La fortaleza sin tiempo de Alberto Sordi, el emperador romano del cine

1 / 3
Entrada a la villa del célebre actor italiano Alberto Sordi, frente a las Termas de Caracalla de Roma, que abre sus puertas por primera vez para acoger una exposición por el primer centenario de su nacimiento. EFE/Gonzalo Sánchez

Roma, 11 feb (EFE).- En la villa del célebre actor Alberto Sordi el tiempo quedó suspendido a su muerte en 2003. Sus licores, trajes o su coche siguen donde los dejó, en la fortaleza donde se aislaba y que abrirá sus puertas para celebrar los cien años de su nacimiento.

La vivienda, en una colina frente a las Termas de Caracalla en Roma, acogerá una exposición desde el 7 de marzo para honrar al actor más querido de los romanos en el centenario de su nacimiento, el 15 de junio de 1920.

Esta será la primera vez que abre sus puertas al público pues hasta la fecha solo había entrado gente por invitación, dice a Efe el dirigente de la Fundación Museo Alberto Sordi, Claudio Martino.

La intención es dar a conocer la vida e historia del gran cómico romano mediante un recorrido con fotos y documentos inéditos y, más adelante, crear un museo dedicado enteramente a su figura siempre prometido pero que aún no ha llegado.

EN LA CASA DE "ALBERTONE"

La villa se construyó en 1937 para un jerarca fascista pero poco después acabó como residencia del embajador británico, que había perdido la suya en el bombardeo de Roma. Fue en 1957 cuando Sordi la compró, disputándosela, dicen, al mismísimo Vittorio De Sica.

En el jardín, con una gran piscina ahora cubierta por un pabellón para la muestra, aún sigue aparcado su coche, un Fiat Punto gris, y en la entrada recibe al visitante un busto de Sordi ataviado con una toga con la inscripción "Emperador del cine italiano".

Cruzar esas puertas supone invadir su fortaleza pues, al contrario de lo que pueda hacer pensar su inmensa popularidad, gustaba de estar solo, pero con sus inseparables hermanos, Giuseppe, Aurelia y Savina, o unos pocos amigos, y custodiaba con celo su intimidad.

Dentro, el tiempo parece inmóvil y todo el espacio está consagrado a su figura. El gran salón aparece presidido por un retrato del actor. "Mira, parece que te sigue con la mirada", reta el conserje que ha custodiado la villa durante quince años.

Su habitación, donde murió con 82 años acompañado por su inseparable Aurelia, pues ni se casó ni tuvo hijos, está en el primer piso, con vistas al campanario de la basílica de San Sisto Vecchio.

La sala está repleta de imágenes religiosas, tiene incluso un reclinatorio, y permanecen enmarcadas en plata sus fotos con el papa Juan Pablo II, muestra todo ello de su profunda fe católica.

Al lado tenía su barbería, con las paredes cubiertas por espejos ante los que ensayaba y donde atesoraba muchas fotos y un cuadro firmado por uno de los padres del Neorrealismo, Cesare Zavattini.

En el ropero aún penden de las perchas una treintena de trajes, así como diez abrigos de paño y varios zapatos, y al fondo, medio llenas o medio vacías, varias botellas de whisky.

Sordi además era un ávido coleccionista y acumulaba objetos sin parar. Uno puede perderse, y comprender su carrera, solo recorriendo con la vista las estanterías de su estudio, donde lucía dos obras de Giorgio De Chirico, ahora reemplazadas por copias por seguridad.

No falta una fotografía con el León de Oro honorífico que obtuvo de la Mostra de Venecia en 1995, donde cuatro décadas antes despuntó por su papel junto a Vittorio Gassman en "La Grande Guerra" (1959) de Mario Monicelli, que le valió el premio especial.

Quizá uno de los lugares más interesantes es el cine privado que construyó en la cantina, con un gimnasio que usó para conservar los recuerdos más queridos de su larga trayectoria, como la visera de "Un americano a Roma" (1954) o las botas y la paleta del vigilante de "Il vigile" (1960).

EL DIVO DEL "ROMANISMO"

Sordi retrató a su manera a una sociedad entera y quedó como todo un símbolo, el de un joven engreído que hace un cruce de mangas a los trabajadores en "I Vitelloni" (1953) o que amenaza con el suicidio desde lo alto del Coliseo si no le permitían ir a América.

Para el presidente de la fundación, Italo Ormanni, supo representar al "italiano medio con sus defectos y virtudes" y acabó como "la personificación" de la típica y sagaz "ironía" romana.

Tal es así que en el 2000, por su 80 cumpleaños, el ayuntamiento de Roma le permitió ejercer como alcalde por un día.

El actor nació en el corazón de la ciudad, en el Trastevere, y pronto mostró interés por las artes escénicas. Tal es así que con solo diez años ya viajaba por Italia en una compañía de marionetas.

Tras varios tumbos, en 1950 obtuvo su primer papel relevante en el cine de la mano de De Sica en "Mamma mia, che impressione!" (1951), con poco éxito, y un año después despegó con Fellini en su inolvidable ópera prima en solitario, "Lo sceicco bianco" (1951).

Era el comienzo de una carrera en la que le aguardaban alrededor de doscientos títulos y en la que acabaría encandilando al público con su grave y profunda voz, su acento romano y aunando como pocos otros la comicidad, el drama y esa inconfundible ternura especial.

Gonzalo Sánchez