Gabriela Wiener: “Aparte de nazis gritándote ‘panchita’, hay un racismo estructural”

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Gabriela Wiener (Photo: Sofí­a Álvarez)
Gabriela Wiener (Photo: Sofí­a Álvarez)

Mientras los aviones del Ejército sobrevuelan el cielo de Madrid ensayando para los actos del próximo 12 de octubre, Gabriela Wiener (Lima, Perú, 1975) da entrevistas en la sede de la editorial Penguin Random House sobre su último libro, Huaco retrato, que trata de la “herida colonial” y racista que sufren y arrastran tantos migrantes como ella.

Estas paradojas se repiten constantemente en la vida de la escritora y periodista peruana. Aunque Wiener llevaba años queriendo escribir este libro sobre “identidades dudosas” y bastardas, el sentimiento de no encajar bien la acompaña desde que tiene uso de razón. Mirarse al espejo y ver sus rasgos andinos la hacían dudar de su apellido “tan alemán, tan pomposo” y tan venerado en su familia. En Huaco retrato une los puntos de esa historia de hace siglos, que la llevan hasta Charles Wiener, un judío austríaco que viajó a los Andes en el XIX y, en nombre de un proyecto civilizador, expolió los lugares sagrados de los indígenas, y desde entonces miles de huacos (piezas de cerámica) se conservan en museos franceses.

Pero Huaco retrato no va sólo del pasado, recalca su autora, que realiza un paralelismo entre los huacos de entonces y los migrantes de ahora, cuyas vidas están “todavía atravesadas de una cosa estructural, lo colonial”. “Somos como esos huacos, sin nombre, de origen dudoso, escondidos en los sótanos de un museo o de una ciudad”, explica Gabriela Wiener.

La escritora hace también “una reivindicación de lo ilegítimo”, por lo que a sus antepasados respecta. “Si Charles se lleva a Europa un niño indígena para probar el éxito de su proyecto civilizador, en Perú deja a otro niño, del que no sabrá nada, pero con el que comienza una estirpe que acaba conmigo, la más negra de sus descendientes”, dice.

Espero que no pusieran problemas en la editorial porque el público español no iba a entender el título del libro...

Por supuesto, por supuesto. ¿Lo dudabas? (ríe)

Pero al final te saliste con la tuya.

Claro. En un libro que va sobre las huellas de la colonización, lo primero que tiene que estar sobre la mesa en cualquier negociación es tu derecho a nombrarte, a tener voz, a tener tu título. Por supuesto, no hubo nada impuesto, fue todo debatido y se vieron los argumentos, y al final todos estuvimos de acuerdo en que sí, que este es el nombre de este libro. Además, es uno de esos títulos raros que a veces se quedan precisamente por lo raros que son. Se tenía que llamar así, hace mil años que quería escribirlo.

En Perú hoy sabes perfectamente a qué casta perteneces

Dices que eres “la más india” o “la más negra” de los Wiener. Me da la impresión de que en Perú la gente tiene muy claro qué grado de negritud o de cholismo o de europeísmo tiene. ¿De dónde viene esta obsesión por catalogar la raza?

Es una herencia, un reflejo claro en el presente de las divisiones coloniales de castas. Ahora hay una muestra de Sandra Gamarra en Madrid con obras del Museo de Antropología peruano, y vemos que hace siglos se hicieron estudios de mestizajes para ver qué resultado daba si se mezclaba tanta sangre de negro con tanta sangre de cholo, o similar. Pone: ‘Tanto más tanto, producto mulato’, o ‘producto zambo’, o ‘cuarterón’. A más indígena, a más negro, significa una raza inferior. Esta clasificación megarracista duró siglos. Estas pinturas son del siglo XV o XVI, pero hasta el siglo XIX, mi tatarabuelo hacía lo mismo. Es una cosa bestial.

Cuando hablamos de que el colonialismo sigue presente en nuestras vidas, hablamos de eso. En Perú hoy sabes perfectamente a qué casta perteneces. Por eso yo sé que soy la más india de los Wiener. Es una locura que tengas que verte siempre así. En este libro, la protagonista trata de librarse de ese estigma, de dejar de sentirse sólo un cuerpo racializado, un cuerpo fronterizo que se queda fuera. Pero es que vengo a España y pasa lo mismo. El sistema mundial de castas sigue ahí. Además, todos los discursos políticos abonan el terreno para que esto siga, para que haya racismo en las calles, en las instituciones, en las fronteras, donde ya no sólo hay exclusión, sino muerte.

La derecha se rearma a nivel global en un giro ultraconservador y tremendamente racista

Hablando de discursos políticos que abonan este terreno, ¿qué se te pasa por la cabeza cuando escuchas que “el indigenismo es el nuevo comunismo”?

Ahora mismo estamos en un momento de insuflar discursos imperialistas y colonialistas como reacción a que haya pueblos indígenas organizados, a que haya estallidos en países latinoamericanos contra el modelo económico, o que haya mapuches redactando la Constitución en Chile. La derecha se rearma a nivel global en un giro ultraconservador y tremendamente racista. Que Ayuso hable de comunismo no es nuevo; que ahora introduzca el término de indigenismo es básicamente por temor a lo que están haciendo los pueblos originarios, la gente que no es blanca y que está descontenta con un sistema neoliberal que les asfixia y que la pandemia ha agudizado.

