‘Gordofobia’: cuando las curvas son motivo de odio

La escritora estadounidense Virgie Tovar vio cómo su cuerpo se convirtió en "algo extraño, alienígena y dañino" debido a la 'gordofobia' / Foto de cortesía

“Tu cuerpo es un campo de batalla”. Ese era el eslogan que esgrimía Barbara Kruger a finales de los años ochenta. Para esta artista estadounidense, la lucha de las mujeres se libraba desde el terreno físico. En aquel ambiente de intelectualidad postmoderna, una afirmación semejante se relacionaba con la creación, pero también con el espacio femenino en la sociedad o con la forma de enfrentarse a las convenciones patriarcales. Puede que tres décadas después la situación haya sufrido algún progreso, aunque no está tan claro: no solo estamos viviendo las mayores manifestaciones feministas en décadas, sino que se mantiene la discriminación o el odio hacia las curvas. Ante este fenómeno, conocido como ‘gordofobia’, empiezan a aflorar discursos que reivindican el amor a una misma, independientemente de los cánones de belleza.

Voces multidisciplinares que enarbolan la necesidad de establecer una relación sana con el cuerpo. Una relación alejada de los modelos ‘normativos’ mostrados por los medios de comunicación y palpables también entre los cimientos de una mentalidad colectiva que impone la delgadez. Rebelarse contra estas condiciones no riñe con tener presente la salud o con sacar a la luz el trato que se le hace a una supuesta gordura a través de términos como ‘curvy’ o de la aparición de modelos ‘de tallas grandes’ en portadas de revistas. Significa hundirse en el tuétano del ser humano y abogar radicalmente por la felicidad y el bienestar sin remilgos.

Portada de "Tienes derecho a permanecer gorda" de Virgie Tovar

Así lo cree Virgie Tovar. En ‘Tienes derecho a permanecer gorda’, editado recientemente por Melusina, esta escritora estadounidense cuenta cómo influyó en ella esta construcción social: “En lugar de aprender a confiar en mis instintos y valorarme a mí misma, descubrí que el tamaño de mi cuerpo era lo único que importaba”. Su cuerpo, por culpa de esa ‘gordofobia’ era “algo extraño, alienígena y dañino”. Y lo peor: no le pertenecía, era propiedad de los prejuicios ajenos. “Si nos fijamos, la ‘gordofobia’ es una forma de intolerancia oculta en un lenguaje normalizador de la belleza y la salud, y en esa falsa preocupación por tu bienestar”, redacta.

Responde Tovar por correo electrónico que tal sentimiento es algo que se define con la edad, a partir –generalmente- de los cinco años. “Si se observa la forma en que se comporta un bebé o un niño pequeño, se puede ver que la relación instintiva o natural con el cuerpo no se basa en la vergüenza o la preocupación”, afirma. “No son conscientes de sí mismos. Tienen curiosidad por su cuerpo y por lo que puede hacer, así que pueden saltar, moverse, comer, reír e interactuar con otros con alegría”, detalla, “y luego aprendemos a sentirnos avergonzados por cómo se ve nuestro cuerpo desde nuestra cultura. Aprendemos quién es considerado bello y quién no”.

Lucrecia Masson, activista argentina responsable del prólogo, apunta que tendemos a culparnos por tener el cuerpo que tenemos debido a un pensamiento cristiano, conservador, y que “no se puede establecer una edad precisa” para este comportamiento, pero que se produce muy temprano. “Desde muy peques somos conscientes de que salir con barriga en una foto no es buen plan”, alega en conversación digital. Begoña Martínez -responsable de la traducción del libro de Tovar y de ‘El cuerpo no es una disculpa’, de Sonya Renee Taylor (también publicado por Melusina)- añade que “día tras día se nos bombardea con imágenes de los cuerpos ideales con los que tenemos que encajar”.

“Estos ideales de belleza son móviles, de modo que si llegas a uno de ellos aparecerá un nuevo objetivo más allá. Porque la meta no es alcanzar unos estándares de salud o felicidad autodefinidas, sino seguir consumiendo, seguir pensando que no somos suficiente y que la solución es algo que podemos comprar”, culmina, aludiendo a una cita de Renee Taylor: “Todas las reglas sobre los cuerpos son inventadas”. “En cuanto los cuerpos comienzan a cambiar, por el motivo que sea, comienza lo que Renee Taylor llama ‘terrorismo corporal’: querer controlar los cuerpos que se salen de la norma”, continúa Martínez.

