Gabriel Heras, médico de UCI: "¿Tú te crees que por mil euros vale la pena jugarse la vida?"

Marina Velasco
Gabriel Heras (Photo: SANDRA LÁZARO)

Este libro no existiría de no ser por el coronavirus, en todos los sentidos. De entrada, porque En primera línea. Un testimonio desde la UCI de la crisis del coronavirus (Península) cuenta la expansión de la epidemia desde dentro de uno de los hospitales más afectados de España. Después, porque su autor, Gabriel Heras, no habría tenido tiempo para escribirlo si no fuera porque se contagió, como otros 50.000 sanitarios en el país. Afortunadamente, su caso no fue grave, y cuando Heras se vio obligado a hacer un alto en sus jornadas extenuantes como médico de cuidados intensivos, se encerró en su casa y ‘vomitó’ su experiencia. 

“Hasta ese momento no había tenido tiempo para digerir todo lo que nos había pasado, no sólo a mí, sino a los pacientes y a los compañeros”, explica Heras. “Ha sido una cosa totalmente horrible. Estaba escribiendo el libro y se me caían las lágrimas encima del teclado o me daba la risa tonta”.

Gabriel Heras tuvo que “volar” para terminarlo en tiempo récord, y al echar la vista atrás piensa que la escritura le ha funcionado “como terapia”. “El libro es muy duro, pero también pretende generar la esperanza de que esto tiene que cambiar porque, si ni siquiera somos capaces de aprender de esta experiencia, mal vamos”, lanza. Si a algo se aferra este intensivista es a la posibilidad de “transformar el sistema sanitario a través de la pandemia, poniendo el foco en la humanización de la asistencia sanitaria”. Es justo por lo que él lleva luchando seis años con el proyecto HU-CI, Humanizando los Cuidados Intensivos. 

¿Considera que la sanidad, y el personal sanitario, saldrán reforzados de esta crisis y empezarán a ser más valorados, o por el contrario los políticos y la sociedad lo olvidaremos tan pronto como los aplausos?

Espero que la gente no se olvide de nosotros. En cuanto a los aplausos, yo los he vivido bien, pero también hay muchos profesionales que lo han vivido mal porque tenemos la sensación de que la gente sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, y al mismo tiempo seguimos teniendo contratos inestables, sueldos miserables, condiciones de ratio de personal totalmente inadecuados. Si antes de la pandemia el 50% de los profesionales sanitarios estaban quemados, ahora imagínate. Pienso que mucha gente va a dejar la profesión, porque no merece la pena. 

El sueldo base de un médico, no te digo ya el de los auxiliares, es 1.150 euros. Si uno se da de baja o no tiene complementos de antigüedad, ¿tú te crees que por mil euros merece la pena jugarse la vida? Porque, esta vez, claramente ha sido así, no es una exageración. Más de 70 profesionales han muerto y más de 50.000 se han infectado. Creo que a la población le ha quedado claro el compromiso que tenemos los sanitarios para con la sociedad. Somos los que hemos sacado las castañas del fuego.

Mucha gente nos dice que somos héroes, y a mí no me gusta. No somos héroes, somos víctimas, y en muchos momentos hemos estado sin escudos, sabiendo perfectamente que íbamos a caer. Nadie va a poder mirar ahora hacia otro lado. 

No somos héroes, somos víctimas. Mucha gente va a dejar la profesión

Dice que se necesita una nueva forma de entender los cuidados; justo de esto se habla mucho últimamente, de dar a los cuidados la importancia que tienen, dentro y fuera de los hospitales, dentro y fuera de las casas. 

Llevamos seis años reflexionando sobre esto con el proyecto HU-CI. Claro que no teníamos el mejor sistema sanitario, de hecho llevamos tiempo dando el coñazo con esto. Por desgracia, el coronavirus, aunque ha sido un gran acelerador de la humanización, lo ha hecho de la manera más dolorosa, que es mandando todo a hacer puñetas. Se ha cargado los horarios de visitas, la participación de las familias en los cuidados, es muy difícil comunicarse con la gente cuando tienes un EPI puesto, los pacientes han estado aislados y no se ha podido asegurar su bienestar, se ha puesto de manifiesto que nadie cuida al cuidador. El coronavirus va a generar unas secuelas físicas, emocionales y cognitivas brutales, y el sistema no está preparado para asumir esa pandemia de secuelas que va a venir.   

¿Cómo sería esa buena muerte de la que habla en el libro?

