La gente también se cansó de la pandemia de 1918 y pagaron un precio muy alto

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Funcionarios estadounidenses en 1918 amenazan con la carcel a quien no lleve mascarilla. (Crédito imagen: reddit.com).
Funcionarios estadounidenses en 1918 amenazan con la carcel a quien no lleve mascarilla. (Crédito imagen: reddit.com).

Los Estados Unidos son un mundo aparte. En aquel enorme país continente, crisol de culturas en el que confluyeron gentes de todo el planeta, se pueden encontrar tradiciones y expresiones propias que no se ven en ningún otro lado. Pongamos que hablamos de numerología. ¿Sabías que el 13% de los estadounidenses le tienen miedo a alojarse en una planta 13? ¿Sabías que cuando quieren referirse a la primera lección de un curso sobre cualquier materia, en el que simplemente sentarán las bases de los aspectos básicos de la asignatura, hablarán de la clase “one oh one”? (literalmente “1 0 1”).

¡Ah el 101! Un precioso número que resulta ser el primer capicúa de tres cifras, y que además ha adquirido en Norteamérica una fuerte connotación positiva en el mundo del marketing. ¿Has oído aquello de “hacia el infinito y más allá”? Pues antes de que Toy Story la hiciera famosa ya teníamos una expresión que recogía esa paradoja que se asocia con ir más allá de los límites, o con dar más del 100%. Esa es la razón que explica la enorme proliferación en internet de recopilaciones de información, sobre cualquier tema, pongamos por ejemplo “hechos asombrosos de la Tierra hechos asombrosos de la Tierra”, que intentan atraparnos con el cebo del 101. ¿O creías que el fenómeno había nacido con los dálmatas?

Pero dejémonos de curiosidades sobre los números y centrémonos en la historia. Voy a daros algunas características de un tiempo concreto, y tendréis que adivinar de qué año os hablo:

· Funcionarios estatales y locales promulgan una serie de medidas que incluyen distanciamiento social, una lista de prohibiciones, órdenes de cierre, y la obligatoriedad de llevar mascarilla.

· El público responde cumpliendo con las medidas de forma generalizada, aunque también se observan quejas, rechazos e incluso personas que desafían totalmente las medidas del gobierno.

· Los propietarios de los teatros y salas de baile se quejan por la cuantía de sus pérdidas económicas.

· Los sacerdotes protestan por el cierre de los templos a pesar de que existen fábricas abiertas.

· Los funcionarios discuten sobre la seguridad de los niños en las escuelas. ¿Pueden asistir presencialmente o es mejor que se queden en casa?

· Muchos ciudadanos se niegan a llevar mascarillas en público, algunos porque se quejan por su incomodidad, otros porque creen que atentan contra sus derechos.

¿Estabas pensando en los primeros meses de la pandemia del covid-19? Pues no, todas estas cosas sucedieron durante la mal llamada gripe española, la pandemia que acabó con la vida de millones de personas en todo el planeta allá por 1918. En efecto, parece que a pesar de esos “101” años de diferencia entre ambas plagas mundiales (caray con la cifra) la humanidad no acaba de aprender.

Ahí no acaban las similitudes. Lo observado durante la actual pandemia del covid-19 ha sido en multitud de ocasiones un fiel reflejo de lo que sucedió un siglo antes en países occidentales como los Estados Unidos.

Pongamos por ejemplo lo sucedido con las restricciones de agrupamiento, que implicaban medidas de distanciamiento social. En 1918, las primeras decisiones tomadas en ese sentido ayudaron a reducir los casos de muerte y contagios. La primera ola tuvo lugar en la primavera de 1918, y unas pocas semanas después de las primeras medidas que reclamaban el distanciamiento social (lo cual sucedió a comienzos de otoño) la pandemia parecía aproximarse a su fin, a medida que el número de infectados disminuía.

Fue entonces cuando comenzó a escucharse el clamor de la gente, que reclamaban regresar a la normalidad. Los empresarios presionaban a los funcionarios para que les permitieran reabrir sus negocios. Muchas autoridades estatales y locales creyeron en efecto que lo peor ya había pasado, y derogaron las medidas de salud pública. La nación se centró entonces en abordar la devastación que la enfermedad había provocado.

