Sólo hay dos formas de adaptarse al calor: sudar mucho y aire acondicionado

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Un grupo de chicas delante de un ventilador durante la ola de calor. (Photo: ALBERTO PIZZOLI via AFP via Getty Images)
Un grupo de chicas delante de un ventilador durante la ola de calor. (Photo: ALBERTO PIZZOLI via AFP via Getty Images)

Un grupo de chicas delante de un ventilador durante la ola de calor. (Photo: ALBERTO PIZZOLI via AFP via Getty Images)

“La AEMET confirma que España ha vivido la peor ola de calor en julio de 2022, en intensidad y duración”. La ola de calor deja más de 1.000 muertos en España, según las estimaciones de Sanidad”. Este verano tan caluroso será de los más frescos de los que nos quedan de vida”. 

Estos titulares son el desesperanzador colofón a la ola de calor que ha azotado la Península durante nueve días este mes de julio, en los que hemos vivido sorteando el sol aunque fuese bajo la sombra de una señal de tráfico, bebiendo agua como si nos encontrásemos atravesando el desierto, frente al ventilador y entre tinieblas hasta que el sol desaparecía, e intentando conciliar el sueño encima de bolsas de hielo de gel.

Bueno, hemos vivido, estamos viviendo y, por lo que dicen los expertos, vamos a vivir porque esta ola de calor es sólo un anticipo de lo que nos espera a partir de ahora cuando llegue el mes de mayo y hasta bien entrado lo que antes llamábamos otoño. Pero, ¿va a ser siempre así, lo vamos a vivir con tanta desesperación y molestias? ¿La capacidad de adaptación del cuerpo humano terminará reduciendo los efectos nocivos y las molestias físicas que esas altas temperaturas provocan en nuestro organismo? ¿Qué podemos hacer para adaptarnos a ese calor infernal?

El sobreesfuerzo de nuestro cuerpo

La máquina perfecta que es nuestro organismo tiene sus propios sistemas para regular la temperatura interna constante de entre 36 y 37º, esencial para garantizar su buen funcionamiento.

Uno es la transpiración, es decir, la producción de sudor —agua, sales minerales y toxinas— cuando el hipotálamo detecta un aumento de la temperatura. Al evaporarse el sudor, el cuerpo está liberando el calor sobrante para mantener esa temperatura ideal constante. El otro es la vasodilatación de los capilares que se encuentran más cerca de la superficie de la piel. Cuando estos se dilatan, más cantidad de sangre viaja por la superficie del cuerpo y esto permite que se enfríe.

“No tengo una bola de cristal para afirmar que, con el tiempo, el cuerpo se vaya a adaptar a estas temperaturas, pero desde luego estos mecanismos tienen un límite y cuando se ven sobrepasados podemos desarrollar algunas patologías agudas como calambres musculares, deshidratación, hipotensión o incluso golpes de calor”, explica María del Campo, médica de familia y miembro de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC), y advierte que el problema más serio es que algunas enfermedades crónicas pueden agudizarse, de ahí que sea necesario extremar la vigilancia en esos pacientes.

“El esfuerzo de adaptación para mantener una temperatura normal en el contexto de estos días de ola de calor es mayor, por ejemplo, por la noche y en zonas con mucha humedad”, añade. No poder bajar nuestra temperatura corporal mientras dormimos no nos permite descansar y “esto puede interferir en la gestión de nuestras emociones y en nuestro estado de ánimo”. En zonas con mucha humedad, “esos sistemas autorreguladores están sometidos a un sobreesfuerzo porque no se evapora el sudor y el cuerpo no elimina ese calor”.

Advertencias ante la ola de calor. (Photo: EL HUFFPOST)
Advertencias ante la ola de calor. (Photo: EL HUFFPOST)

Advertencias ante la ola de calor. (Photo: EL HUFFPOST)

Para que esos mecanismos biológicos no trabajen bajo tanto tanto estrés, lo mejor es seguir las indicaciones que instituciones y entidades médicas  aconsejan: llevar agua siempre al lado, usar protección solar, vestir ropa clara, protegerse la cabeza, utilizar gafas de protección solar, evitar actividades físicas en las horas de más calor... “Es importante resaltar que, aunque a nivel biológico sea necesario adaptarse, mientras vemos si esto ocurre, nuestro comportamiento sí que tiene que modificarse: horarios, infraestructuras, urbanismo, forma de vida, etcétera. Las ciudades tienen que protegernos del calor. Se ha comprobado que en las zonas verdes disminuyen 1 o 2 grados la temperatura, así que no es lo mismo una ciudad en la que no hay un árbol, que una ciudad con zonas verdes, parques… en los que se está un poquito más fresco”, apunta la doctora que también considera urgente un reajuste de horarios y medidas extraordinarias para ayudar al funcionamiento diario. 

