¿Fue la ducha un invento creado para mejorar la higiene en las cárceles francesas?

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Tenemos la percepción de que las duchas nos han acompañado desde siempre, pero en realidad, tal y como la conocemos, se trata de un invento relativamente moderno y que no se popularizo su instalación y uso en los domicilios particulares hasta bien entrado el siglo XX.

Duchas públicas (imagen vía Wikimedia commons)
Duchas públicas (imagen vía Wikimedia commons)

Desde la antigüedad han existido varios modos de limpiarse o refrescarse el cuerpo, siendo el más común el hacerlo en algún tipo de estanque, río, termas o bañeras. Estas últimas no eran comunes en todos los hogares y solo los más privilegiados podían permitirse disponer de alguna.

El procedimiento del baño era sumergiéndose e irse lanzándose agua por encima (con la ayuda del algún utensilio), ya fuese por uno mismo o con la ayuda de alguien.

Evidentemente, en algunos lugares existían caños naturales por el que salía un chorro de agua y seguro que en multitud de ocasiones nuestros antepasados pudieron llegar a utilizarlo para lavarse o refrescarse, aunque ese conducto, por noma general, no era utilizado con tal fin y sí para beber o recoger agua mediante cántaros.

No fue hasta el último cuarto del siglo XIX cuando apareció una instalación de lo que hoy en día podemos considerar una ducha y fue concretamente en la prisión de Bonne-Nouvelle, un centro penitenciario ubicado en el municipio de Rouen, en el noroeste de Francia, el cual fue inaugurado en 1860.

Hasta allí llegó, en 1867, un nuevo jefe médico, llamado François Merry Delabost, quien observó que los presos enfermaban frecuentemente a causa de una escasa higiene corporal, ya que por aquel entonces tan solo tomaban un baño una vez a la semana y, además se hacía dentro de una bañera cuya misma agua utilizaban todos los internos.

Determinó que para mejorar la salubridad de los reos estos deberían lavarse a fondo por lo menos tres veces por semana y con agua limpia para cada uno, algo que parecía inasumible por la gran cantidad de agua que se consumiría y el alto coste económico que esto supondría.

Fue entonces cuando ideó un método por el cual se colocaban una serie de caños en los baños por los que se iba administrando agua poco a poco y debajo de cada chorro se colocaría un preso. Un funcionario iría administrando la salida de agua, por lo que se desperdiciaría el mínimo posible.

Bien administrado y realizando las pautas concretas, con el mismo agua que se llenaba una bañera podrían lavarse de ese otro modo todos los presos. En 1872 presentó aquel inventó a las autoridades carcelarias que vieron en el artefacto de François Merry Delabost un eficaz método de mantener la higiene entre la población carcelaria, instalándose las que se han considerado como primeras duchas de la historia.

Poco después otros centros penitenciarios del país también lo aplicaron y con el tiempo el invento de la ducha se popularizó por toda Europa y otros lugares del planeta, tanto en prisiones como en otros tipos de establecimientos e incluso casas particulares (aunque a estas no empezó a instalarse hasta ya entrados en el siglo XX).

Desde entonces, la mayoría de expertos han atribuido a François Merry Delabost la invención de la ducha, apareciendo éste en los libros como el creador de la misma.

Pero hay un grupo de historiadores que indican que el médico francés fue el popularizador y quien puso en práctica el uso de las duchas colectivas, pero no admiten que fuese su inventor, siendo algunos los que señalan que el inventor original fue un español, llamado Diego Pacheco y Cobos, de quien existen unos documentos datados en el año 1802 (siete décadas antes que el médico francés) en el que presentaba a las autoridades de la Corte y Villa de Madrid u proyecto de un establecimiento público de baños y en el que entre otras cosas escribía:

[…] Cada pila tendrá tres caños en vez de los dos que regularmente se acostumbran; uno para el agua fría, otro para la caliente, y el tercero, que se llamará de rocío, servirá únicamente para rociarse o refrescarse la cabeza el que se bañe, sin necesidad de moverse, ni meterla dentro del baño, en donde muchas veces no lo hacen, por no recoger las inmundicias desprendidas del cuerpo. Para que la salida del agua de este tercer caño no moleste, como sucedería siendo como los regulares, y para que completamente se logre el destino de su nombre, será ésta por una porción de agujeros casi imperceptibles, en forma de lluvia […]

No existe constancia que las autoridades madrileñas hicieran caso a la sugerencia de Diego Pacheco y Cobos para la creación de aquel establecimiento público de baños, pero sí que su idea fue muy anterior a la presentada por el francés François Merry Delabost en 1872.

Fuentes de consulta e imagen: criminocorpus / hypotheses / biusante/ actu.fr/ dialnet/ datospdf/ cvc.cervantes/ Wikimedia commons

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