Se organizaron funerales y actos en recuerdo de los miles de afectados que habían perdido la vida. Muchos de los que aún se recuperaban de los efectos de la enfermedad, comenzaron a reclamar ayudas y atención gubernamental.

En una época en los que existía el concepto “beneficios sociales gubernamentales”, tuvieron que ser las organizaciones de beneficencia las que se movilizaran en busca de recursos para apoyar a aquellas familias que habían perdido a sus sostenes económicos, o para buscar alojamiento a los miles de huérfanos.

Mujeres de Brisbane (Australia) llevando mascarillas quirúrgicas durante la epidemia de gripe de 1918. (Imagen creative commons vista en Flickr - crédito: Libreria Estatal de Queensland).
Mujeres de Brisbane (Australia) llevando mascarillas quirúrgicas durante la epidemia de gripe de 1918. (Imagen creative commons vista en Flickr - crédito: Libreria Estatal de Queensland).

A pesar de las advertencias de los funcionarios, que alertaban de que las muertes y contagios probablemente se extendieran durante meses, y que aún estaba lejos el retorno a la normalidad, los ciudadanos se lanzaron prematuramente a festejar el fin de la pandemia. Probablemente la causa debemos buscarla en el momento histórico. Acababa de finalizar la Primera Guerra Mundial, y la población creía que el conflicto se había llevado muchas más vidas que la enfermedad. Por otro lado, a comienzos del siglo XX la gente estaba más acostumbrada que ahora a las enfermedades mortales. Cada año miles de conciudadanos fallecían a causa de epidemias regulares de difteria, sarampión, tuberculosis, tifus, fiebre escarlata, tosferina, y neumonía.

La cultura científica no existía, y la gente no comprendía bien ni las causas ni los efectos de la pandemia. Tan era así, que muchos “expertos” no estaban convencidos de que las medidas de distanciamiento social funcionaran.

Pero esa no era la única diferencia, claro. Por aquel entonces no contaban con una vacuna efectiva contra aquella gripe provocada (hoy lo sabemos) por un virus del tipo A, subtipo H1N1. De hecho hubo que esperar hasta 1945 para contar con una vacuna segura a disposición de la población. A todas luces demasiado tarde, ya que entre febrero de 1918 y abril de 1920, cuando la pandemia atacó con sus diferentes oleadas, se cree que murieron entre 20 y 50 millones de personas en todo el mundo.

Una de las principales causas de esa abrumadora cifra de decesos se debe a las prisas de la gente en recuperar su normalidad. Hoy en día, 101 años después de aquella cadena de errores y del precio en vidas humanas que se pagó por ello, parece que seguimos cayendo en las mismas trampas.

No importa que entendamos mucho mejor la enfermedad, que contemos con ayudas tecnológicas y científicas inimaginables hace un siglo. A pesar de que los epidemiólogos se asoman cada día a nuestros medios de información global, dando información veraz y contrastada, seguimos oyendo casos de fiestas clandestinas, gobernantes negacionistas, y empresarios que claman por acabar con las restricciones.

Olvidan que el covid-19 es mucho más contagioso que la gripe A de 1918, y que la temible tercera ola de aquella pandemia debería alertarnos de las consecuencias que tiene olvidar demasiado pronto el riesgo al que estamos sometidos.

No bajemos la guardia. La historia está ahí para recordarnos de lo que sucede cuando entra en acción la fatiga pandémica. En 1918 el precio a pagar fue muy alto, nosotros en cambio solo tenemos que aguantar unos meses más hasta que se cumpla en ansiado objetivo de vacunar al 70% de la población.

El final está a la pesadilla está a tiro de piedra. No desfallezcamos.

Me enteré leyendo un artículo de J. Alexander Navarro en Scientific American.

Vídeo | El baile de esta mujer muestra las ganas de nuestros mayores de recibir la vacuna

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