¿Por qué no nos gusta llevar mascarilla?

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El pasado 20 de abril las mascarillas dejaron de ser obligatorias en la mayoría de espacios públicos en España. Tras muchos meses de llevarlas de forma continua esta decisión se recibió, en la mayoría de los casos, con alegría.

Todos somos conscientes de que la comunicación con ellas es más difícil, pero ¿por qué? Las mascarillas no solo reducen la intensidad de voz que llega a nuestro oído. También nos impiden usar muchas de las claves visuales que empleamos, de forma no consciente, para reconocernos, entendernos y comunicarnos.

Con mascarilla nos entendemos peor

Cuando miramos a una cara tendemos a mirar principalmente a los ojos y a la boca. De hecho, los estudios de movimiento ocular han mostrado que recorremos de forma cíclica estos tres elementos formando un triángulo.

Aunque no nos demos cuenta, las miradas a la boca son importantes para entender el habla. Habitualmente integramos el mensaje sonoro con los movimientos de la boca que vemos, hasta llegar a un percepto global. Si estas claves son contradictorias entre sí, como ocurre, por ejemplo, en el efecto McGurk, buscamos una solución intermedia, aunque no se corresponda ni con la información visual ni con la auditiva.

Como la mascarilla nos impide ver cómo se mueve la boca del hablante, si tenemos dudas sobre lo que hemos escuchado no podremos recurrir a la información visual para aclararnos. Esto dificulta la comunicación, especialmente en contextos ruidosos o cuando usamos otro idioma. En el caso de las personas sordas o con pérdida auditiva la mascarilla hace imposible el uso de la lectura labial, impidiendo la comunicación.

La mascarilla nos oculta información importante sobre el hablante

El no poder ver la boca del hablante también tiene otros efectos a nivel visual. Por un lado dificulta el reconocimiento de las emociones del hablante, que ha de basarse exclusivamente en la información de la parte superior de la cara, es decir, de los ojos.

En esta situación es fácil confundir unas emociones con otras: las emociones positivas se confunden con las neutras, y las de disgusto con las de enfado. Esto ocurre porque la boca transmite mucha información sobre algunas de las emociones. Las mascarillas transparentes también interfieren en la detección de emociones, pero de una forma mucho menor.

Una consecuencia importante de estas dificultades en la detección de emociones es que percibimos a los demás como menos cercanos y desconfiamos más de los que nos rodean.

¿De verdad te conozco?

La presencia de mascarillas también influye en nuestra capacidad para reconocer a las personas que nos rodean. Con la mascarilla tenemos mucha menos información para saber que se trata de la misma persona. Las caras conocidas no se libran de este efecto: si las hemos visto siempre sin mascarilla, será más difícil reconocerlas con ella. Y lo mismo ocurre a la inversa: nos costará más reconocer a las personas que nos presentaron cuando todos llevábamos mascarilla ahora que es más fácil que las veamos sin ella.

Por si esto fuera poco, somos también más lentos para determinar la edad, el género y la identidad del hablante cuando lleva mascarilla, y cometemos más errores a la hora de decidir que dos imágenes corresponden a la misma persona. El que prestemos más atención a los ojos del hablante parece mejorar nuestra capacidad de reconocimiento posterior.

Curiosamente, nos olvidamos fácilmente de si una persona que acabamos de ver llevaba o no mascarilla.

La mascarilla incrementa el atractivo

El que la mascarilla oculte parte de nuestra cara tiene, paradójicamente, un efecto positivo a nivel perceptivo: los rostros parecen más atractivos. Esto ocurre tanto para rostros masculinos como femeninos.

Antes de la pandemia los rostros con mascarilla se consideraban de forma negativa. Esto se debía a que la mascarilla se asociaba con enfermedad. Pero, tras habituarnos a llevar todos mascarilla, el efecto se ha revertido. Incluso las caras menos favorecidas parecen más atractivas con mascarilla.

En parte esto se debe a que la mascarilla camufla posibles imperfecciones en el rostro. Sabemos que la simetría facial tiene un gran peso en la percepción de belleza. Como nuestra percepción de las caras tiende a ser global, reconstruimos lo que no podemos ver usando el principio de buena forma. Esto nos lleva a completar la parte bajo la mascarilla de una forma idealizada. Algunos estudios recientes han mostrado que si se oculta parte de la cara, por ejemplo con manchas, se obtiene un efecto similar.

La visión es un proceso mucho más complejo de lo que creemos. En milésimas de segundo somos capaces de captar múltiples detalles de la posición de la boca, las arrugas de los ojos o la expresión del hablante. Estos matices nos aportan mucha información sobre la otra persona y sobre el significado de lo que estamos viendo y oyendo. Cuando no podemos contar con ellos sabemos que nos falta algo, que la comunicación no fluye. Sin mascarilla el problema desaparece.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

María del Pilar Aivar Rodríguez recibe fondos de la FECYT (proyecto FCT-20-17301, titulado Programa de acercamiento de la psicología científica y la neurociencia a la infancia) y de la Agencia Estatal de Investigación (proyecto PID2021-125162NB-I00).

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