¿Por qué los humanos nos volvemos completamente locos cuando nos perdemos?

Geraldine Largay. Imagen repartida a los equipos de rastreo que participaron en su búsqueda. (Crédito imagen: Departamento de policía del estado de Maine).

Sucedió en el verano de 2013, en un área de los Apalaches famosa por la densidad de sus bosques. Geraldine Largay, aficionada al senderismo, se perdió en la zona tras alejarse del camino apenas 80 pasos, para hacer sus necesidades. Nuestra protagonista, una enfermera de Tennessee retirada, tenía 66 años y una larga experiencia como excursionista cuando se desorientó entre los árboles, en un rincón cercano a Poplar Ridge. El lugar es tan inhóspito que la Marina de los Estados Unidos posee allí una base para realizar ejercicios de supervivencia.

Geraldine se encontraba realizando su sueño, recorrer a pie la famosa ruta Appalachian Trail, que cubre una distancia de 3.380 kilómetros entre el Monte Springer en Georgia y el Monte Katahdin en el centro de Maine. Buena parte de la distancia la realizó en compañía de su amiga Jane Lee, pero una emergencia familiar hizo que esta última tuviera que interrumpir la ruta y regresar a casa.

Pese a que su sentido de la orientación no era demasiado bueno, Geraldine estaba bien equipada, así que decidió continuar la ruta sola. Tenía confianza en poder completarla ya que contaba con la asistencia de proximidad de su esposo George, quien hacía labores de apoyo logístico con su automóvil. Ambos quedaban regularmente en puntos acordados para el suministro de víveres, medicamentos o cualquier cosa que ella necesitara. De vez en cuando, si Geraldine necesitaba una cama en condiciones, la pareja hacía noche en algún motel.

Uno de esos encuentros concertados, el del 23 de julio, no llegó nunca a producirse. A la mañana siguiente su esposo denunció la desaparición y se puso en marcha la operación de rescate más intensa que se recuerda en el estado de Maine. Durante un mes la buscaron sin descanso hasta 130 senderistas voluntarios, varios helicópteros e incluso caballos. Todo fue en vano. Finalmente la búsqueda cesó y se le dio oficialmente por desaparecida.

Las últimas personas en ver a Geraldine fueron dos excursionistas, Dorothy Rust y su acompañante, que se cruzaron con ella el 22 de julio a las 6.30 horas. Nada más se supo hasta la denuncia de desaparición de su marido, quien desde aquel momento y durante 26 meses sufrió una dura investigación por parte de la policía. Se le consideraba sospechoso.

La pesadilla del esposo de Geraldine, así como la de su hija Kerry, acabó en octubre de 2015, justo en el momento en que un guarda forestal que trabajaba en un área densamente arbolada cercana al Monte Redington se topó con una tienda de campaña tirada en el suelo, casi oculta por los matorrales. Dentro había una mochila, algo de ropa y un saco de dormir. En el interior del saco divisó lo que parecía un cráneo humano, así que tras tomar algunas fotos se apresuró a salir del bosque para llamar a su superior. Los servicios de alarma de Maine intuyeron casi inmediatamente que el cadáver pertenecía a Geraldine Largay.

Su final fue realmente trágico, y si sabemos exactamente lo que pasó fue por lo que se encontró en su teléfono móvil, así como en su diario, en el que relató sus últimos días. Gracias a estas pertenencias descubrieron que el 22 de julio, a unas pocas millas del refugio de Poplar Ridge, la infortunada Gerry (como la llamaban sus allegados) abandonó la senda para orinar adentrándose esos fatídicos 80 pasos en el bosque, tal y como era su costumbre.

Desorientada entre un mar de árboles y arbustos que la rodeaban en todas direcciones, fue incapaz de encontrar el camino de vuelta y comenzó a vagabundear. A las 11:01 le envió un mensaje de texto a su esposo: “Tengo algunos problemas, abandoné el sendero para ir al baño. Ahora estoy perdida. ¿Puedes llamar al AMC para ver si algún asistente puede ayudarme? Besos”. (AMC son las siglas del Club de Montaña de los Apalaches). Desafortunadamente ese mensaje nunca llegó, Geraldine se encontraba en un área en el que no existía cobertura telefónica. Hubo otro intento de envío de un SMS a la mañana siguiente, con el mismo resultado.

