Gasoductos, suministro energético e interconexión en la frontera entre Francia y España: lecciones de dos fracasos

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Gasoducto. Enagás

El aprovisionamiento de gas natural y la interconexión gasista europea está en primer plano desde la invasión rusa a Ucrania.

Si se suspenden por completo las importaciones de gas natural de Rusia podría abrirse un nuevo escenario energético en Europa, favorable para España, ya que tiene la mayor capacidad de regasificación de gas natural licuado (GNL) de toda la UE y dos gasoductos operativos con Argelia.

Pero, para abastecer a Europa de gas desde España, también sería imprescindible aumentar la capacidad de interconexión de la red española con Europa, ahora limitada a la doble interconexión de Larrau e Irún, en los Pirineos occidentales, con Francia. En este contexto podría retomarse el gasoducto MidCat, abandonado en 2019.

Ya entre 1959 y 1971, hubo proyectos de construcción de un gasoducto franco-español, que también fracasaron. En este artículo examinaremos las razones.

Gasoductos transnacionales y suministro energético

La construcción de gasoductos, sobre todo de los transnacionales, requiere de la conjunción y el equilibrio de un cúmulo de factores de índole económica y geoestratégica, y de una visión y un compromiso a largo plazo entre los países y gobiernos implicados.

Los factores

  • El mix energético de los países afectados y sus fuentes y vías de suministro.

  • Los precios relativos de las energías disponibles y la disponibilidad de capital para la inversión y su coste.

Las variables geopolíticas

  • Las relaciones exteriores, no solo entre los países por los que pasa el gasoducto sino con terceros países y el contexto geopolítico global.

  • La visión general de los gobiernos sobre cuáles son los intereses económicos y geopolíticos de sus países.

El factor económico

Además, está el precio relativo del gas, una variable muy importante (sobre todo ahora que es una clave en la transición energética), porque una variación sustancial puede alterar los análisis coste-beneficio e impulsar o aparcar decisiones de inversión, pero las variables geopolíticas pueden alterar esos escenarios. La invasión rusa de Ucrania cambió el largo periodo de buenas relaciones entre Rusia y Alemania, sobre las que se habían desarrollado los gasoductos Nord Stream 1 y 2. Este hecho ha tenido dos consecuencias claves para Europa pues:

  • Ha contribuido a elevar el precio del gas natural en el mercado internacional.

  • Ha conducido a la UE a replantearse sus alternativas de suministro de gas y sus decisiones de inversión en infraestructuras.

En un caso más cercano, los conflictos crecientes entre Argelia y Marruecos provocaron el cierre (a fines de 2021) del gasoducto Magreb-Europa (GME) y una crisis diplomática entre Argelia y España, que ha optado por cambiar sus fuentes de suministro de gas.

El gasoducto MidCat

El proyecto de MidCat, con una inversión inicial de 3 100 millones de euros, trataba de mejorar las conexiones gasistas de la Península Ibérica (una isla energética), con Europa. 235 kilómetros de tuberías partirían Martorell (donde acaba el gasoducto Medgaz) para transportar 7 500 millones de metros cúbicos de gas.

Las obras comenzaron en 2010 pero se paralizaron al año siguiente, a solo 100 kilómetros de la frontera, por la falta de interés de Francia. En 2013, España logró que el MidCat entrase en la lista de proyectos de interés común de la UE (con una inversión estimada de 470 millones de euros).

En 2019 los organismos reguladores de Francia y España volvieron a paralizar las obras por el alto coste de la infraestructura y la existencia de la conexión Larrau-Irún. En 2021, el gas natural importado por esta conexión, 30.905 GWh, representó un 7 % de las entradas de gas en el sistema español, mientras que las exportaciones fueron de 13.776 GWh, o sea, menos de la mitad.

Además de las consideraciones técnicas, hubo una intensa movilización ecologista contra el proyecto en la comunidad autónoma catalana y también en Francia (pero en menor medida).

El giro del Gobierno español en el asunto del Sáhara y sus consecuencias sobre el suministro de gas argelino pueden alterar el papel de España en el suministro de gas natural a Europa por gasoducto, en beneficio de Italia. Esto reduciría las expectativas de utilización del MidCat. Además, la cantidad total de gas que podría transportarse a Europa por las dos interconexiones pirenaicas existentes, unos 18.000 millones de metros cúbicos, está muy por debajo de las necesidades energéticas de Europa estimadas hoy en unos 500.000 millones de metros cúbicos.

Por otra parte, la UE se ha marcado como plazo 2050 para ser climáticamente neutra (cero emisiones) por lo que cualquier inversión en infraestructuras gasistas debe ser coherente con este corto periodo de amortización.

El gasoducto franco-español por Irún, 1959-1971

El gasoducto MidCat no es la primera infraestructura energética transnacional que no ha llegado a realizarse entre Francia y España. Así lo contamos en el libro Nortegas (1845-2021). Historia de la industria del gas en el norte de España (Jesús M. Valdaliso, Carlos Alvarado y Patricia Suárez; próxima publicación, Marcial Pons, Madrid, 2022).