La verdad es que, en todo esto, lo más doloroso ha sido el proceso de morir. Muchísima gente se ha muerto sola, y eso nos tiene que hacer reflexionar sobre qué tipo de sociedad somos. No puede ser que las personas se hayan muerto solas por falta de EPIs. Ni el virus nos puede robar nuestra humanidad. Uno se despide de su padre una vez en la vida, y estoy seguro de que la gente que no se haya despedido lo pasará mucho peor. No sólo hay que cuidar a los pacientes que se mueren sino a las familias en situación de duelo. Eso también tiene consecuencias. En nuestro hospital nos saltamos la recomendación y permitimos visitas de familiares, siempre bien protegidos por EPIs, y estamos orgullosísimos de haberlo hecho así.

Claro que no teníamos el mejor sistema sanitario, de hecho llevamos años dando el coñazo con esto

En el libro habla de todas las secuelas que pueden quedar en los pacientes tras pasar la enfermedad y, sobre todo, si han estado en UCI. Ahora ya se sabe un poco más. ¿Qué nos puede contar de esto? ¿Qué consecuencias habrá a medio y largo plazo?

El síndrome post-UCI que van a tener estas personas es brutal. Los pacientes han estado una media de 28 días ingresados, que es muchísimo tiempo, e incluso en nuestro hospital tenemos un paciente que lleva más de 80 días, desde marzo. La enfermedad genera muchos problemas físicos, a nivel respiratorio y de polineuropatías, déficit de fuerza y de masa muscular, que hace que los pacientes prácticamente no puedan ni pestañear, y al salir tienen que volver a aprender a respirar, a andar, a hablar, a tragar. Tampoco están exentos de riesgos de nuevas complicaciones, y eso por hablar de lo físico. Si hablamos de lo emocional: déficit de sueño, alucinaciones, ansiedad, depresión, estrés postraumático, déficit de atención…  

Portada de 'En primera línea', de Gabriel Heras. (Photo: PENÍNSULA)

En este tiempo hubo varias polémicas sobre el supuesto cribado de pacientes a la hora de entrar a la UCI. Me da la impresión de que la población general no comprende hasta qué punto son habituales este tipo de procedimientos. 

A los profesionales de cuidados intensivos nos ha llamado muchísimo la atención que esto fuera una polémica, y lo que ha pasado es que la población desconocía todo esto. Cada vez que valoramos el ingreso a UCI de un paciente, hacemos un análisis integral de si ese paciente realmente se beneficia de estar en cuidados intensivos. Eso significa que hay pacientes muy jóvenes que tienen una enfermedad terminal y que no se beneficiarían de prolongar su existencia de forma artificial, con máquinas. Y, al revés, hay pacientes muy mayores con problemas relativamente fáciles de resolver y que con un día en la UCI vuelven a su situación previa. El principal objetivo cuando un paciente entra a cuidados intensivos es ese. Hay pacientes que, por definición, no cumplen criterios previos de ingreso a UCI. Si tienes un cáncer metastásico y tu pronóstico de vida es de dos meses, no te vamos a poder resolver esa situación. 

En intensivos no salvamos ninguna vida; lo que hacemos es prolongar el tiempo y dar soporte orgánico a los pacientes para que tengan la oportunidad de que sus problemas se resuelvan. Hay que poner muy bien el foco; si entras en una unidad de cuidados intensivos sin criterio de ingreso, te vamos a hacer sufrir de forma innecesaria. Lo que hacemos en las UCI muchas veces es una tortura, para los pacientes y para las familias. Es una tortura terapéutica, pero al fin y al cabo es tortura. 

No nos jugamos nosotros la vida para que luego la gente haga lo que le sale de las narices

Ahora que va avanzando la desescalada y que las cifras de muertes y contagios han descendido tanto, ¿le da miedo que la euforia eclipse a la precaución? 

Nosotros estamos acojonados, sinceramente. Si ahora llegara otra pandemia, los profesionales no podríamos aguantarlo. Estamos supercansados, estamos extenuados, ahora mismo no podemos más y necesitamos descansar. Quiero creer que si vuelve a haber una gran oleada en octubre, que ojalá sea que no, estaremos mejor preparados, y nos habrá dado tiempo a descansar. Pero eso, siempre y cuando no haya compañeros que digan ‘ahí os quedáis, no me merece la pena, me voy a trabajar al Mercadona’. 

¿Qué se le pasa por la cabeza cuando ve las imprudencias de algunas personas durante la desescalada?

Me llama mucho la atención ver a toda la gente que no cumple las normas; les invitaría a venir a una unidad de cuidados intensivos, o hablar con cualquier familiar que ha perdido a un ser querido, o ver cómo se conecta a alguien a un respirador. A veces parece que la única manera de que el ser humano aprenda es sufriendo. A muchos sanitarios nos indigna profundamente; no nos jugamos la vida nosotros para que luego la gente haga lo que le sale de las narices.

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