Montó su tienda en un punto elevado desde el que escuchaba los helicópteros que la buscaban. Hizo lo posible para ser vista. Intentó hacer un fuego y ató su manta reflectante de emergencia a un árbol. Y esperó y esperó, en vano. El 6 de agosto, hizo su último intento con el móvil, seguía sin cobertura. Mientras tanto iba relatando lo que le sucedía en su diario. Sobrevivió 19 días en la espesura del bosque antes de sucumbir a los efectos del frío y del hambre. Cuando supo que la muerte venía a buscarla preparó una nota para quien encontrara su cadáver, decía así:

Cuando encuentre mi cuerpo por favor llame a mi marido George y a mi hija Kerry. Será de mucho consuelo para ellos saber que estoy muerta y el lugar en el me encontró. No importa cuántos años hayan pasado a partir de hoy. Por favor, sea tan amable de enviar por correo el contenido de esta bolsa a cualquiera de ellos”.

Nunca llegó a saber que durante su espera, un equipo de búsqueda con un perro pasó a 90 metros de su campamento, o que se encontraba a apenas 800 metros de la senda en la que se perdió. Tampoco llegó nunca a saber que si hubiera descendido monte abajo, habría acabado por encontrarse con una vía de tren abandonada que la habría sacado del bosque, siguiéndola en cualquiera de las dos direcciones.

¿Desasosegado? Es normal. Seguramente, mientras leías la historia de Geraldine, algún tembleque de terror habrá recorrido tu médula espinal. No es para menos, perderse ha sido uno de los mayores terrores del hombre desde el inicio de los tiempos. Simplemente pensar en una situación similar a la que pasó la pobre Gerry provoca inquietud, y es que el miedo a perderse parece estar “cableado de serie” en nuestro cerebro. Es algo visceral, grabado a fuego en nuestro subconsciente, el producto de millones de años de evolución. Sucede lo mismo con el pánico innato a las serpientes.

Tan es así que el miedo a perderse forma parte de la cultura humana secular. Existen múltiples cuentos modernos sobre niños perdidos en el bosque, y lo mismo sucedía en la mitología antigua. Rómulo y Remo fueron salvados por una loba, Blanca Nieves por los enanos. Durante los siglos XVIII  y XIX, perderse era una de las principales causas de mortalidad infantil entre los colonos europeos que se establecieron en las tierras salvajes de Norteamérica.

Desorientarse continúa siendo sinónimo de tragedia en la imaginación popular. Una investigación realizada en 2002 por la institución británica que gestiona las áreas madereras, descubrió que mucha gente deforestaba simplemente porque se sentían vulnerables frente a la arboleda, y temían que si se perdían en ella no serían capaces de regresar. Las conclusiones de la comisión dictaminaron que: “el folclore, los cuentos infantiles y las películas de terror, se habían cobrado un peaje en la sensibilidad de algunas personas, que parecían sufrir un terror genuino ante la idea de perderse”.

Perderse sigue siendo sencillo incluso en la era del GPS. Hemos olvidado lo fácil que es desorientarse cuando se carecen de referencias visuales distintivas. Le puede suceder a cualquiera, todos cometemos errores cognitivos tales como asumir que los riscos, las líneas costeras y otros rasgos geográficos corren paralelos los unos a los otros. Es sencillo caer en la cuenta del error con la ayuda de un mapa o de una brújula, pero a veces la tecnología puede también engañar a quien no está familiarizado con su uso. Durante la Segunda Guerra Mundial, hubo pilotos noveles británicos que aterrizaron en la Europa continental dominada por los nazis creyendo hacerlo en su isla patria.

