El entusiasmo por Fernando Alonso solo demuestra la decadencia actual de la F1

Guillermo Ortiz
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ABU DHABI, UNITED ARAB EMIRATES - DECEMBER 13: Fernando Alonso of Spain and Renault Sport F1 poses for a photo with his 2005 F1 title winning Renault R25 and members of the Renault team from the same year during the F1 Grand Prix of Abu Dhabi at Yas Marina Circuit on December 13, 2020 in Abu Dhabi, United Arab Emirates. (Photo by Bryn Lennon/Getty Images)
Photo by Bryn Lennon/Getty Images

Michael Jordan volvió a los Washington Wizards en 2001 y nadie puso una pega. Al contrario, fue la gran noticia del verano. La gran noticia desde su retirada en 1998, probablemente. La NBA se atascaba entre partidos insufribles y finales sin apenas audiencia y el aficionado quería algo que le conectara al pasado en el que fueron felices, a su paraíso perdido. Daba igual que Jordan a los 39 años no fuera el de los 31. Daba igual que los Washington Wizards fueran una franquicia residual dentro incluso de su conferencia. Cuando Jordan dijo que salía por segunda vez del retiro, todos los focos se pusieron en él. Que si iba a ser el máximo anotador de la liga. Que si por fin la franquicia podría optar a llegar lejos en play-offs... En medio de un nivel mediocre y de un dominio aplastante de un solo equipo: los Lakers de Kobe Bryant y Shaquille O´Neal, la vuelta de un jugador retirado rozando los 40 suponía un soplo de aire fresco.

Algo parecido está pasando este año en la Fórmula Uno, o al menos está pasando en España, es de entender que en el resto del mundo, la cuestión se esté tratando con mayor mesura. Vuelve Fernando Alonso y nos olvidamos de todo lo demás. Fernando Alonso. Son palabras mágicas para el mundo del motor. Da igual si su último gran premio lo disputó en 2018 o su último mundial lo conquistó en 2006. Es Fernando Alonso y punto, también a los 39 años y también con muy escasas posibilidades de triunfo en una escudería como Alpine F1 (anteriormente Renault, el origen de todo) que tiene mucho que mejorar para ser competitiva dentro del nivel por debajo de los Mercedes, Ferrari y Red Bull. Prueba el R25 de hace quince años, oímos su sonido y se nos ponen los pelos de punta. El presente de la Fórmula Uno, al menos en España, es el pasado.

No deja de ser curioso que Alonso haya eclipsado mediáticamente incluso a Carlos Sainz, que también es español, también suena a leyenda y va a correr el año que viene en Ferrari, por mucho que Ferrari no sea la de antes. La Fórmula Uno siempre ha sido un mundo de decadencia en el sentido estético, con sus figuras multimillonarias, sus yates en Montecarlo, su champán y rubias en el podio. Multimillonarios tratando de escapar de algo a toda velocidad. Cómo consiguió ese deporte convertirse en un fenómeno popular en nuestro país es mérito exclusivo de dos asturianos: Alonso y Antonio Lobato, que llegó a ser casi tan popular como el piloto. Eran los días en los que los bares se llenaban para celebrar las victorias patrias o las derrotas de los Schumacher, Hamilton, Raikkonen y compañía. Los días que se acabaron cuando los derechos pasaron a Atresmedia, luego volvieron a Mediaset medio a regañadientes y luego se perdieron en el mundo de la televisión de pago.

Desde entonces, en España, la Fórmula Uno es una cuestión de expertos. Un deporte de nicho. Lo que había sido siempre, por otro lado, así que no cabe escándalo ninguno. Un deporte en el que los ricos pagan por sus asientos y pilotos de primera como Checo Pérez se quedan sin sitio. Un deporte en el que la dictadura de Mercedes dura ya siete largos años y no vemos el final en el horizonte, salvo que a Hamilton le dé un ataque de pereza y la cosa quede en manos de Valeri Bottas, ese entrañable segundón. En ese contexto, sabemos que Sainz es una apuesta lejana. ¿Cómo decirlo? Sabemos que Sainz no va a optar al título. Y si no lo sabemos, lo intuimos, forma parte del monótono fatalismo de estos años de plomo. Por supuesto, también sabemos que Alonso va a pisar pocos podios, quizá ninguno, pero de alguna manera nos deja abierta la ventana de la magia: algún día, en algún circuito, bajo un aguacero, su Alpine empezará a adelantar coches contra pronóstico y se acercará a la rueda de un Mercedes.

Volverán entonces los gritos de Lobato, la algarabía nacional, la sensación de estar ante algo distinto y el recuerdo de una época que terminó. En el deporte y en nuestras vidas. Y si ese Mercedes, encima, es el de Lewis Hamilton, ¿para qué pedir más? De repente, volveremos a 2007 durante unos minutos y quizá sea eso lo que necesitamos después de este 2020 de espanto. Por mucho que al final los Wizards no se clasificaran para las eliminatorias por el título ninguno de los dos años de Jordan y que el propio Michael se retirara con la espalda hecha añicos, el intento mereció la pena. Nos devolvió dos años de infancia. Puede que para eso haya quedado la F1 entre el gran público: un bonito ejercicio de nostalgia en el que pediremos incluso que vuelva “El Tuercas”, como llamaban al mecánico de Renault que siempre se equivocaba en los repostajes.

Otra cosa es qué pasará después. ¿Habrá una generación después de la generación Alonso? ¿Habrá una generación Sainz o, incluso, aunque sea pedir mucho, una generación Verstappen, una generación Leclerc...? Ahí está la duda. Que nos estemos pasando el otoño-invierno hablando solo de Fernando indica que no hay mucho más que enganche al público. Habrá que conformarse. Si Alonso sirve para que más gente se acerque a este deporte furtivo, bienvenido sea. A veces, uno tiene miedo de que las expectativas acaben generando frustración, pero así es la vida en todos los sentidos. De momento, lo dicho, el R25 y el sonido de la adolescencia y las fotos de los mecánicos haciendo fotos a la leyenda. Todo eso en lo que asumimos la realidad: el octavo título de Hamilton y el nuevo paseo de Mercedes por el campeonato. Salvo milagro o truco de magia. Y ahí, de nuevo, Alonso.

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