Grafeno, el secreto que podría conservar para siempre las joyas del Museo del Prado

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Judith en el banquete de Holofernes (anteriormente conocida como Artemisa), única obra de Rembrandt de la colección del Museo del Prado.
Judith en el banquete de Holofernes (anteriormente conocida como Artemisa), única obra de Rembrandt de la colección del Museo del Prado.

La primera vez que visité la National Gallery de Londres me quedé un buen rato delante de la Venus del Espejo de Velázquez. La obra era bastante más pequeña de lo que imaginaba, pero aun así era de una belleza deslumbrante. Velázquez no se prodigó mucho con los desnudos femeninos, así que la obra tenía un plus de singularidad y erotismo espectacular, lo cual por cierto condujo a que fuera apuñalada por una activista feminista hace más de un siglo. Tal vez por toda esta intrahistoria, de entre la media docena de obras de Velázquez expuestas en el gran museo británico, la Venus era la que más me dolía. Me habría encantada verla colgada en suelo patrio, junto a las grandes obras maestras del sevillano que se exhiben en el Prado.

Luego deseché este pensamiento, producto de un arranque de nacionalismo pictórico, ya que imaginé que algo así podría sucederles a los holandeses cuando se detienen a observar “Judith en el banquete de Holofernes” (imagen superior), única obra de Rembrandt que se expone en El Prado. En cierto modo, esta pintura, de pequeño formato no puede compararse a grandes joyas de Rembrandt como “La Ronda de Noche”, expuesta en el Rijksmuseum de Ámsterdam. Tal y como la Venus del Espejo no puede compararse a “Las Meninas”.

Pero volvamos brevemente con Rembrandt y veamos por qué sus pinturas preocupen tanto a los restauradores. Los conservadores de las grandes colecciones pictóricas han descubierto una especie de “ampollas” diminutas, del tamaño de un alfiler, en muchas obras de arte pasmadas en forma de óleo sobre lienzo, incluyendo varias del gran maestro holandés.

En realidad, este deterioro afecta a muchas obras maestras al óleo, independientemente del tiempo en que fueron puntadas, incluidas varias de las que captan nuestra atención en el Museo del Prado. Inicialmente se pensó que esas pequeñas ampollas, o “acné” como algunos lo llaman, se debía a granos de arena atrapados en la pintura. Pero para terror de los conservadores, se comprobó que con el paso del tiempo crecían, se extendían y comenzaban a desprenderse de las obras.

Ya que todos los museos luchan por evitar a sus colecciones los estragos del tiempo, de la luz solar, del almacenamiento y de la humedad, así como de ciertos compuestos orgánicos volátiles que aceleran la degradación de las obras, las preguntas estaban claras. ¿Qué provocaba ese “acné” que ponía en riesgo la herencia artística nacional? ¿Con qué frecuencia aparecía?

Los estudios realizados por los químicos concluyeron que las ampollas son en realidad jabones de carboxilato metálico, resultado de una reacción química entre los iones metálicos en los pigmentos de plomo y zinc y los ácidos grasos en el medio aglutinante utilizado en la pintura. Los jabones comienzan a agruparse para formar ampollas y migrar a través de la película de pintura. Alrededor del 70% de todas las pinturas al óleo muestran deterioro asociado con los jabones de carboxilato metálico en diversos grados.

En pasado mes de marzo, científicos californianos tomaron hisopos de piezas de estilo renacentista y confirmaron la presencia de (los así llamados) microbios "oxidasa positivos" en superficies de madera y lienzo pintadas. A estos microbios les encanta “masticar” los compuestos que se encuentran en la pintura, el pegamento y la celulosa, presentes en los sustratos artísticos más usados: el papel, el lienzo y la madera. Esto a su vez genera agua o peróxido de hidrógeno como subproductos, y es probable que estos subproductos influyan en la presencia de moho y en la tasa general de deterioro de estas obras de arte centenarias.

¿Cómo detener la acción destructora de estos microbios? Bien, ahí es donde entra en juego el trabajo con grafeno llevado a cabo por un equipo de científicos entre los que se encuentra el griego Costas Galiotis (ingeniero químico de la Universidad Petras).

Si recordáis, el grafeno es el material más fino que conocemos, ya que se trata de una capa de carbono dispuesto en celdas hexagonales, con un espesor de un solo átomo. Entre las posibles aplicaciones para este material se encuentran nuevas baterías, condensadores, antenas, filtros para agua, transistores, celdas solares, pantallas táctiles, etc. Bien, pues ahora podemos añadir un nuevo uso potencial para el grafeno, proteger las joyas del Museo del Prado (y del resto de colecciones mundiales, claro está).

Esquema para el recubrimiento de la pintura con el velo de grafeno. (Crédito imagen M Kotsidi et al 2021).
Esquema para el recubrimiento de la pintura con el velo de grafeno. (Crédito imagen M Kotsidi et al 2021).

Según Galiotis, este nanomaterial tiene una serie de propiedades que lo hacen atractivo para la conservación del arte. Al tener solo un átomo de espesor es transparente, se adhiere fácilmente a varios sustratos y actúa como una excelente barrera contra el oxígeno, los gases (corrosivos o no) y la humedad. Además también es hidrófobo y un excelente absorbente de luz ultravioleta.

Por todo ello, no es de extrañar que el equipo de Galiotis considerara a este material como una solución perfecta para proteger los colores de la fotodegradación. Por si fuera poco, el grafeno se adhiere a cualquier superficie limpia, pero se puede quitar fácilmente, en contraste con los recubrimientos poliméricos comerciales actuales. Esto le convierte en el material perfecto para proteger a las obras de arte de la decoloración cromática.

Lo más interesante del trabajo del equipo de Galiotis es que han podido probarlo experimentalmente. Si os estáis preguntando qué clase de museo prestaría sus obras de arte para un experimento que, de salir mal, podría destruir las obras, la respuesta es: ninguno. Los experimentos se han llevado a cabo con tres obras contemporáneas donadas por la propia autora, una artista griega llamada Matina Stavropoulou.

Sobre estas obras, Galiotis y sus colegas pusieron a prueba el método desarrollado para recubrir las obras con grafeno y también para eliminarlo con seguridad. El método rollo a rollo no necesita emplear disolventes u otros productos químicos que puedan dañar las obras

Por lo que puedo leer, primero, sintetizaron un velo de monocapa de grafeno sobre una lámina de cobre mediante deposición de vapor químico, luego lo limpiaron con gas nitrógeno para eliminar el polvo, la suciedad o las moléculas de agua. Para acabar, unieron el grafeno a uno de los lados de una membrana adhesiva comercial de poliéster/silicona, que se impregnaba sobre la pintura empleando una máquina de rollo a rollo. En cuanto al método para eliminar la capa de grafeno aplicada, bastaba con borrar con una goma suave la superficie del cuadro.

Parte de las pinturas cedidas para el experimento se recubrieron con grafeno, otras porciones se dejaron al aire sin intervenir, y otras se taparon con tejidos gruesos para que sirvieran de control. Tras someter las pinturas a procesos simulados de envejecimiento cromático acelerado, empleando potentes y diversas luces durante períodos comprendidos entre los 43 días y los 4 meses, los resultados fueron más que satisfactorios. Las partes protegidas por el grafeno lucían exactamente igual que las zonas de control.

¿Será el grafeno el salvador de las joyas del Museo del Prado?

El trabajo del equipo de Costas Galiotis se publicó en Nature Nanotechnology.

Me enteré leyendo Ars Technica

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