La historia de Fungie, el delfín solitario que vive desde hace décadas en un puerto irlandés

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Foto del delfín Fungie saltando y jugando en las aguas de la bahía de Dingle, en Irlanda
Foto del delfín Fungie saltando y jugando en las aguas de la bahía de Dingle, en Irlanda

Nuestro primer pensamiento cuando hablamos de especies sociales, además del ser humano, es posiblemente para los delfines. Gracias a numerosos estudios publicados en las últimas décadas empezamos a comprender la complejidad de sus relaciones personales y culturales. Hemos descubierto que son capaces de resolver problemas complejos, que utilizan juegos para aprender, que surfean olas por el simple placer de divertirse o que, además de los sonidos de su característico lenguaje, también pueden comunicarse con el cuerpo. Estos simpáticos e inteligentes cetáceos representan uno de los mejores ejemplos de especie animal que forma comunidades avanzadas y desarrollan su vida arropados por un intrincado entorno social. De hecho, muchas de sus actividades más vitales, como cazar para alimentarse, se basan en maniobras conjuntas y en ingeniosas estrategias de grupo.

Por todas estas razones no suele ser frecuente ver a un delfín solitario, y mucho más insólito es conocer la historia de uno que lleva viviendo solo casi cuarenta años en las frías aguas de Irlanda. En el verano de 1983, los pescadores de la pequeña localidad de Dingle, situada en la península más occidental de la costa atlántica de Irlanda, conocieron por primera vez al que ahora es uno de sus más famosos habitantes. Un delfín nariz de botella (Tursiops truncatus) comenzó a seguir sus barcas, a juguetear con las olas a su lado y, desde entonces, ya han pasado treinta y siete años y el animal no se ha movido de allí.

Le pusieron de nombre Fungie y, con el paso del tiempo, su presencia se hizo tan popular que ya se ha convertido en un símbolo del pueblo, e incluso le han dedicado una estatua en un lugar prominente del puerto. Las costumbres del delfín son predecibles y a menudo se le puede encontrar siguiendo la estela de los barcos, por lo que en el pueblo han prosperado las empresas que organizan excursiones para turistas y letreros que anuncian recorridos en barco que garantizan ver a Fungie o te devuelven el dinero.

Estatua del delfín Fungie en el puerto de Dingle | imagen Wikipedia CC
Estatua del delfín Fungie en el puerto de Dingle | imagen Wikipedia CC

Fungie no es el único delfín documentado que se separa de su especie e interactúa con frecuencia con los humanos. Los biólogos han encontrado algunos ejemplos más en otros cetáceos, como belugas y orcas, pero nunca durante tanto tiempo. El récord mundial del delfín de Dingle, y sus treinta y seis años en compañía de humanos, contrasta con el triste destino que suelen sufrir estos animales solitarios que, por lo general, mueren temprano y, en la mayoría de las ocasiones, a manos de nuestra especie.

Aún no sabemos con certeza los motivos por los que un animal tan social como un delfín viviría en solitario. Si bien es relativamente frecuente que los delfines vivan un tiempo solos, por ejemplo si cambian de grupo social, los periodos en soledad son muy inusuales y, por lo general, bastante breves. Los delfines solitarios suelen ser ejemplares jóvenes y los investigadores han encontrado algunas de las razones que podrían explicar su soledad: un ataque que mató a su manada y los dejó huérfanos, cambios de grupo que se prolongan en exceso o quizá fueron abandonados por su grupo al nacer y no encontraron otro para unirse. También se puede tratar de animales discapacitados, como la orca Morgan que fue encontrada en Holanda y que posteriormente se descubrió que era sorda. O quizá, quién sabe, simplemente algunos de ellos son solitarios a los que no les importa demasiado estar acompañados, recordemos que los delfines, al igual que los humanos, tienen su propia personalidad.

Imagen de Fungie, el delfín solitario de la bahía de Dingle en los años 90 | imagen NUTAN/Gamma-Rapho
Imagen de Fungie, el delfín solitario de la bahía de Dingle en los años 90 | imagen NUTAN/Gamma-Rapho

La facilidad para encontrar a Fungie siempre en el mismo territorio es de gran ayuda para los investigadores y biólogos que intentan estudiar el comportamiento de estos inusuales cetáceos solitarios. Mike Bossley, uno de los científicos más reconocidos en mamíferos acuáticos, en una entrevista en el Smithsonian Magazine, explica que los delfines solitarios suelen cambiar la afiliación de un grupo por la de un lugar concreto, por eso una de sus características más notables es que sienten una “relación directa con una localización concreta” y parecen sentirse tan cómodos que no abandonan esas aguas. Bossley incluso cuenta con otros ejemplos de esta relación entre un lugar determinado y un delfín solitario. Durante varios años trabajó en Australia con otro delfín solitario, al que llamó Jock, que nunca abandonó una zona particular de aguas cálidas aunque algo contaminadas, a pesar de que otros delfines parecían evitar esa zona.

Los investigadores también han encontrado otros elementos en común entre los delfines solitarios. “Después de establecer una zona concreta como hogar restringido, muchos de ellos comienzan a seguir regularmente los botes y montar las olas que se forman en la proa de los barcos”. Sus relaciones con esos navíos no sustituyen por completo los contactos con otros delfines: Jock socializaba con grupos de delfines cuando estaban cerca y Fungie también ha aparecido a menudo con marcas de contacto con otros delfines, incluso signos de interacción amistosa, pero cuando el grupo de delfines se marcha, Fungie no se va con ellos y permanece en las aguas del puerto de Dingle.

Aunque desconocemos las razones por las que estos ejemplares abandonan su vida en grupo para instalarse en una determina zona, lo que sí sabemos es que llevan haciéndolo desde hace mucho tiempo. Los animales sociales que se convierten en ejemplares solitarios tienen una larga historia. Hace más de dos mil años, el naturalista romano Plinio el Viejo describió un delfín, en aguas de la actual Túnez, que jugaba con nadadores, cargándolos a la espalda y disfrutando de su compañía. En 1980, un delfín se instaló en Pelorus Sound, Nueva Zelanda, se acercaba a los barcos y jugueteaba con los nadadores, se ganó el cariño de los habitantes de la zona y las autoridades locales publicaron un decreto de protección legal. A principios de la década del 2000 también se hizo muy popular la joven orca “Luna”, que se instaló en solitario en la isla de Nootka, en Canada.

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