En 1959, cuando en el mix energético predominaban el carbón y, en menor medida, el petróleo, se planteó la posibilidad de construir un gasoducto que conectase el yacimiento de gas natural de Lacq, en el sudoeste de Francia, con la cornisa cantábrica a través de Irún.

La iniciativa partió de los franceses, interesados en buscar nuevos consumidores. El gasoducto arrancaría en la terminal de Bayona para llegar a Irún, desde donde se distribuiría por otro gasoducto (que los franceses ofrecieron construir) hasta Bilbao, a las fábricas de gas del norte de España y a los grandes consumidores industriales localizados en esa región.

En septiembre de 1959, la prensa bilbaína publicaba: “En breve consumiremos el gas de Lacq”. Sin embargo, el proyecto no llegó a cuajar, sobre todo por la férrea oposición de los mineros asturianos y el Sindicato Nacional del Carbón, para quienes el gasoducto suponía la pérdida de su mejor mercado y la muerte definitiva de un sector ya en declive por la introducción del petróleo.

Este factor político, unido al contexto económico del país, embarcado en el Plan de Estabilización de 1959, hicieron que el Gobierno español no apostara por el gasoducto.

En 1968 se intentó reactivar el proyecto por los empresarios y la banca del País Vasco, llegándose a elaborar un proyecto de red, un organigrama de la empresa distribuidora así como un plan de inversiones, pero de nuevo la iniciativa no llegó a cuajar, esta vez por:

  • La reticencia de la empresa gasista y el gobierno francés.

  • Las contrapartidas exigidas al gobierno de España, que estaba muy centrado en la industria del petróleo.

  • El mix energético español, más basado en el petróleo, con una baja penetración del gas natural en el mercado, una energía apenas conocida en España en aquellos años.

  • La existencia de una alternativa de suministro de gas natural en España a través de la planta de regasificación de Barcelonalink text .

Fue en 1993 cuando se produjo la primera interconexión gasística francoespañola, entre el yacimiento de Lacq (ya en claro declive) con el gasoducto Barcelona-Bilbao a través del puerto navarro de Larrau. Trece años después entró en servicio el gasoducto Euskadour, uniendo la planta regasificadora de Bahía Bizkaia Gas con el almacenamiento subterráneo de Lussagnet, uno de los mayores de Europa.

Lecciones de dos fracasos

Las interconexiones energéticas entre mercados y países siempre son buenas pues:

  • Favorecen una mayor flexibilidad en la gestión de los sistemas regionales.

  • Crean nuevas alternativas y vías de suministro.

  • Permiten aprovechar complementariedades de producción y demanda, frecuentes por razones climatológicas, de mix de producción entre países, latitudes y mercados.

Pero su elevadísimo coste y el problema de alinear los intereses no siempre comunes de los países implicados, entre otros factores, hace que no todos los proyectos se hagan realidad, como hemos podido ver.

Aunque el proyecto MidCat y el de interconexión Lacq-Irún surgieron en fases muy distintas del ciclo de vida de la industria del gas natural, su fracaso se debe a motivos que tienen que ver con la economía, la política y los intereses de los países involucrados.

En ambos casos, la disponibilidad de un suministro regular de combustible (gas y petróleo, respectivamente) a bajos precios redujo el interés estratégico y las expectativas de rentabilidad.

Además, ninguno de los proyectos llegó a despertar el interés y el entusiasmo suficientes en los gobiernos de los países afectados. Las razones han sido tanto económicas como políticas y geoestratégicas.

Jugaron en contra del gasoducto vascofrancés de mediados del siglo XX la oposición de los grupos de interés vinculados a las energías competidoras (carbón y petróleo), la existencia de un suministro regular de petróleo importado a bajos precios y el impulso dado a esta energía por los gobiernos españoles del desarrollismo franquista.

El MidCat se dio de bruces contra el elevado peso de la energía nuclear en el mix energético francés y la existencia de un suministro regular de gas a España desde Argelia, así como contra la intensa movilización ecologista ante el proyecto. Por último, la existencia de infraestructuras gasistas previas (la planta de regasificación de Barcelona en el primer caso o la conexión de los Pirineos occidentales en el segundo), pendientes de amortizar y/o con una baja capacidad de utilización, acabó de motivar el archivo definitivo de ambos proyectos.

No obstante, la historia muestra que, en coyunturas extraordinarias, las consideraciones económicas (o medioambientales) se subordinan a otras más urgentes e imperiosas, como la guerra o la garantía de suministro energético. Es en este contexto cuando el abandonado proyecto MidCat ha vuelto a la agenda pública europea.

Jacinto Lobo Moran, consejero de Barbo Renovables y del Círculo de Energía Fineco-Kutxabank es coautor de este artículo. Fue director general del Ente Vasco de la Energía, EVE.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Jesús M. Valdaliso no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.