Presumir de superioridad moral por odiar el fútbol: el viejo vicio de un sector de la izquierda

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Aficionados con la camiseta de la selección española caminando por la calle.
Seguidores de la selección española acercándose al estadio Wanda Metropolitano de Madrid para ver el partido contra Portugal del pasado 4 de junio. Foto: Marcos del Mazo/LightRocket via Getty Images.

La última excusa ha surgido a cuento de la noticia de que los integrantes de la selección española masculina de fútbol van a recibir, en turno extraordinario, la vacuna del coronavirus de cara a la Eurocopa que (si nada se tuerce) comenzarán a disputar a partir del lunes. No han tardado en salir las voces indignadas habituales, muy ruidosas, que se quejan del agravio comparativo inaceptable en relación a otras capas de población que deberían ser prioritarias a la hora de recibir el pinchazo. Pero, hemos de insistir, es solo una excusa.

Debemos reconocer que ha quedado muy oportuna, aprovechando perfectamente los tiempos gracias a una gestión manifiestamente mejorable por parte de las autoridades sanitarias, porque sin ir más lejos las dosis que previsiblemente se inocularán este viernes tardarán cierto tiempo en hacer efecto: quizás cuando los jugadores estén inmunizados el equipo ya haya sido eliminado. Y la crítica podría ser legítima. Los futbolistas son hombres jóvenes, fuertes y sanos que, en condiciones normales, deberían estar por detrás de colectivos más vulnerables por edad o por el riesgo de sus profesiones.

Ocurre que no estamos en condiciones normales. Ese grupo de atletas, más los técnicos, médicos y fisioterapeutas que les acompañan (una cincuentena de personas, cantidad insuficiente para alterar de manera significativa cualquier programa de vacunación masiva medianamente serio) no se están colando por capricho ni por afán de aprovecharse de su trabajo, como demuestra el hecho de que, aunque llevemos ya muchos meses pinchando gente en España, a ellos no les había tocado todavía. Resulta que a lo que van es a representar al país en un acontecimiento de repercusión internacional que siguen con pasión millones de personas. ¿Como Eurovisión y el cantante Blas Cantó, que tenía la misma misión pero no fue vacunado? Sí, y aquello fue un fallo grave... pero, como dice Homer Simpson, dos errores no suman un acierto.

Por otra parte, se sabe desde hace más de un mes que los representantes españoles en los Juegos Olímpicos que (esperemos que) se celebrarán en Tokio, gente igual de joven, fuerte y sana, también recibirán la vacuna antes de ir a Japón. Y no se ha montado ni de lejos tanto revuelo. Lo que molesta a algunos, que tienden además a encuadrarse ideológicamente en un sector determinado de la izquierda, es que se trate del fútbol. Para muestra, el desprecio con el que se refiere a "un grupo de once hombres dándole golpecitos a una pelota" toda una diputada como Aina Vidal, representante de En Comú Podem (la rama catalana de Podemos):

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Reducir el balompié a once hombres (porque se ve que ellas no pueden) pateando una pelota es una simplificación tan burda como decir que el ballet es gente dando saltitos sobre una tarima de madera, o que el cine no pasa de ser unas cuantas personas haciendo cosas delante de una cámara. Sin meternos en consideraciones estilísticas de técnica o táctica que hasta podrían derivar en discusiones estéticas, su carácter de competición, de rivalidad, y su capacidad de generar pasiones entre los seguidores le convierte en una fuente casi inagotable de narrativas épicas. Referentes intelectuales del lado zurdo del espectro político como Albert Camus o Eduardo Galeano, por citar acaso los dos más significativos entre los miles de ejemplos que se pueden encontrar, no se resistieron a los encantos del balón y las porterías.

Claro que tampoco hay que caer en el extremo contrario de mitificar este deporte. No deja de ser un espectáculo que, como todos los demás, puede gustar o no; cada cual es libre de elegir. Pero ¿por qué tanto odio al fútbol? Si a alguien no le interesa un juego concreto, en principio basta con no consumirlo para librarse de tan maléfico influjo. Y no, en pleno siglo XXI, con la infinidad de alternativas que existen, no cuela la excusa de que los medios de comunicación lo meten hasta en la sopa: hay muchos canales y muchas webs entre las que elegir.

A algún iluminado, hace ya años, se le ocurrió actualizar el teorema marxista e identificarlo como "el nuevo opio del pueblo", adjudicándole el papel que antes tenía la religión. De forma falaz, claro, porque la existencia de Messi y Cristiano Ronaldo puede constatarse como cierta y verdadera sin necesidad de acudir a la fe. El caso es que la boutade caló, probablemente porque algunos líderes se sienten más cómodos no tanto trabajando activamente por mejorar la vida de la gente, sino buscando un gigante mitológico contra el que luchar. Hoy, a ojos de no pocos supuestos creadores de opinión, los aficionados siguen siendo un rebaño de borregos sin criterio. 

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Entre una parte del público objetivo el mensaje tiene aceptación. Sin embargo, de cara a la mayoría social que sigue agolpándose por millones delante del televisor cuando hay un partido importante (y esa, y no otra, es la única razón detrás de otro motivo de hostilidad recurrente: las fortunas que se mueven en esta industria del entretenimiento), no parece que la campaña tenga demasiado tirón. Es fácil comprender el motivo: la gente, en general, no se siente cómoda cuando alguien que pretende hacerle cambiar de comportamiento, en vez de utilizar argumentos más o menos sensatos (si los hubiera), recurre al insulto y al menosprecio.

Porque esto del fútbol es un ejemplo, quizás anecdótico pero muy significativo, del mal que aqueja a parte de la izquierda. Creerse en la posesión de la verdad no es de por sí algo negativo (a fin de cuentas, nadie con dos dedos de frente va a defender una idea si sospecha que puede estar equivocada); el fallo surge cuando no solo no se está dispuesto a confrontar el pensamiento propio con el de otros, sino que se pasa al extremo de proclamar que otras opciones son de descerebrados ignorantes. Les ocurre con el deporte y con muchos otros aspectos de la sociedad, y, como estrategia para ganarse el favor popular y acabar triunfando en las elecciones, nos aventuramos a decir que es de eficacia limitada. Eso sí: en las batallas dialécticas de Twitter no faltarán los miles de megustas retroalimentados.

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