indecisos podrían haber definido su voto en un esfuerzo por socavar la influencia de Trump sobre el partido. “Si observa a los candidatos que apoyó Trump, en particular a los que niegan las elecciones y se postulan para gobernador, al Senado o como secretarios de Estado, muchos de ellos han perdido, e incluso donde se ha ganado, no se ha extendido la base del Partido Republicano, ha sido por la mínima”, destaca.

Es uno de los puntos coincidentes de los analistas en estas horas, que Trump apostó por perfiles similares al suyo, llamativos, gritones, televisivos, alejados del partido tradicional, y eso ha retraído al electorado. Ha perjudicado a su formación en su intento de ser hacedor de reyes, cuando los elegidos rompen, desde el populismo o la inexperiencia, las costuras de un partido que ahora comanda él, pero que tiene una enorme tradición de seriedad. El magnate ha pasado a ser un valor dudoso en las urnas con sus extravagancias y la de su camarilla de elegidos. Algunos de los más señalados han acabado perdiendo, como Blake Masters, en Arizona, o Mehmet Oz, en Pensilvania, que aspiraban a ser senadores. En Georgia, Herschel Walker tiene que someterse a segunda vuelta. Otros gobernadores han vencido, pero por la mínima.

Donald y Melania Trump, tras votar el martes en el centro Morton and Barbara Mandel de Palm Beach, Florida. (Photo: Andrew Harnik via AP)
Donald y Melania Trump, tras votar el martes en el centro Morton and Barbara Mandel de Palm Beach, Florida. (Photo: Andrew Harnik via AP)

Donald y Melania Trump, tras votar el martes en el centro Morton and Barbara Mandel de Palm Beach, Florida.  (Photo: Andrew Harnik via AP)

Analistas en la CNN o incluso en Fox explican que Trump sí ha podido ser bueno para recaudar fondos para su partido, al señalar con su dedo de dios a determinados candidatos, pero que ha sido pernicioso porque ha movilizado a los demócratas o templados y, a la vez, no ha convencido a los republicanos de siempre, parte de los cuales han optado, como decía Flores, por no acudir a votar. Ya le ocurrió en las elecciones de medio mandato de 2018, siendo presidente, pero entonces se amortiguó todo porque, ya se sabe, quien está de presidente lo paga en este examen de ecuador de legislatura.

La elección de estos nombres no ha sido aleatoria, sino estratégica, y no le ha salido bien a Trump. Lo avisaba antes de los comicios The Brookings Institution, un tanque de pensamiento norteamericano que avisaba de que una derrota de estos candidatos podría plantear preguntas sobre la “perspicacia política” del exmandatario. Eso hace que la prensa norteamericana esté ardiendo ahora con titulares inesperados hace 48 horas. “Un líder quemado”, “liderazgo comprometido”, “que pase el siguiente”, “Trump, amortizado”, “mercancía dañada”... Es como para que esté pegando gritos por los rincones, como han asegurado sus asesores que hace. Le echa la culpa de lo ocurrido hasta a su esposa, Melania.

Trump, en una de esas frases que sólo él puede pronunciar, dijo cuando se empezaron a contar los votos: “Creo que si ganan, yo debería recibir todo el crédito, y si pierden, no debería ser culpado en absoluto”. Autocrítica no hay que esperar por su parte. No habla ni de exceso de confianza ni de candidatos equivocados. Tampoco de cómo queda en tela de juicio su criterio. Y sus aspiraciones, porque Trump quiere presentarse a la reelección a la Casa Blanca en 2024, pensaba anunciarlo el próximo 15 de noviembre, y ahora, si lo hace, que lo hará según los pronósticos, será con menos candilejas.

“El lugar de Trump en el partido es mucho más débil después del martes. La verdad es que si no fuera por las intervenciones del expresidente, la noche podría haber sido mucho mejor para el Partido Republicano”, escribe David Sider en Politico. “Ya no tiene el viento de cola”, resume en el mismo medio Chuck Coughlin, un veterano estratega republicano con sede en Phoenix.

Al resbalón de sus ahijados, a las diferencias públicas que esto saca a la luz en el seno de su formación, se suma el ascenso fulgurante de Ron DeSantis, que repite como gobernador de Florida pero con unos datos escandalosamente mejorados, y que siempre se ha visto como un aspirante republicano a la presidencia, nada afín a Trump. Medios poco sospechosos de ir con la derecha, como la propia Fox o The New York Post están ya apostando por él sin cortarse.

El expresidente ha intentado incluso embarrar su campaña -un tiro en el pie- con comentarios en una entrevista a Fox como: “Te diría cosas sobre él que no serán muy halagadoras, sé más sobre él que nadie, aparte de, quizás, su esposa (...). Si me enfrentara a él, le ganaría como a todos los demás (...) No hay más debate, no tiene posibilidades”. Una zancadilla en toda regla.

DeSantis ha sido más listo que otros acólitos trumpistas y se ha mantenido fiel a la línea republicana de siempre. Ni siquiera buscó el respaldo de Trump en su campaña de este año. Por sí solo, ha recaudado 200 millones de dólares para su reelección y le quedan 90 en el banco, por si se atreve a iniciar la campaña presidencial. Trump se jacta de haberle ayudado cuando era desconocido, en 2018. “Le conseguí la nominación. No la consiguió él, la conseguí yo. Porque en el momento en que hice ese apoyo, él lo consiguió. Creo que podría haber sido más amable, pero eso es cosa suya”, afirmó en Newsnation.

No hay duda de que el respaldo de Trump ayudó a DeSantis, pero desde entonces, ha surgido como una fuerza independiente. La mayoría de las encuestas realizadas sobre las primarias del Partido Republicano de cara a 2024 muestran a Trump con una cómoda ventaja. Sin embargo, DeSantis suele obtener un apoyo de dos dígitos, y suele ser el único aspirante republicano en lograr dicha hazaña. Es el único que le puede pelear la nominación. Si es el futuro, como dice el Post, se verá, pero deberá ser pronto, que en política dos años son mucho y no son nada.

De momento, los republicanos bastante tienen con digerir lo ocurrido en el 8-N, con ver cómo gestionan la pérdida de estados clave, y en preparar los fastos de la puesta de largo de Trump, que tendrá que poner su mejor sonrisa para tapar la decepción de estas horas.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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