El futuro de Fernando Alonso no depende de tu nostalgia

JIMIN LAI/AFP via Getty Images

El día antes de que se anunciara oficialmente el fichaje de Carlos Sainz por Ferrari, lo que supone un hito impresionante en la historia del motor español, las redes sociales no dejaban de preguntarse: “¿Y qué pasa con Fernando Alonso?”. El baile de volantes aumentaba las posibilidades de que el asturiano saliera de su retiro y se subiera a un McLaren o, más probablemente, a un Renault. ¿Qué mayor placer para un nostálgico que el ver a su gran ídolo subido en el coche donde más feliz le hizo? Recuerda aquel gran titular de un periódico de Chicago de 1995: “Jordan entrena, la ciudad entera suda”, justo antes de anunciar su regreso oficial.

Desde luego, la vuelta de Alonso a los circuitos es una posibilidad. Él mismo se ha dejado querer públicamente, por mucho que vaya ya para los 39 años y sus experiencias tanto en los rallys como en las IndyCar Series hayan sido tremendamente exitosas. Si se confirmara el flirteo con Renault, tendríamos de nuevo ante nosotros a la combinación que desató la locura por la Fórmula Uno en España de 2003 a 2006. La que nos hace repetir “éramos tan felices, éramos tan felices” cada vez que vemos a Lewis Hamilton un nuevo título de campeón del mundo.

Ahora bien, entre ambas noticias, es decir, entre “Carlos Sainz ficha por Ferrari” y “Fernando Alonso ficha por Renault” (si es que al final sucede) hay un abismo deportivo. La única explicación para que ambas se solapen es puramente sentimental. Vemos en el futuro de Alonso una manera de reencontrarnos con nuestro pasado, con nuestra nostalgia. Pasa a menudo: John Lennon se pasó diez años quejándose de que todo el mundo quería que volvieran los Beatles porque en el fondo lo que querían era volver ellos al instituto.

Volver a ver a Alonso en Renault, quizá con ese casco que mezclaba la bandera de Asturias con la de España, tiene algo de volver al instituto, pero, más allá de los coqueteos, es razonable que el doble campeón del mundo se piense este “último baile”. Fichar por Renault por tercera vez no tiene pinta de que le vaya a dar muchas alegrías deportivas: lo más alto que pudo llegar el año pasado Daniel Ricciardo en veintiún carreras fue a un cuarto puesto. Se quedó fuera de los puntos en trece. Su compañero, Nico Hülkenberg, en doce. No tiene pinta de que el año que viene vaya a haber una revolución tal que permita a Alonso o a quien sea luchar en serio y de manera regular al menos por acabar en el podio.


De plantearse una vuelta a los circuitos, quizás Alonso debería intentar hacerlo por todo lo grande, a lo Alain Prost en 1993, cuando tras un año sabático, le ofrecieron ser el sustituto de Nigel Mansell y no pudo resistirse. Aquel sería el año de su cuarto y último título. Tenía exactamente los mismos años que tiene el asturiano ahora. Con todo, estamos hablando de un hombre al que siempre le ha gustado ir a la contra. Dejó McLaren por motivos personales en 2008 para volver a Renault, consciente de que allí no podría competir contra nadie. No le importó. En Ferrari, vio cómo se le escapaban dos títulos en la última carrera, pero tragó saliva y miró hacia adelante. De vuelta en McLaren, cuando el coche se estropeaba, él se limitaba a coger una silla y tomar el sol.

Hay algo de Alonso que nos fascina y es precisamente esa sensación de que su reino no es de este mundo. Igual, después de todo, efectivamente tendría sentido volver solo con la condición de que nadie le exija el triunfo y que así pueda sorprender al mundo una vez más. A Antonio Lobato le gustaba llamarle “Magic” y a mí me parecía un apodo terrible, pero es verdad que hay algo de prestidigitador en el asturiano, algo de hombre experto en trucos que disfruta dejando al espectador con la boca abierta.

Y el espectador, ya decimos, al menos en España, le espera. La vuelta de Alonso nos remite a los tiempos más dorados de nuestra afición: los tiempos de los Nadal, los Gasol, los García, las Eurocopas y los Mundiales. Pertenece a esa época que quedará por siempre más allá del bien y del mal en nuestra memoria. Ahora bien, no busquemos en el nuevo Alonso al viejo. No nos busquemos a nosotros mismos, en definitiva. Si el futuro es algo, se apellida Sainz y vestirá de rojo el año que viene. Deportivamente, insisto, esa es la noticia.

Si el futuro es algo, por otro lado, tampoco podemos pedirle que sea nuestro pasado. No podemos pedirle a Sainz, que en principio va como escudero de Leclerc, que tenga el rango que tuvo Alonso en Ferrari. A ver si después de media vida comparándole con su padre, ahora vamos a imponerle otra sombra. Ya el hecho de haber llegado ahí es maravilloso. Por supuesto, tendrá sus opciones, igual que las tuvo Leclerc con Vettel, pero vayamos con calma. Queramos a Carlos Sainz por lo que Carlos Sainz es y no por lo que nos gustaría que fuera. O no le queramos en absoluto, vaya, pero intentemos ser justos: los fantasmas del pasado, mejor para los libros.


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