Portada del libro "El Cuerpo No es una Disculpa" de Sonya Renee Taylor

Un ‘terrorismo’ que atenta más allá del simple pudor. Esta criminalización del cuerpo puede conllevar, según Tovar, “ansiedad, depresión, aislamiento, vergüenza, culpa, algo llamado ‘hipervigilancia’ (donde una persona está constantemente anticipando experiencias negativas) y restricción de alimentos (también llamada dieta, con su posible derivación en enfermedad como la bulimia o la anorexia)”. La ‘gordofobia’ afecta a la forma en que se trata a las personas gordas en el hogar, en las citas y en el trabajo, señala la autora: “Está demostrado que los empleadores tienden a pensar que las personas gordas son menos inteligentes y capaces. Por tanto, es menos probable que contraten a un candidato gordo. También influye en cómo los médicos tratan a las personas gordas: se les toma menos en serio”.

Altera cómo te comportas contigo mismo, pero también con los demás. Incluso si no tienes el perfil en la diana: las personas delgadas sufren traumas con tal de no engordar. Es, según expone Begoña Martínez, lo que Naomi Wolf describe expone en ‘El mito de la belleza’: “Una cultura obsesionada con la delgadez femenina no tiene una obsesión con la belleza femenina, sino una obsesión con la obediencia femenina. Hacer dieta es el sedante político más potente de la historia. Una población calladamente enfadada es una población manejable”. De hecho, añade la traductora, en inglés ya existe la palabra ‘hangry’, el enfado causado por el hambre.

Ser ‘gordofóbico’, además, supera la mera cifra que refleja la báscula. La ‘gordofobia’ es una cuestión cultural y de género. “Las mujeres son consumidoras desproporcionadas de productos dietéticos y son más propensas a someterse a una cirugía para perder peso. Yo digo en mi libro que la delgadez no refleja algo erótico, sino una sumisión”, subraya Tovar. Algo que se ahonda aún más si no respondes al colectivo occidental, de raza blanca y heterosexual. “La ‘gordofobia’ no puede ser pensada fuera del orden colonial, que es hetero-cis capitalista y capacitista”, señala Masson.

Begoña Martínez coincide: “Está muy profundamente interrelacionada con los demás odios hacia el cuerpo de las personas. No es igual para los hombres que para las mujeres (y, dentro de estas, en especial las mujeres ‘trans’), las personas ‘racializadas’, las de género no binario, etcétera”. “También hay mucho clasismo en la ‘gordofobia’, en el sentido de que hoy en día estar delgado también es un indicador de estatus social y económico. Es la pescadilla que se muerde la cola: la gente con dinero se lo gasta en intentar aproximarse al ideal de delgadez y la delgadez se asocia con tener éxito profesional y social”, resalta.

"A las personas se les ha enseñado que ser gordo es malo y que es culpa nuestra que nos traten mal", dice la escritora Virgie Tovar / Foto: Andria Lo

¿Cómo puede revertirse esta discriminación? Para las protagonistas del reportaje, la sublevación feminista es un movimiento clave. “Nos ha dado las herramientas para entender que la ‘gordofobia’ es un problema y para intentar solucionarlo definiéndolo, escuchando a las víctimas, capacitándolas para que cuenten su historia y para avanzar y avanzar”, destaca Tovar. “Concretamente en obras de arte feminista se encuentran cada vez más representaciones de cuerpos no ‘normativos’, que gota a gota van calando en la consciencia de quienes prestamos atención y nos ayudan a liberarnos de este tipo de presiones”, sostiene Martínez.

El antídoto es no avergonzarse y luchar por la libertad personal, convienen Tovar, Renne Taylor, Martínez y Masson. Incluso si en ocasiones parece que hay que pedir perdón por no corresponder a unas expectativas físicas. “A las personas se les ha enseñado que ser gordo es malo y que es culpa nuestra que nos traten mal. Y no es así. La grasa no es mala. La solución no es pedirle a las personas gordas que pierdan peso: es pedir a nuestra cultura que deje de discriminar a la gente gorda. Nadie debería tener que disculparse por su cuerpo. Tenemos que dejar de juzgar a las personas y de preguntar por qué son del tamaño que tienen. Cada persona merece respeto y cuidado, independientemente de su tamaño”, zanja Tovar.