Sudar y beber, sudar y beber

Una de las teorías científicas que podrían explicar la desaparición del vello corporal en el ser humano tiene que ver precisamente con el calor. En el África subsahariana, aparecieron los primeros homínidos que desarrollaron un sistema de refrigeración a través de la glándulas sudoríparas que comenzaron a multiplicarse. Para que funcionase y permitiese la fuga de calor no podía haber pelo y este terminó por desaparecer de casi todo nuestro cuerpo.

Eso pasó hace millones de años y, hasta ahora, esos mecanismos de autorregulación nos han servido. “Somos una especie bastante adaptada a vivir en calor frente a otros monos, y termorregulamos muy bien con la actividad física. De hecho, parte de nuestra evolución ha sido cazar y llevar a antílopes y otras presas hasta el golpe de calor: corríamos detrás de ellos durante horas para provocarles el golpe de calor”, asegura Alejandro de Lucía, fisiólogo e investigador de la Universidad Europea de Madrid. Prueba de ello, continúa, es el mecanismo de la sed: “Tenemos sed en cuanto tenemos necesidad de hidratarnos para usar el sudor como termorregulador”.

Un joven bebe agua para combatir la segunda ola de calor del verano en Madrid. (Photo: Europa Press News via Europa Press via Getty Images)
Un joven bebe agua para combatir la segunda ola de calor del verano en Madrid. (Photo: Europa Press News via Europa Press via Getty Images)

Un joven bebe agua para combatir la segunda ola de calor del verano en Madrid. (Photo: Europa Press News via Europa Press via Getty Images)

“La adaptación al calor para mí sería sudar mucho porque es un signo de que estamos termorregulando. Sudar y beber es síntoma de que todo funciona bien en nuestro cuerpo. Así que cuando tenemos sed, hay que beber lo suficiente”, insiste De Lucía que no olvida recordar que en las personas mayores esa capacidad se ve mermada.  “A una persona joven adulta es muy difícil que le de un golpe de calor porque tiene sensación de sed que le alerta para que beba”.

La termorregulación es uno de los mecanismos homeostásicos de nuestro organismo que consiste en mantener una condición interna estable compensando los cambios en su entorno mediante el intercambio regulado de materia y energía con el exterior. “Son las variables del cuerpo que hay que mantener lo más estable posible porque si no morimos. Una es el PH de la sangre y otra es la temperatura corporal, y el cuerpo ya hará lo que sea para mantenerlo. Se parará si hace falta, y antes de que haya un fallo total de los sistemas, el ciclista subirá a 10 km/h y no 20 para preservar esa homeostasis”, explica el fisiólogo.

Biológica y evolutivamente estamos diseñados para correr y caminar durante horas al aire libre, pero el rendimiento con el calor se ve reducido, y con las altas temperaturas de estos días, aún más. “Ahora, bien, va contra nuestra propia naturaleza estar trabajando en la carretera horas y horas bajo el sol”.

De Lucía reconoce no ser un experto en clima, pero asegura no poder negar lo evidente: cada vez hace más calor. “Un ejemplo de lo malo que nos puede pasar es que nos convirtamos en Qatar, en cuanto a las temperaturas, y la gente sigue viviendo allí, aunque no sea la vida que más nos gustaría: siempre en sitios cerrados con aire acondicionado”.

Aire acondicionado, un bien de primera necesidad

“Una persona de Suecia, a lo mejor con 5ºC, que para nosotros es mucho frío, puede ir en manga corta. Y lo contrario, yo puedo soportar los 40º y alguien que llega de un país nórdico lo pasará mal y a lo mejor le produce una patología. Pero eso es adaptación fisiológica al clima local y esto no se produce de un día para otro, son cambios que requieren mucho tiempo”, argumenta Hicham Achebak, investigador postdoctoral del Instituto de Salud Global de Barcelona especializado en salud poblacional.

