Gafas de sol: no es por estética, es por salud

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Cuando salimos a la calle, ¿nos ponemos gafas de sol? Puede que las usemos por motivos puramente estéticos. Pero lo cierto es que su función va más allá: son un sistema de protección ocular muy valioso frente a las radiaciones solares, especialmente las de más alta energía, es decir, las radiaciones ultravioleta (UV).

¿Hasta qué punto nos protegen? ¿Son tan útiles como creemos?

Los ojos tienen su propio sistema de protección ante el exceso de luz

Al salir a la calle en un día soleado, la luz de Lorenzo nos molesta. Incluso puede llegar a deslumbrarnos, especialmente a las personas con algún problema visual. Y todo porque los fotorreceptores son extremadamente sensibles a la luz.

Nuestros ojos traen incorporado de serie su propio sistema de protección frente al exceso de luz. Entre las estructuras que hacen de escudo destacan las células del epitelio pigmentario, encargadas de absorber el exceso de luz que llega al fondo de nuestro ojo. Lo hacen gracias a que están cargadas de pigmentos como melanina y lipofucsina. Lo malo es que protegiéndonos no salen de rositas. Cuando se exponen en exceso, la sobrecarga de trabajo acaba acelerando su envejecimiento. Y es una faena porque, además de protegernos, mientras están sanas se ocupan de mantener nuestra calidad visual.

Para descargar a las células del epitelio pigmentario de ese trabajo extra y evitar que la calidad visual se resienta, lo mejor es ponernos unas gafas de sol que reduzcan la cantidad de información luminosa que les llega. Su eficacia depende de que los cristales sean de calidad y tengan un filtro homologado.

El gesto de ponerse las gafas es más importante aún en el caso de las personas con el iris claro (y más aún las albinas) porque, al tener menos pigmento, la luz del sol les causa una fotofobia más notable.

Pero ¿por qué son las radiaciones ultravioletas, y no otras, tan dañinas para nuestros ojos? Lo son por su propia naturaleza: aunque la UV no es una radiación ionizante, es altamente energética. Tanto que en algunos casos tiene capacidad lesiva para nuestras células y capacidad mutagénica.

El abc de las radiaciones ultravioleta

Los seres humanos no vemos esta radiación porque la longitud de onda más estrecha a la que responden nuestros fotorreceptores supera los 400 nm, y el espectro UV más próximo, el de los UVA, está comprendido entre los 320 y los 400 nm.

La radiación UV se divide en tres rangos de frecuencia. Por un lado tenemos la UVA (320-400 nm), la menos energética, que comprende la mayor parte de radiación UV del sol que llega a la Tierra (un 95 %). Atraviesa algunos tejidos, es la responsable de nuestro bronceado y el envejecimiento de nuestra piel, y puede dañar algunas células.

La radiación UVB (290-320 nm) que llega a la Tierra es más energética que la UVA y su incidencia varía dependiendo de la estación del año y de la hora del día. Por ejemplo, en el hemisferio norte es más prevalente en verano. Al ser una radiación mucho más activa biológicamente, produce lesiones en el ADN celular. Y es causante de quemaduras solares en nuestra piel, daños oculares y cáncer de piel.

Por último tenemos la radiación UVC, la de longitudes de onda más lesivas y energéticas (100-280 nm). La mayor parte es absorbida por la atmósfera, de forma que raramente incide sobre nosotros. Como este tipo de radiación es germicida y esterilizante, se puede generar usando lámparas de mercurio para desinfectar las superficies de trabajo en los laboratorios donde hemos manejado cultivos celulares o material quirúrgico. También se usan lámparas de emisión de radiación UVC para desinfectar los quirófanos.

La UVC es tan potente que es capaz de desintegrar en unos segundos lo que las UVB destruyen en una hora. Daña todo tipo de ADN, incluido el nuestro. De ahí que solo se puedan usar cuando el local o la zona a desinfectar están vacías.

Daños en los ojos

¿Y qué sucede cuando todas estas radiaciones alcanzan los ojos?

El daño provocado por la radiación UV que llega a nuestros ojos es acumulativo y permanente. Puede afectar a distintas estructuras oculares, entre ellas la conjuntiva, la córnea, el cristalino y la retina.

La exposición continuada de la córnea a la luz UVB provoca daños considerables a su mecanismo de protección antioxidante natural. En el cristalino, el daño acumulado a lo largo del tiempo puede hacer que amarillee y pierda su transparencia, debido a que provoca cambios irreversibles en sus proteínas. Por eso es uno de los desencadenantes del desarrollo temprano de las famosas cataratas.

El exceso de exposición a la luz solar puede provocar también pinguécula, una lesión en la conjuntiva con aspecto amarillento y que suele aparecer en la zona nasal del ojo. Suele ser común en personas que realizan muchas actividades bajo exposición solar. No es grave, pero puede tener consecuencias molestas, como continua sequedad en los ojos.

Los surfistas, marineros y pescadores están familiarizados con otra patología ocular llamada pterigion. Aparece cuando una porción de la conjuntiva, normalmente también de la zona nasal del ojo, degenera y es reemplazada por fibras gruesas y vasos sanguíneos. Adquiere una forma de ala rosácea sobre la conjuntiva pudiendo llegar a alcanzar la córnea. Es posible que, por ello, la visión pueda verse afectada. Este tipo de lesión tiene una mayor incidencia en la zona del ecuador terrestre.

Posible desencadenante de la degeneración macular asociada a la Edad

Cuando la radiación ultravioleta llega al fondo del ojo, una parte es absorbida por el pigmento que contienen los melanosomas del epitelio pigmentario. Allí se encuentra la mácula, una zona de la retina central que usamos para mirar fijamente. Gracias a la depresión que forma la fóvea, en esa zona tenemos la mayor concentración de conos. Y justo en esa zona, todas las capas de células están desplazadas hacia los laterales permitiendo que la luz incida directamente sobre los conos. Por eso es la parte de la retina que proporciona la máxima agudeza visual.

Pues bien, debido a esta la exposición directa a la luz, los conos son mucho más vulnerables a las radiaciones más dañinas. De hecho, se sabe que este acúmulo oxidativo –llamado fotooxidación– hace que la radiación UV se considere un desencadenante temprano de la degeneración macular asociada a la edad (DMAE). Esta patología visual de origen multifactorial causa la destrucción lenta de la visión central, dificultando tanto la lectura, la percepción de los colores y la visualización de detalles finos. Otros factores de riesgo desencadenantes de este problema visual son los hábitos poco saludables como el tabaquismo, el abuso de grasas y colesterol y el consumo de alcohol.

La conclusión es clara, ¿verdad? Todos deberíamos llevar gafas con filtro para las radiaciones UV. Sobre todo los niños, en los que los tejidos no están maduros y la pigmentación no está consolidada, por lo que tanto su piel como sus ojos son especialmente vulnerables a sus daños.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Conchi Lillo no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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