Gabriela Wiener (Photo: Sofía Álvarez)
Gabriela Wiener (Photo: Sofía Álvarez)

Veo algo muy reaccionario que está pasando en España. Ayuso y el PP han superado a Vox en los últimos días, con Aznar, con su Convención con Vargas Llosa… llamándose liberales, ahí se ha concentrado lo más antidemocrático, homófobo, racista, clasista y colonial que hemos visto en mucho tiempo. Así como estamos soportando a los machistas que responden a una ola potente de liberación de las mujeres, ahora lo vemos contra la gente indígena, andinodescendientes y afrodescendientes.

Las palabras de Ayuso y Aznar son completamente imperiales. Es como si se dirigieran todavía a sus colonias

Ellos están aterrados por que se derrumben las estatuas, cuando es algo tan sencillo. Es tan sencillo escuchar lo que tienen que decir los pueblos que dominaron en algún momento, cuando sus descendientes piden sólo que les oigas, que les respetes, que sientas un poco de empatía y dejes de hacer estas afrentas, como celebrar el 12 de octubre o poner a Colón en medio de la plaza más importante de la ciudad. Son cosas que se podrían ahorrar. El ‘no tengo nada por lo que pedir perdón’, las palabras de Ayuso, de Aznar, son completamente imperiales. Es como si se dirigieran todavía a sus colonias. Ya no hay diferencia entre la derecha y la ultraderecha en este sentido. Ni democracia ni liberalismo, ya se lo pasaron por ahí. ¿Qué cosa es esa de la nostalgia, sino puros reaccionarios saliendo de debajo de todos los rincones? Todo para responder a una ola que tiene que ver con la diversidad, con la lucha por nuestros derechos, con la sed de justicia, con la idea de transformación social, con la reparación de los pueblos indígenas, con dejar de homenajear a esclavistas. Necesitamos un poco de humanismo y cultura. Pero no, tenemos a esos cafres tratando de devolvernos al imperio.

Llega el 12 de octubre y, como cada año, desde el antirracismo se denuncia esta celebración. Ahora que gobierna la izquierda, tampoco parece que se hayan planteado esta fecha como algo problemático.

Lo que me parece más condenable de las izquierdas españolas (en las que las personas migrantes o racializadas sólo son cuotas todavía) es su inoperancia para cambiar el sistema de extranjería, para abolir la ley de extranjería. Tienen esta oportunidad para hacerlo, es ahora, están en el Gobierno. Y no lo van a hacer. No lo hicieron ni durante la pandemia, cuando se lanzó la campaña de Regularización YA. Se avanzó, pero no llegó donde tenía que llegar, en una situación de vulnerabilidad total, de tragedia humana, como eran los primeros tiempos de la pandemia.

La izquierda española tiene una deuda muy grande con las migrantes y los migrantes de este país

La izquierda española tiene una deuda muy grande con las migrantes y los migrantes de este país. La sangre en las fronteras, la persecución, la vida de segunda o tercera clase que tienen los migrantes es, en buena parte, responsabilidad de la izquierda de este país. Ya sabemos quiénes son y qué hacen Abascal y Ayuso, ya sabemos que quieren deportarnos, que su racismo llega a responsabilizar a los migrantes de absolutamente todo, pero la izquierda, que públicamente no tiene ese discurso, en la práctica contribuye con esta violencia y este racismo institucional perpetuo. Ahora mismo, hay una complicidad de los poderes que no ayuda a que se resuelva la situación de la migración en España.

Es una de las luchas más importantes del antirracismo en este país. No es una lucha popular, no es una lucha por la que la gente salga masivamente a las calles, y eso es jodidísimo de ver. Hay una cuestión estructural, aparte del racismo diario, aparte de nazis gritándote en la calle maricón, o moro, o gitana de mierda o panchita. Todo este racismo es la base de la violencia que vemos día a día.

La relación que tiene España con las migrantes latinoamericanas es realmente perversa

En el poema Panchilandia, que incluyes en el libro, dices: “Mi profesora de geografía en Perú, la que me enseñó la escala, la latitud y la longitud del mundo, le cambia el pañal a tu padre, España”. ¿Qué es lo que lleva a que una profesora de Geografía en Perú se dedique en España a cuidar ancianos?

La colonialidad. Porque aún subsiste, aún pervive, en las relaciones laborales, en la falta de derechos. Vivimos en una sociedad de castas. Las migraciones siempre son en busca de otros horizontes económicos, sociales, liberales… en el caso de la migración latinoamericana, tiene sus particularidades, porque en España es vista como la del buen salvaje. De eso habla Panchilandia, de esta manera tan paternalista, tan infantilizadora, de ser racista. Podría pasar por no racismo, podría pasar por ‘ay, cómo nos quieren, que nos llaman panchitos’.

Se sigue pensando que el latinoamericano es alguien que está muy bien asimilado, pero que lo que aspira es a casarse con un español, a reproducirse aquí. No se ven los problemas estructurales que nos hacen venir aquí, no se resuelven los problemas de las trabajadoras del hogar que luchan por reivindicar derechos que no se les dan. La relación que tiene España con las migrantes latinoamericanas es realmente perversa. Es una relación de supuesta consideración, cuando realmente las tienes en ese lugar donde no van a significar nunca una amenaza para ti. Las tienes cuidando a tus hijos, cuidando a tu abuelo y, en el fondo, lo que te une a ellas es un gran desprecio. Tampoco estás haciendo nada por que mejore su vida. Este sistema de castas a nivel mundial hace que la población andinodescendiente esté siempre trabajando en el servicio.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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