Achebak lleva años investigando el comportamiento de la mortalidad en relación con el calor y el resultado permite afirmar que, efectivamente, el riesgo de morir por las altas temperaturas ha disminuido en las últimas décadas, si comparamos una misma temperatura en distintos periodos de tiempo. “Los estudios que hemos llevado a cabo hasta ahora demuestran que ha habido un descenso de la vulnerabilidad a las temperaturas, tanto cálidas como frías. Estos estudios van desde 1980 hasta 2018, y lo que observamos es que hay un descenso de la vulnerabilidad que se puede interpretar como adaptación a las temperaturas ambientales. Esto lo hemos observado con la variable de la mortalidad porque es la variable de la que disponemos de registros más largos en cuanto a tiempo”, explica.

Esos factores de adaptación, según el estudio del investigador, se pueden dividir en dos grande bloques: adaptación intrínseca o fisiológica, y la adaptación extrínseca, que es todo lo que es adaptación no fisiológica.

La adaptación fisiológica no ha existido puesto que son necesarios siglos para que esto sea una realidad, así que las causas de este descenso de la vulnerabilidad habrá que buscarlas en los factores extrínsecos, es decir en la adaptación planificada y en la adaptación espontánea o socioeconómica.

“Una adaptación planificada serían las medidas implementadas por el gobierno para mitigar los efectos de las altas temperaturas sobre la salud de las personas. Entonces, por ejemplo, se crea un sistema de alerta temprana por altas temperaturas. En España esto entró en funcionamiento después de la ola de calor de 2003”, explica Achebak. Ese año, una ola de calor histórica azotó Europa y causó alrededor de 70.000 muertes. “Este acontecimiento meteorológico supuso un antes y un después, y se empezaron a estudiar los impactos de las olas de calor en la población. Fue entonces cuando muchos países introdujeron los sistemas de alerta temprana: avisos en medios, activación de protocolos para hospitales, servicios sociales y ayuntamientos, campañas de salud pública... Los refugios climáticos, por ejemplo, también serían una adaptación planificada”, expone. Los resultados de estas medidas, según el estudio, no han sido importantes: “Las alertas tempranas, por ejemplo, sí que habrán tenido su impacto y habrán reducido la vulnerabilidad, pero no creo que sea la medida más efectiva”.

Un termómetro marca 48º en la ciudad de Córdoba. (Photo: JORGE GUERRERO via AFP via Getty Images)
Un termómetro marca 48º en la ciudad de Córdoba. (Photo: JORGE GUERRERO via AFP via Getty Images)

Un termómetro marca 48º en la ciudad de Córdoba. (Photo: JORGE GUERRERO via AFP via Getty Images)

Sí que se han mostrado más concluyentes las medidas socioeconómicas: “España ha experimentado a lo largo de estas últimas décadas un desarrollo socioeconómico impresionante. Ha aumentado el nivel de renta, la gente tiene más recursos para poder paliar los efectos del calor. Esto ha traído consigo, por ejemplo, el aumento del uso de aire acondicionado —en 1991 sólo un 5% de los hogares españoles tenían aire acondicionado y ahora estaríamos alrededor del 35%—, aunque sigue siendo  poco para las temperaturas que estamos experimentando”. Otros factores importantes, indisolublemente ligados al desarrollo socioeconómico, son la mejora en el parque de viviendas —que están construidas con materiales que han mejorado el aislamiento— y la mejora de los servicios sanitarios. “Antes, una persona con una patología producida por el calor, a lo mejor no llegaba al hospital o, directamente, no iba”, comenta el investigador.

“Pero a ver, realmente, cuando hablamos de calor, básicamente se puede combatir con aire acondicionado. Los impactos del calor sobre la mortalidad y morbilidad se podrían reducir a mínimos si todas las viviendas de España tuviesen aire acondicionado, y pudieran pagar su uso, claro. Si todos los hogares pudieran mantener la temperatura adecuada en las horas de más calor, nos evitaríamos casi todas las muertes, que se producen básicamente entre los más frágiles, los ancianos. Y atención, porque esa población vulnerable crece porque la población está envejeciendo. Lo que sí que no tiene perdón es que una persona de 50 años muera por un golpe de calor porque está trabajando. Debería estar prohibido trabajar a partir de ciertas temperaturas”, concluye Achebak.

Para el especialista en salud poblacional, no quedan muchos años para que el aire acondicionado se convierta en un bien de primera necesidad que, además, “se tendrá que poner en marcha con energías limpias si no queremos que las temperaturas sigan subiendo”.  ”Y lo del aire acondicionado, lo cambiamos por calefacción y ya tenemos el discurso para el invierno, aunque hogares con calefacción hay muchos más que aires acondicionados. Porque no olvidemos que las temperaturas frías siguen teniendo mayor impacto sobre la mortalidad”, concluye Hicham Achebak.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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