Lo que esconden las fotos perfectas del confinamiento en las redes sociales

El confinamiento ha sacado a la luz las grandes diferencias sociales, agravando mediante las redes sociales una herida que ya supuraba. [Foto: Getty Creative]

Panes de masa madre perfectamente horneados. Oficinas en casa perfectamente decoradas. Armarios perfectamente ordenados por colores que serían la envidia de la propia Marie Kondo. Cenas perfectamente emplatadas dignas de un chef con tres estrellas Michelin. Sesiones de yoga en escenarios perfectos pero prohibitivos para la mayoría de los mortales…

Es posible que durante la cuarentena ese tipo de imágenes hayan inundado tus redes sociales. Todas tienen un punto en común: la perfección.

La perfección no es un fenómeno nuevo en las redes sociales, pero durante la pandemia se ha agravado, quizá porque contrasta con la sensación de desconcierto e incertidumbre que estamos viviendo. Así, mientras nos refugiamos en las redes buscando alivio al aburrimiento también podría invadirnos una sensación de inadecuación que amenaza con volverse permanente.

Las fotos perfectas, un intento de aferrarse al control perdido

La presión por ser perfectos es alimentada por las redes sociales y una cultura altamente competitiva que enaltece la imagen. [Foto: Getty Creative]

El rápido avance de la pandemia y el estricto confinamiento han puesto del revés nuestro mundo. Hemos tenido que cambiar nuestros hábitos de la noche a la mañana. Y todo ello ha generado una profunda incertidumbre. Sentimos cómo el control se nos escurre entre los dedos. Y con él nuestras seguridades y certezas.

El perfeccionismo puede devolvernos el control perdido – o al menos una parte. Mientras el mundo exterior descarrila, sentimos la necesidad de aferrarnos a algo. Combatimos el miedo a dejarnos ir y abandonar lo conocido refugiándonos en el orden, el control y la perfección. Y a medida que el mundo exterior se vuelve inaccesible, la perfección se vuelca dentro de casa ocupando cada rincón disponible.

En realidad, lo que reflejan muchas de estas publicaciones en las redes sociales es la imperiosa necesidad de demostrar - o demostrarnos - que todavía controlamos algo. Son un intento por mantener unidos los pedazos de un mundo que se ha mostrado más frágil de lo que pensábamos y amenaza con deshacerse bajo nuestros pies.

El perfeccionismo siempre ha sido una máscara para esconder la inseguridad. Cuando el mundo se vuelve demasiado aterrador nos vemos tentados a construir una máscara “perfecta” que nos devuelva la sensación de seguridad. Y si no podemos controlar lo que sucede fuera, nos aferramos a lo que nos queda e intentamos que sea perfecto. Esa estrategia, sin embargo, suele generar más presión de la que alivia.

Autopresentación perfeccionista: mi vida es más perfecta que la tuya

El hombre todo lo perfecciona en torno suyo; lo que no hace es perfeccionarse a sí mismo - Alphonse Karr [Foto: Getty Creative]

Cuando los aviones se quedaron definitivamente en tierra, los selfies de atardeceres en Bali y las glamorosas pasarelas de moda transmutaron en fotos hogareñas. Sin darnos cuenta, el confinamiento ha terminado convirtiéndose en una competencia. La competencia por presumir de casa. De mascotas. De hijos. De actividades envidiables. De vida perfecta.

Gordon L. Flett llama a la tendencia a presumir en las redes sociales “autopresentación perfeccionista”. Este psicólogo considera que se trata de un estilo de autopresentación desadaptativo en el que la persona hace todo lo posible por proclamar y mostrar su perfección mientras oculta todo aquello que considera una imperfección, debilidad o error.

Aunque al inicio esa tendencia a la perfección puede generar satisfacción, a la larga esas personas se sentirán peor. De hecho, la autopresentación perfeccionista es un indicador fiable del nivel de angustia y distrés personal, según un estudio realizado en la Universidad de Nueva York.

Por desgracia, cada vez más personas experimentan esa presión por ser perfectos – o al menos parecerlo. La tendencia a la perfección se ha disparado entre los jóvenes desde finales de la década de 1989, como comprobó un estudio publicado en la revista Psychological Bulletin, y algunos no pueden liberarse de ella ni siquiera en medio de la crisis del coronavirus.

Así, mientras algunos sucumben al perfeccionismo, otros caen bajo el peso de las comparaciones. ¿Por qué no tengo una oficina tan chula? ¡Me encantaría tener un jardín relajante para practicar yoga! ¡O unas cristaleras inmensas para hacer spinning mirando al mar! ¿Por qué estoy deprimido, ansioso y/o preocupado mientras los demás parecen tan felices y relajados? ¿Por qué todos se visten para una alfombra roja mientras yo solo tengo ganas de quedarme en pijama todo el día? ¿Por qué soy la única persona imperfecta en el mundo?

No cabe duda de que este confinamiento nos ha puesto cara a cara con las grandes diferencias sociales, profundizando en una herida que ya supuraba. Nos resulta mucho más fácil - y menos traumático - prescindir de lujos como el caviar, un yate o unas vacaciones en un paraíso exótico que renunciar a los imprescindibles metros cuadrados en casa, un espacio físico que garantiza el oxígeno psicológico.

Por eso, si no tenemos en cuenta que muchas veces estamos comparando nuestras vidas y estados emocionales con un espejismo de perfección o con perfiles a años luz de nuestra realidad, es probable que esas imágenes terminen ejerciendo un efecto negativo en nuestro ánimo y autoestima, ya bastante golpeados por la terrible realidad que ha impuesto el coronavirus.

El reencuentro con nuestra imperfección

Nadie debería creerse perfecto, ni preocuparse demasiado por el hecho de no serlo - Bertrand Russell [Foto: Getty Creative]

Lo que no reflejan las imágenes perfectas es toda la lucha, ansiedad, tristeza o incluso dolor que a menudo hay detrás de ellas. No reflejan todos los panes que se han quemado antes de lograr esa hogaza perfecta. No reflejan la sensación de soledad que también atenaza, aunque se viva en una casa inmensa. La desconcentración que ataca incluso en la oficina más perfecta del mundo. No reflejan la impotencia por estar lejos de las personas que quieres. No reflejan, en fin, el vacío que queda después de esa foto perfecta.

Lo cierto es que todos somos imperfectos. Y no hay nada de malo en ello. Al contrario. Esta pandemia es un buen momento para quitarnos las gafas de color rosa y mirar la vida a los ojos. Es un buen momento para apreciar la belleza que existe en la resiliencia. En las emociones que normalmente escondemos. En las imperfecciones. Es un buen momento para dejar de compararnos. Y volver a lo esencial. Que no es la foto perfecta, sino nuestras maravillosas vidas imperfectas.

 

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