Y luego está lo que sucede cuando nos perdemos en un lugar sin referencias visuales claras. Los manuales de supervivencia dicen de manera tajante que lo más sensato en caso de pérdida es no moverse y esperar a ser rescatado. Por alguna razón esto es más fácil de decir que de hacer. Incluso las personas con gran experiencia y templanza se ven tentadas a huir desordenadamente en pánico. El militar británico Ralph Bagnold, pionero de la exploración del Sáhara durante las décadas de 1930 y 1940, se perdió en una ocasión en el desierto occidental de Egipto, y dijo sentir “un impulso extraordinariamente poderoso que le incitaba a seguir conduciendo hacia cualquier dirección”. En su opinión, esta era una especie de locura cuyos efectos psicológicos estaban detrás de la mayoría de los desastres acaecidos en el desierto durante los últimos años.

¿Su consejo para librarse de esta locura?

Si puedes quedarte quieto durante media hora para comer, o fumarte una pipa, la razón parece regresar y entonces se puede pensar en el problema de la dirección”.

Pocos lo hacen. El impulso que nos llama a seguir moviéndonos es casi una adaptación evolutiva. En la prehistoria, quedarse quieto en el mismo sitio casi aseguraba ser devorado por un depredador. Aunque lo más confuso es el otro gran error que cometemos cuando nos perdemos. El de caminar en círculos cuando se carece de referencias visuales. En un bosque denso, en las enormes planicies del desierto o entre la niebla, es casi imposible caminar en línea recta más allá de unos pocos metros. En efecto, este axioma se cumple, no es un cliché sacado de las películas.

En el libro de Catharine Traill titulado “Canadian Crusoes” se relata la historia de una chica que se perdió en los bosques de Ontario durante tres semanas. Un día la chica creyó que si seguía al sol podría salir de la masa arbórea, ya que el sol sale por el este y se pone por el oeste. Inevitablemente, cuando llegó la noche se encontró casi en el mismo lugar del que había partido por la mañana.

¿Pero por qué sucede esto? Nadie sabe exactamente por qué caminamos en círculos, hay que sostiene que se debe a que tenemos una pierna más corta que la otra, pero eso no explica por qué la misma persona puede a veces completar el círculo en el sentido de las agujas del reloj y otras en el sentido contrario. Otros piensan que llegar de nuevo al punto de partida puede aliviar, si quiera brevemente, ya que el extraviado sabe así que al menos no está más desorientado que ayer. ¡Estúpido consuelo me parece saber que uno está igual de perdido que el día anterior!

En el caso de los bosques, nuestra mente se ve sometida a todo un reto ya que no es capaz de distinguir rasgos que puedan tomarse como referencias espaciales, lo cual nos hace sentir pequeños, confusos y vulnerables como niños pequeños perdidos entre la multitud.

A menudo, aquellos que se han perdido y logran regresar cambian. No son nunca más los mismos, jamás logran olvidar la experiencia. De pronto se ven desconectados de todo cuanto les rodea, se ven inmersos en una relación con un mundo súbitamente extraño. Creen que van a morir y el horror les confunde tanto que la situación pasa a convertirse en un reto psicológico además de geográfico. En lo sucesivo evitarán cualquier rincón que les recuerde al escenario de su pesadilla.

Y es que perderse en realidad es un estado cognitivo. El mapa interno se ve desligado del mundo externo y nada en la memoria espacial cuadra con lo que uno ve. En el fondo, es un estado emocional en el que el miedo te impide razonar. De hecho, se cuentan muchas historias de personas encontradas tras permanecer perdidas un largo tiempo que perdieron por completo la razón, y que mueren poco tiempo después relatando alucinaciones de todo tipo.

No es de extrañar por tanto que los psicólogos hayan encontrado muchas evidencias que prueban que el estrés y la ansiedad afectan negativamente a las funciones cognitivas que son esenciales para la orientación. Indudablemente es bueno saber a qué nos enfrentamos antes de tomar la decisión de adentrarse entre un mar de los árboles idénticos.

Intuyo que de haberlo sabido, los fatídicos 80 pasos de Geraldine Largay, bosque adentro, habrían sido muchos menos.

Me enteré leyendo en Wired, un extracto del libro “From here to there: the art and science of finding and losing our way” de Michael Bond (Harvard University Press).

Otras historias que te pueden interesar: